El cuaderno del bolsón

Tierra, agua, y el recuerdo de las nubes de uranio

Al pequeño pueblo de Natori, ubicado en la prefectura de Miyagi, Japón, lo atraviesa un río que se desprende del mar. Tras de él, un inmenso campo la separa de Sendai y su aeropuerto. Cuando la tierra se cimbró y sus casas de madera con techos de pagoda se ladearon, los 72,000 habitantes de Natori apenas habrían comenzado a vivir la más pavorosa pesadilla. Las casas han desparecido. Tragadas por el mar. Borradas de la existencia.

Quedan solo los vestigios de lo que los habitantes de Natori alguna vez llamaron “hogar”. Tal vez menos que eso, no menos que escombros y lodo. Queda solo agua, y nada más que agua. El mar ha engullido con aterradora fuerza cada centímetro de tierra, cada vida humana que rehusó abandonar su morada, cada árbol, cada estructura erguida, arrancada desde sus cimientos y arrastrada hasta un lodazal volcánico; ya no quedan más que una montaña de fangosos escombros que solo esperan por ser recogidos.

Una inmensa columna de humo se desprende del sur Natori. Humo blanco. Algo ha estallado. No hay nadie que certifique qué es. El humo asciende hacia los cielos sin nadie que ose con acercarse a ver qué lo genera. Ni siquiera nadie que lo vea. Decir que Natori es un desierto sería una paradoja. El campo descomunal que lo rodeaba se ha convertido en un nuevo lago, sin vida a su interior, ni nadie que navegue en él. Sin niños que le tiren piedras o barcos surquen sus aguas, solo por gusto; por el gusto de vivir, arrancado por la ola más grande del mundo, naciente desde las entrañas de la tierra. El mar ha regresado a su lugar, el que le corresponde, del que nunca debería de salir; pero ha dejado caos y destrucción a su invasión a tierra firme. Entre las casas previamente delineadas y hoy difuminadas por el agua, un manchón entre café y azul delinea la decadencia. No hay más progreso. Ni parquecitos con pagodas, ni jardines inmensos atestados de bonsai y árboles de ceresos esplendorosos, cuyas flores en morado y naranja caen sobre un riachuelo calmo. Como el trazo de un lápiz borrado de una hoja. No solo Natori, varias ciudades japonesas existen solo en recuerdos.

Las calles partidas por la mitad. Los automóviles convertidos en barcos que navegan sin algún rumbo. Que dan vueltas arrastrados por las olas. Que yacen llantas arriba en medio de lo que queda de una vía de tren bala. Sillas de ruedas enlodadas y desgarradas abandonadas junto a una casa cuyo techo no son más que leños empapados. Perros que cuidan a otros perros malheridos sin nadie que acerque a ayudarlos. Una cámara que solo filma. El mar asaltó Japón y el botín fue cuantioso. El panorama se repite a lo largo de la prefectura de Miyagi, y con menos intensidad pero igual condolencia, por todo el país.

Hiroshima y Nagasaki fueron calcinados por dos bombas asesinas que redujeron cuerpos en agua y edificios en cenizas. La felicidad ha dado la espalda a Japón de nuevo. Sometida a punta de fuego, el Imperio del sol naciente se vio obligado a desertar en la guerra; peor aún, el emperador Hiroito no tuvo más remedio que aceptar su condición de humano y deslindarse de todo aura divina. Por segundos, Japón perdió la fe. Acto seguido, la recuperó. El pretexto: el ancestral honor que rige su cultura. La dignidad por su condición humana misma. Los valores. Y Japón se levantó de las ondas de uranio que seguían surcando el cielo de Hiroshima y Nagasaki. Y lo hará cuando erija su monstruosa modernidad por sobre el agua.

Y el apacible Sendai, la distante Natori, la industrial Ishinomaki; sin duda se levantarán de nuevo. La guerra y aquel hongo asesino convirtió personas en agua y pagodas en carbón fungen como ejemplo. Lección que aprendieron. La vida vale más que los infortunios. Para el nipón, yacer derrotado no es nunca la opción. Ni las bombas ni el mar ni la tierra. Ni el destino que quiso que el único país atacado por la energía nuclear (y por la crueldad humana) sea el mismo que durante un mes haya coqueteado con una emergencia nuclear, que de paso, habría terminado con una era en cuanto a la generación de energía se refiere. Jugueteos del destino. Bromas de la historia. Espejo fiel de que para solventar el presente, la memoria del pasado debe permanecer como un tótem imborrable para recordar qué tan malos o qué tan buenos fueron aquellos tiempos.

Pero por ahora, el norte japonés no son es más que el recuerdo de lo que fue. No hay vuelta atrás. Tienen que volver a ser. Y mientras el mundo voltea hacia Fukushima y su planta nuclear que amaga con reventar, un país convulso y herido pretende dar señales de vida. Levantarse después de estar ahogado. Sacudirse el aire envenenado. Recuperar el aire. Respirar de nuevo. Sobrevivir. Japón no caerá.

This entry was published on April 11, 2011 at 2:26 am. It’s filed under Crónicas and tagged , , , , . Bookmark the permalink. Follow any comments here with the RSS feed for this post.

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