El cuaderno del bolsón

Sonidos de Birmingham y Londres: sobre violines eléctricos, viajes por el tiempo, y ojos en el cielo

Enero de 1973. Dentro los estudios de Abbey Road, el lado oscuro de la luna que descubrió Pink Floyd ha terminado de ser confeccionado. Frente a la consola, Alan Parsons ha escuchado la amalgama final de gritos orgásmicos y pianos catárticos de “The Great Gig In The Sky”; aquella extrañísima oda a la inminencia de la muerte, “la secuencia de la mortalidad”, el baile celestial de almas perdidas en el firmamento. Claire Tony fue la encargada del frenesí vocal. Sus aullidos, tan profusos que casi, en realidad, casi parecieran abrir el cielo, fueron orden expresa de Parsons, quien aconsejó a Tony que “pensara en algo horrible” y simplemente cantara. El conjunto de transgresiones a la más elemental lógica musical decantó en un álbum reverenciado por su genialidad. El culpable de la “pared de sonido” que definió al Floyd post-Barret germinó de la fantasía perenne de Alan Parsons: contar algo ordinario de tal manera que parezca extraordinario. Su herramienta: la imaginación. La escultura de su sonido, fundamentado en la melancolía, la repetición cíclica de los rasgueos espaciales y misteriosos del bajo; música coloreada por sintetizadores eclécticos y saxofones imperiales. La misión la condimentaba un extra para moldear el “sonido perfecto” emanado de la combinación de la sobriedad beatle y el ilusionismo “pinkfloinesco”: desempolvar del hastío eclesiástico melodías medievales y adecuarlas al nuevo orden. Descontextualizar el sonido y dotarle de nuevo sentido. Clavicordios provenientes de la era feudal encontrarían espacio en el frenetismo de las formas posmodernas. Tras descubrir los impropios de la oscuridad lunar y su relación con los desperfectos humanos, el futuro de Parsons nunca fue más claro. El camino estaba trazado.

Por los mismos años, en Birmingham, Roy Wood reclutaba hombres para “una orquesta” que cargaría con el legado de los más pomposos experimentos beatles. Violines azules que de sus cuerdas emanaban las acordes más estridentes de Beethoven y Vivaldi, pianos arrumbados en polvorientos almacenes, una batería hueca de platillos fruncidos y bombos destazados. Aquel revoltijo de instrumentos y sueños era alimentado por la esperanza de Don Arden, mismo manager de Black Sabbath, padre de Sharon Osbourne y suegro de Ozzy. Brindar armonía al rock. Dotarle de elegancia. De credibilidad orquestal. De majestuosidad. Convertir el rock en arte. Fusionarlo con la música clásica. Maquillar las canciones de sinfonías y los solos en letanías “beetovenianas”. La misión: emocionar por igual. Aún si el cumplimiento del fin confiere que la más enternecedora de las formas musicales mute a favor del sonido de la modernidad, símbolo de la rebeldía y el desparpajo. Sacrilegio. Ingenio. En Birmingham, el camino también estaba trazado. Detrás del industrial cinturón de miseria del norte de Inglaterra, aquel que hiede a hierro fundido, el rock enfrentaba una más de sus incontables mutaciones. Detrás de las fábricas, entre las calles eternamente envueltas en neblina y el sonido de las máquinas aplasta-hierro, la Electric Light Orchestra afinaba sus cuerdas, purgaba sus trombones y conectaba sus amplificadores. Y hacía rock. Su rock.

La comparsa de exquisitas “tribulaciones” británicas aterrizó en México. Tras de ellos, una vetusta estela de éxitos y leyendas los legitima. Pensar que The Alan Parsons Project y la Electric Light Orchestra definieron los sonidos de sus épocas sería demasiada presunción. Pero existe un algo indefinible que provoca cierta nostalgia cuando sus composiciones resuenan desde cualquier bocina. Sonidos que sobreviven el paso del tiempo. Cuya vigencia no tiene fecha de caducidad, no mientras exista en el mundo alguien que lloriquee mientras ve los segundos “fluir como un río”, o sonría al ver la vuelta de una amistosa carta. Nostalgia podíamos llamarle. La mayoría de los presentes en el Auditorio Nacional la noche del lunes 28 de marzo podrían entablar una conversación sobre los días posteriores a la caída del Muro de Berlín, o sobre la manera en que meneaban sus flecos monumentales mientras gozaban de la enésima reproducción del rayado LP de Michael Jackson en su tornamesa. Los menos, inmersos en la época de la inmediatez y la plasticidad, no podríamos entender semejante ritual en toda su extensión. Por ende, no entendemos esa nostalgia. Pero jamás importó. Ni a aquellos que bailaron como en “los años mozos”, con las manos en alto, subiendo y bajando y los dedos que apuntaban al cielo, sus caderas que se meneaban y sus sonrisas colosales. Ni aquellos que sobre el escenario empuñan sus instrumentos cual arma, y balean de nostalgia y memorias al respetable.

La incomprensión de la nostalgia inundó el Auditorio Nacional. Aquellos sonidos que Alan Parsons dibujó en partituras y eternizó en su consola habrían sido la apertura a nuevas formas de pensar la música en sus tiempos. No más. Su legado permanece ahí, imborrable e inextinguible. Los músicos entonaron los clásicos de toda la vida. Los sobrevivientes de la generación “disco” encaraban su particular orgasmo auditivo con total vehemencia. Nunca una noche en el Auditorio Nacional pudo hacer recordar tanto. Ni la inasistencia (medio Auditorio de aforo), ni la frialdad de un público extrañamente indiferente al comienzo del recital, ni la solemnidad flemática de los ruinas de Electric Light Orchestra; que en comienzo eran incapaces de prender con su música una vela. Los ELO parecían ser tan solo un vestigio. Un monumento carcomido por el tiempo; una acrópolis griega que fascina por su vejez y su otrora esplendor, mismo que es lo único que la mantiene viva. El Auditorio Nacional pareció entrar en una máquina del tiempo. El poder de la música. El placer por recordar. El placer por la nostalgia.

Pero, ¡vaya teloneros! Lo que quedaba de la Orquesta del Rock fungía como preámbulo a la presentación de Alan Parsons Project, rejuvenecido como cada corpus. A puro rock los ELO demolieron la imagen marchita y encanecida con la que fueron recibidos. “Twilight” y luego “All Over The Wall”. Aún así, el concierto carecía de pasión. De víscera. Una banda sobre el escenario y un público expectante. Sentado y escuchando, algunos ni eso. Y mientras el sonido metálico del trombón, camuflado en teclado por esta ocasión, y del “corccettino” predilecto de Birmingham, saliente de las fábricas y ávido intérprete de Vivaldi en sus ratos libres; todo ello asolaba todo síntoma de desapego. De poco en poco, ELO comenzó a arrancar a las personas de sus butacas. El impulso: la mera nostalgia. No mucho más que el talento o el carisma de los músicos en escena. Las canciones por sí mismas establecieron el vínculo. Navegar por el tiempo y comprender la nostalgia. Sonidos de Birmingham. Black Sabbath estaría envidioso.

Rock N´Roll Is King” extirpó, muy a regañadientes, las primeras palmadas. “Vamos, México”, gritaban desde el escenario. Dejaban cantar a la audiencia una letra que nunca se aprendieron. Los ELO solo reían. No escuchaban nada: “no han de saber ni qué estamos tocando” pudieron pensar. Nada más patético que un cantante estirando el micrófono sin obtener respuesta. ELO no estuvo lejos del bochorno. El divorcio con el público casi se consuma. Pero llegó la caballería británica, empapada de recuerdo y memorias. Los clásicos. El viaje por el tiempo se había reactivado.

“Telephone Line” emocionó hasta las entrañas. La llamada perdida y las palabras extraviadas. El amor incomunicado. La persona que nunca contestó la llamada. “Strange Magic” y “Evil Woman”: las sonrisas, los gritos, las primeras lágrimas, los recuerdos. Y luego, la fiesta. El Auditorio Nacional se convirtió en una extensión del Studio 54. “Last Train To London”, un clásico de todas las épocas y su inconmensurable efecto rejuvenecedor, más efectivo que cualquier elixir. Y el violín incansable. Y aquel falsete que acompaña los bailes más ridículos. Aquel último viaje a Londres que todos tomamos al mismo tiempo. Jamás queríamos que el tren llegara a la estación final. Llegó. Pero no sin una despedida. “Don´t Bring Me Down”. Y la locura. Bocas que se movían al unísono; el ritual de conexión ahora sí rindió frutos. El Auditorio se convirtió en un magnánimo y supremo coro. “No, No, No, No, Ou, Ou Ohhhh”. Atronador. Quienes sabían la letra desgañitaban sus gargantas; quienes no, imitaban para no quedar mal; seguir la corriente siempre es una buena salida. La tonada pegajosa ayuda. Por primera vez el concierto fue absoluto.

Tras “Don´t Bring Me Down”. ELO desactivó la máquina del tiempo. De regreso al presente. Tal fue la catarsis que no importó que “Roll Over Beethoven” “Day Alive” quedaran ahogados en las gargantas. Medio tiempo.

30 minutos de espera. Las luces de apagan. Un halo de luz se sitúa en el centro del escenario. De la oscuridad, la colosal y regordeta figura de Alan Parsons emerge. Una cascada de aplausos desciende. Parsons sonríe tibiamente. Saluda al infinito. Yergue su mano, pareciera empuñar una batuta imaginaria. Se coloca en el centro, de frente a un piano, sobre un escalón desde el cual mira por encima al resto de la banda, que de a poco se va sube al escenario. El director de orquesta llama a coda. Alza la mano. Sus dedos rozan el teclado. La otra mano prosigue marcando el compás. “I Robot”. Una guitarra espacial y un bajo cuyo latido marca el ritmo. De pronto el Auditorio parece cobrar vida. El profundo galope del bajo pareciera emular los latidos de un corazón en plena ebullición. Sangre que corre dentro del recinto, dentro de todos nosotros; la sentimos. Nos tentamos el pecho; nuestro corazón también palpita, con la misma intensidad, al unísono. La música se funde con el corazón.

Una conversación rota, devenida por el silencio. Ese instante en el que dos bocas callan y solo se observan. Ese silencio irrompible. Las palabras nunca fueron más banales. “Don´t Answer Me” y la plegaria: “Don´t break the silence, don´t let me win”. El atronador saxofón de Mel Collins lució en toda su sublimidad. Las luces del auditorio se reflejaban con la madera camuflada de níquel con tintes áureos. El resplandor cegaba. El saxofón seducía. Derretía.

Olvido la hora. Medianoche casi. Y Alan Parsons con su séquito de genios lideraban un viaje que había adquirido carácter de fantástico. Pareciera interminable. O al menos así lo deseábamos. “Wouldn’t Wanna Be Like You”, “One More River” y “Don’t Let It Show” y “Time” conformaron la parte media del recital de los londinenses. “Time” y el paso desesperado del tiempo. El que arrastra todo recuerdo. Hasta lo que creemos presente. El que transcurre sin algo que lo detenga. El pasado que aumenta a cada segundo. El futuro que se diluye a cada instante. Tal vez el mejor aliciente para el saneamiento. La cicatrización de las heridas es factible por el tiempo. Solo necesita fluir. El monumento de Alan Parsons inundó al Auditorio acompañado de una luz tenue azulada. Y el tiempo fluyó, como el río. Inmenso y entrañable. Estremecedor cada reventar de las guitarras hacia el verso. La infinidad del sonido; miríada enternecedora.

Si algo caracteriza a todo músico inglés, además de lo flemático, es su generosidad. Parsons anunció el estreno de una colección de clásicos que contenía el lado B completo del que para muchos es su más grande disco: “Turn Of A Friendly Card”, trabajo conceptual sobre el juego y las relaciones personales. El lado A incluye canciones como “Time” o “Games People Play”. El segundo es una sinfonía dividida en cinco movimientos, o en conceptos menos clásicos, una canción de cinco partes. La banda regaló la interpretación entera de “Turn Of A Friendly Card” desde la “part 1” hasta la “part 5”. Sin espacios entre una y otra. El Auditorio no dudó en ponerse en pie y en chocar sus manos enrojecidas. El guitarrista Ian Bairnson abrió bocas con su virtuosismo, y PJ Olsson, vocalista, con su ambigüedad sexual y sus uñas pintadas de morado, hacía lucir su voz. Todos yacíamos ante su poderoso conjuro. Aletargados por la bestilidad del aquel sonido londinense.

“Prime Time” y el estruendo contenido. Aplausos. Luego la banda se juntó en el centro y se despidió. Luces que se prendían de nuevo. Faltaba la estocada final. Aún el público lucía sediento de más, aunque parecía que ya había sido suficiente. Apenas las luces se volvieron a apagar; una guitarra zigzagueante coqueteaba con la estridencia. A cada compás le acompañaba un nuevo instrumento. Un poderoso acorde definiría la amalgama final. “Sirus”. Preludio al entrañable y enfermizo himno del amor. Aquel en el que Parsons le canta a su amada como si fuera un ojo el cielo, que la ve, y que pacta las reglas del juego, lidia con tontos, manipula cabezas y lee mentes. Aquella obra de arte que se mueve entre el amor y la obsesión. Entre el corazón puro y el cerebro torcido. Da lo mismo; “Eye In The Sky” desató la fiesta. Y un nuevo amasijo de lágrimas igual fluían como el río. Épocas unificadas. Los auténticos recordaban al amor de la adolescencia, con el que se casaron o al que nunca volvieron a ver. Las nuevas generaciones recordaban los intransigentes viajes en automóvil mientras la estación de radio sintonizaba Universal 92.1.

Y tras el ojo en el cielo, “Old and Wise” vuelve a activar la máquina del tiempo. Jamás queremos regresar. Bairnson y Collins se vuelven a lucir. Revientan cada butaca con todo su poderío. Y llegó “Games People Play”. La bacanal. Guardias que conjuntaban sus brazos para evitar que la gente saltara al escenario. PJ que tropezaba con los cables. El auditorio que se cimbraba. Los brazos que se movían, indulgentes, hacía cualquier lado. Enloquecidos que agitaban sus viniles por todo lo alto y movían sus cuerpos en cualquier dirección, aunque no supieran bailar; aunque jamás hubieran bailado. Un enésimo solo de majestad. El piano juguetón. Ah, los sonidos de Londres…

Las luces se prendieron y el cataclismo quedó absuelto. Duro despertar. Las puertas se abrieron. Alan Parsons y su proyecto agradecían al público por la exquisita velada. El público agradecía a Alan Parsons y ELO por el viaje por el tiempo. Aún sin la obligación de hacerlo, Parsons se acercó a saludar a quienes estaban al borde el escenario estirando la mano. Firmó dos viniles de dos afortunados fans; días antes seguro no eran más que baratijas arrumbadas en un baúl; hoy reliquias de valor incalculable. Cerca de la una de la madrugada nadie parecía tener prisa por partir. El viaje había terminado. Pero su efecto seguro duraría el día siguiente.

Entre la monotonía, el desapego y la banalidad, el recuerdo funge como bálsamo. Y la música como catalizadora por excelencia del recuerdo. La fantasía mental nunca termina. Recordamos por que sentimos nostalgia. Y sentimos nostalgia por que creemos que en algún momento los tiempos fueron mejores. Que preferimos el pasado que el presente. En la era de lo inmediato, el culto por el pasado es víctima de desdén unánime. Pero vale recordar. Si eso es lo que hace feliz. La música por sí sola emociona. No importan los años. Mientras entendamos eso, la música será inmortal. Los sonidos, cualesquiera que sean, traslaparán toda época. Desde Birmingham y Londres hasta México, desde 1973 hasta 2010; ELO y Alan Parsons emocionaron y seguirán emocionando. Y así fue, aquella noche de violines eléctricos y ojos en el cielo en el Auditorio Nacional.

This entry was published on April 6, 2011 at 3:08 am. It’s filed under Crónicas de conciertos, Melodía and tagged , , , . Bookmark the permalink. Follow any comments here with the RSS feed for this post.

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out / Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out / Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out / Change )

Google+ photo

You are commenting using your Google+ account. Log Out / Change )

Connecting to %s

%d bloggers like this: