El cuaderno del bolsón

Acto 3: Messi sí es el puto amo

Si existe alguna palabra más idónea para definir al clásico capítulo tercero esa es intensidad. Y la genialiad entre la monotonía y la falta de arriesgue. Messí se adueñó, una vez más, del Santiago Bernabeu. Desterrado Iniesta del once inicial. Mascherano maquillado de central, nuevamente. Una previa reventada por las impropias linduras de Guardiola, lejanas de todo libro de García Lorca. El “puto dueño” de la prensa ya había sido anunciado por el siempre elocuente Pep, pillado por la ácida e retadora retórica de “Mou”. Faltaba avistar al “puto dueño” de la cancha. Wembley espera. Pero una guerra habría de librarse primero.

De los dos ingredientes que condimentan todo partido de semejantes proporciones: la intensidad y la calidad del juego, el clásico desarrolló sólo la primera. Eso sí, a una magnitud volcánica. Llevada al borde del desquiciamiento. Un eterno coqueto entre una pulsión de muerte contenida por el conciencia del juego. Los límites de la misma se erigieron para socavar el caos entre el revoltijo de patadas y empujones. En Chamartín, el pasto tornábase fuego. Cada pelota era la guerra. El silogismo arroja la existencia de un clásico amorfo y trabo, que pecó de pasionalidad y careció rubor. Que antepuso la musculatura ante el raciocinio. Nervios hervidos, empeines planchados, ofuscamiento colectivo; las revoluciones del corazón cegaban toda inspiración. El virtuosismo al servicio de la negociación y la parsimonia. El que no quería. El de la retórica truncada. Y ahí, en la perplejidad de una sangrienta estocada, la pelota le sonrió a Lionel Messi. Y la semifinal de los sueños quedó casi resuelta. Sin discursos apócrifos anti-arbitrales, o culpas repartidas hacia el evidente, pero menos hacia quien lo merece. Entre la vorágine del anti-fútbol, el “puto amo” supo cómo. Y se adueñó de Madrid. Y de Europa.

El no-fútbol y el credo del resultado

La guerra declarada entre Mourinho y Guardiola encendió la previa del tercer clásico en menos de quince días. El diseño futbolístico de “Mou” no cambiaría. Le había rendido resultados. Acuartelado había rasguñado un punto en la Liga. Y con brutal bipolaridad levantó la Copa del Rey. Tan sólo había recibido un gol. No habría por qué cambiar. La lógica de Mourinho luce completa; es sencilla. El método es argumentable, pero no cuando el Real Madrid es el encargado de portarlo para sus fines. Si bien el madridismo no ostenta en su esencia la defensa empedernida la estética y la belleza del juego, su condición de equipo grande le prohíbe todo síntoma de renuncia a la pelota. No existe otro ideal en Chamartín que el ganar. Las formas son un condimento. Pero jamás legitimó el ganar por el ganar a cualquier precio.

Ante el cabreo mediático, Mourinho ha sabido sobrellevar su discurso. Papelito habla. Helenio Herrera alguna vez sentenció que “las formas para ganar cuentan, pero quince días después del partido, a todo mundo se le olvida cómo se ganó, y sólo queda el resultado para la posterioridad”. Tal parece que Mourinho fue educado a imagen y semejanza. La eficacia del portugués no se mide en la estética de su juego. Es un autor de resultados; no un escultor, ni un fabulista, como sí lo es el siempre metódico Guardiola. En cambio, el credo de “Mou” subyace en el pragmatismo y no en la utopía. En el pedestal y no en fantasías hedonistas. Nunca más un personaje más antagónico hacia el barcelonismo; y sin quererlo, también hacia el madridismo. Mourinho sobrevive en tierra de nadie.

Ajedrez. Discursos neutralizados, otra vez.

Nuevamente atrincherado, el Madrid soportó la única arma que podría presentar Guardiola: la pelota. Rutilante a ratos. Vacuo también. Posesiones largas que volvíanse interminables monólogos. El Madrid discutía a murmuros y el Barcelona a poemas vacilantes e incompletos. Excesivamente retórico, el Barcelona ahogaba toda pretensión en un pared blanca tan flexible como tersa. Justo equipos como el Madrid son los que se le atragantan al Barcelona. Le obligan a romper todo récord de posesión infructífera; al minuto 25, 82% puntuaba el blaugrana, jamás visto en La Castellana. Posesión al fin y al cabo. El juego gira en torno a la pelota. Al menos esa es la creencia de Guardiola. Y en tanto el poético truncado y el timorato gigante aprisionado se perdían cada cual ante las fortalezas del otro y enaltecían sus debilidades por sí mismos; el partido se perdía en la monotonía de la neutralidad.

Hasta entonces fantasmal, Ronaldo disparó tras una primera embestida. Valdez embolsó sin mayor aspaviento. Acto seguido, Xavi disparó cerca del poste izquierdo. Muy cerca. Viles relampagueos. Soltadas de pelo. Luego el recatamiento. O respeto o incapacidad. Algo de ambos. Mutilado de Iniesta, Guardiola improvisó a Keita de volante y disfrazó a Messi de diez. Y de repente las virtudes de uno se volvieron sus mismas falencias. El toque atragantaba al Barcelona y el Madrid, demasiado volcado contra su arco, no halló nunca forma de salir avante. Siquiera de intentarlo. Demasiado comodino. El 0-0 era el ideal de Mourinho. Ambos parecían ser sepultados por el exceso de sus aptitudes. Ninguno parecía darse cuenta. Un maravilloso diálogo entre Messi y Xavi, que quebraron líneas entre pase y pase, decantó en una enésima y celestial atajada de Casillas. La clave: al incesante toqueteo habría que añadirle la frialdad de la estadística; de algo ha de servir monopolizar el balón el 80% del tiempo. Al menos una vez.

Cables cortados. Fuego en el campo. Chamartín al rojo vivo.

Demasiado alargado el Madrid como para hacer que Özil y Di María conectaran con el esquema meridional diseñado por Mourinho. Triple pivote, de nuevo. Copar del medio campo de operarios. Lass cortaría el circuito que uniría a Busquets con Keita, Xabi Alonso como punta de lanza de todo esbozo de ataque y como primer pelotón de defensa terrestre. Pepe y su misión de siempre, perseguir a Messi hasta el fin del mundo. Mientras así fue, el portugués fue un sol. Cuando se le cruzan los cables, todo puede pasar. Y pasó. Y si bien Dani Alves encareció la plancha de Pepe, Stark compró la intención. Rozón imperceptible. A Alves pareció fulminarle un rayo. Ante el desvarío, Mourinho acabó acompañando a Pepe a la calle. El plan se quebró. El prosaico Madrid acudiría al absurdo del no fútbol para librar el asedio. Toda esperanza estética se había diluido. En La Liga lo rescató a puro corazón. En Europa parecía no haber salida.

Y Chamartín ardió. Los próceres de batallas lejanas se paseaban por el campo argüendeando, amarrando navajas: Kubala, Kocsis, Mr. Reaf (árbitro infumable para el madridismo), Di Stefano, Puskas, Gento, Cryuff, Santillana, Laudrup, Sánchez, Zamorano, Butragueño, Raúl, Rivaldo; y hasta Franco y la Generalitat. Fantasmales influenciadores. Sangre y lágrimas que cundían. El coraje y el honor. La dignidad. Y dos formas de ver el fútbol y la vida. El blanco y el blaugrana. Parte de guerra: Pepe bañado de rojo, Mourinho custodiado por dos guardias, y Pinto lavaría sus pecados en la Sagrada Familia. Cada barrida era falta, y no. Cada caída parecía fulminante, mortal. A cada centímetro, el clásico se remojó de pasión.

Y entonces Messi, siempre Messi, encausó el barco catalán tras surcar el groso y ríspido arrecife. Arquitecto de una jugada llevada de horizonte a horizonte, cedió para Villa quién disparó, Casillas atajó y Pedro excedió su vuelo por el cielo madrileña, arqueó su cuerpo y la pelota susurró la madera. No pasó mucho para que Affelay, ingresado por Pedro, pisoteado tras su inocuo cabezazo, desbordara a Marcelo, y Messi apenas arañó la pelota; a toque de billarista, sólo entizó el taco y embocó entre las piernas de Casillas. No necesitaba nada más. Un toque al arco. Cualquiera que fuera. El gol fabricado por Affelay rubricado por Messi. Y a otra cosa.

El Madrid, raquítico aún más sin Pepe que fungía como sombra de Messi, convertido ahora en un vendaval, no encontró pie con el balón. Cortocircuito. Destrozado el medio pivote, la defensa había perdido todo escalonamiento y Ronaldo flotaba impávido entre el rocío del desasosiego que se impregnaba en el pasto. Di María extraviado entre los triángulos que dibuja el circuito blaugrana cada que atenazan perpetuamente la pelota. 50 toques sin respuesta. Quebrado su círculo de recuperación, al Madrid no le quedó más que atestiguar el concierto de toques. Adebayor, un punta sin abastecedores; decorador sin albañiles. Y Messi endemoniado aceleró, se deshizo de Ramos y Arbeloa y batió a Casillas justo antes de caer; sólo extendió su pierna, la sacó justo antes pernoctar en el pasto, pequeña y débil, pero asesina. Mansa la pelota entró cerca del poste derecho, brincoteando pavorosamente. Obra de arte. El puto amo de la cancha y la pelota es Messi. Y nadie más.

La pelota al final dio la razón al que la trata mejor. El axioma de Helenio Herrera se quebró esa noche. Tal vez las formas si trasciendan. Y si las acompaña el resultado, qué mejor. Tal vez el fútbol tenga oportunidad, aún, de creer en la belleza tanto como el resultado. Al final, el partido fue una calca del clásico por la Liga. Un Barcelona excesivamente discursivo y un Madrid mezquino y encomiado a la negación perpetua del rival, su única arma. Y la bomba quedó desactivada en el Santiago Bernabeu. Hubo fuego. Y pasión. Pero le faltó algo. Un actor más. Un baile es de dos. Una conversación también. Sólo existió uno. El otro pretendió existir a partir de la negación del otro. No bastó. El Bernabeu tuvo su puto dueño. Fue Messi. Acto 3. Telón.

This entry was published on April 28, 2011 at 4:19 am. It’s filed under Crónicas, Crónicas fútbol and tagged , , , , , , , . Bookmark the permalink. Follow any comments here with the RSS feed for this post.

2 thoughts on “Acto 3: Messi sí es el puto amo

  1. felicitaciones tu blog esta de pelos, q bn escribes espero escribir asi pronto

  2. Muy defendible tu punto sobre Mourinho es el problema no el equipo, sus declaraciones son como las del Chelis jaja, creo que si deberian multarlo porque ya meterse con eso de la Unicef son pedos mayores, saludoss

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