El cuaderno del bolsón

Acto 4. Intento de estética; intento de épica

Llovió sobre el Camp Nou. A cántaros. El epílogo de una serie desgarradora. En la que uno pretendió jugar a la pelota, y el otro a perseguirla. Uno jugó a la fábula y el otro a las trompadas. Un partido de ocho tiempos. Cada dos el botín mutaba: una Liga, una Copa, un continente; cada “tiempo” parecía la extensión del anterior. Sólo hasta hoy, cuando un Madrid, afin a sus pergaminos, volvióse un ente irreconocible para los estándares parvos de la era “mourinhana”; sólo así, el Madrid, desprovisto de la venérea verborrea de su técnico, feneció con toda dignidad en Barcelona. La guerra civil llegó a su fin. Inhóspito abatamiento republicano a orillas del río Llobregat. La resistencia catalana dibuja su camino para invadir Bretaña, y convertir su hegemonía local en un imperio continental. Al Madrid no le pudo su intento de épica. Al Barcelona le bastó esbozar su fútbol

A la ciudad condal llegó el Real Madrid habiendo hipotecado su pasaje a Londres en casa. Tras una semana de donde cada palabra volvíase una bomba contra el otro. “A jugar al fútbol”, reclamaron unos tantos. La UEFA desestimó toda acusación de ambos tras la guerra de Chamartín. Inválidos. Al fútbol, que es lo que importa. Designó a De Bleeckere, neutral hasta la médula, a priori, para mediar el caos. La polémica había maquillado la impermanencia de fútbol. La tempestad diluyó la pintura de Messi en Madrid. Ambos habían encarado más una hosca escaramuza. Habían rehusado a jugar al fútbol. Desinflada la ínfula no quedaba más que salir a embarrarse de lodo y poner la pelota al piso.

Esteril

No cabe duda que el Madrid tiene más fútbol que verbo en los tribunales. Karanka, postizo sobre la línea de cal, desató el corsé estético que parecía asifixiar al merengue. Moldeó un equipo flexible. Kaká de inicio. Enfrentaría a Busquets, más frágil que de costumbre. Encargó a Marcelo surcar los laterales. Higuaín iniciaba un partido por vez primera desde el descubrimiento de la hernía que lo alejaría seis meses de los campos. Ronaldo, maquillado como un falso todo; posición fantasma. Su misión fue flotar por detrás de la contención. El aparato defensivo del Madrid mutó lo necesario como para liberar a Messi del acosamiento de Pepe, eje rector de toda la serie. Desprovisto de todo marcaje personal, el Madrid utilizó su predilección olvidada: presionó. En cambio, el Barcelona se empalagó de balón.

El Madrid más ambicioso de toda la serie aún naufragaba sobre el pasto empapado del Camp Nou, convertido en un lodazal por la tormenta que había caído antes del partido. Kaká, cegado por su propio talento, fue tan sólo una centella de lo que solía ser. Apenas dio pie con el balón. Demasiado cauto a pesar de la agresión táctica predispuesta por Karanka, el Madrid no era más que un cúmulo de buenas intenciones que perecía cada cuanto. Ofuscado; su juego retacado de galimatías que antecedían a la frialdad que necesitaban. Dominados por el ansia; carcomidos por el impulso de demoler cada centímetro de pasto. Si el Barcelona se atragantaba con sus virtudes, la situación del Madrid lucía más dramática aún. El mayor esfuerzo ni siquiera avistaba agravio alguno contra Valdéz. Al merengue le costó sangre aquilatar su presencia en Barcelona. Nunca tuvo el balón, ni intentó tenerlo. Sólo agallas.

Casillas cierra la puerta

Luminoso Messi, más galopante que de costumbre, dirigió el despertar del aletargado concierto blaugrana. Corccettino esplendoroso. Dos pies como dos violines; son para el fútbol lo que las cuerdas para Mozart. Acarician la melodía. Su cadencia impone ritmo. Desafinados, la interpretación pierde toda prolijidad. Pero no esta noche, a pesar de arteros atentados que pretendían volar sus pies en mil pedazos; las cuerdas del violín soportaron el trajin de las hachas madridistas. Empero, decoraron una nueva sinfonía. Al minuto 30, mandó a viajar a Carvalho e impactó sin resistencia. La pelota mordisqueaba el pasto y susurró con la madera.


Poco después, condujo Messi hasta el borde de la media luna, Villa retorció el cuerpo, hundió el botín derecho; Casillas extendió el brazo, monstruoso y agigantado. Si el Madrid moría de pie, Casillas encarnaba ese talante mejor que nadie. Aprisionó el balón tras un vuelo que Messi le había obligado hacer, y atajó sobre el pasto un obuz incadecente enviado por Xavi tras una sinfonía de más de 20 toques consecutivos. Quimérico ahora el Barcelona, su juego obtuso se había diluido en detrimento del arte que le da por hacer de vez en vez. Tapado Marcelo de sus excursiones a territorio forastero, su misión quedó recluída a resistir, junto al resto de la zaga madridista, el atosigamiento del que era víctima. Pero Casillas, errata infumable en Chamartín el sábado contra el Zaragoza, cerró la puerta de su arco con llave y candado.

Mascherano, alienígena

Del parvulario de La Masía, Mascherano es el más reciente foráneo llegado. Uno de los únicos, junto a Villa, Abidal, y Keita. El restó mamó los ideales humanos que forjan al futbolista desde la moral y el respeto. Del gusto del juego por el juego. Entendido el deporte como un conjunto de valores encaminados a exaltar las dotes del ser humano; idea modernista por excelencia. El valor estético sitúa al Barcelona lejano de la vanguardia artística (y lo mismo, de la futbolísitca, que desdeña las formas y pondera los efectos e ideas, cualesquiera que sean). Nunca el romanticisimo tuvo tanta cabida en el fútbol. Tal vez por que nunca hubo alguien que le reprodujera tan bien.

Educado a orillas del Río de la Plata, la genética futbolísitca de “El Jefecito” se adecúa al ideal estético que rije al Barcelona. No al moral. Memoriza textos a la perfección y hace teatro; antes de pintar con suavidad y hacer fútbol. Desde los campos de entrenamiento de River Plate, donde del pasto parecen emanar cuerdas que atoran los pies de todo aquel que lo pise; el tic teatral es incorregible. Dani Alves también había mostrado haber sido entrenado por un actor. Mascherano repitió la pavada. Sólo que, al igual que Alves, erró de escenario. Cayó como fulminado por una bala, mientras Ronaldo le había vencido y ya había servido para Higuaín, quien se prestaba a batir a Valdés. Cuando se levantó del suelo, la tramoya le había resultado fantástica. De Bleeckere, quien había atestiguado la eliminación del Barcelona el pasado curso y anuló un gol legítimo a Bojan en el último minuto; creyó más que nadie la actuación. Tal vez la culpa de aquella noche contra el Inter de Mourinho le hacía inconciliable el sueño. Director de escena camuflado en árbitro. El tanto de Higuaín había sido cercenado de los tiempos. El “fútbol total” enseñado en La Masía es literal. Encarna la esencia ofensiva del juego aunado a practicar cabalmente su código de ética. Mascherano no pasó por esa educación, sí por la actoral.

Demasiado cabreo madridista trasladó el partido a la suciedad, de nuevo. Carvalho añadió espuelas a sus tacos y casi quiebra a Messi, maltratado como nunca. Si de Bleeckere había desligitimado el gol de Higuaín, el Madrid debía ser lo suficientemente poderoso como para revertir el efecto. En medio del desvarajuste, Iniesta eliminó a Diarra y conectó con Pedro, intermitente desde la vuelta de su exilio entre algodones. La pincelada de Iniesta colocó a Pedro ante Casillas, quien no pudo volver a cerrar la puerta a pesar de su brutal estirada. 1-0 y pasaje sellado. Villa le tiró al suelo y ambos se regodearon en un charco formado por la lluvia. No mucho más. Di María por poco rompe el arco; la madera escupió su descarga; luego acolchonó su pie derecho para recibir el rebote y optó por Marcelo, solitario en el último cuadrado. El brasileño empujó el empate.

Faltaban 25 minutos. Cada madridista entró siempre tarde tras la última pared construida. Siempre persiguió la pelota, y nunca pareció sentirse conflictuado por ello, no hasta que el reloj expiraba. Y todos a sus papeles originales. Mascherano como histrión mustio, De Bleeckere como cegato inquisidor, el Barcelona como melódica orquesta, y el Madrid como impaciente púgil, dispuesto al guantazo; pero nunca a morir de nada. Y es cierto, el Madrid no murió de nada. El Barcelona pecó de toque al final. Alentó el agotamiento del reloj. Dió pábulo a la zaña con la que el Madrid barría cada pelota. Quejoso y teatral. Intento de estética. El Madrid, enjundioso y ambiocioso. Intento de épica. Le faltó para la hazaña. Al final, uno fue muy parecido al otro. El Barcelona fue algo del Madrid, y el Madrid fue algo del Barcelona. Tal vez no sean antítesis uno del otro. Al final de los cuatro partidos, la moraleja es que ambos se parecen más de lo que creen. Justo y merecido el viaje a Londres. Partido de intentos. Acto 4. Telón.

This entry was published on May 4, 2011 at 7:32 pm and is filed under Crónicas, Crónicas fútbol. Bookmark the permalink. Follow any comments here with the RSS feed for this post.

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out / Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out / Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out / Change )

Google+ photo

You are commenting using your Google+ account. Log Out / Change )

Connecting to %s

%d bloggers like this: