El cuaderno del bolsón

“Somos una banda irlandesa; venimos de Dublin…”

Vestido con una chaqueta negra con forma de saco y botones dorados, camisa blanca, pantalones negros de cuero, y botas del mismo color; Paul Hewson se paró frente al micrófono. Lo miraban más de 100,000 personas; quizá unas cuantas millones más alrededor del mundo. Wembley hervía. Las mangas de la camisa se le desbordaban de las del saco. Elegancia irreverente. Se pasó la mano por los cabellos e intentó peinárselos; sus dedos se enredaban entre la maraña pintada de castaño, remanente de la heterodoxa estética punketa. Se paró con un pie frente del otro. Respiró profundamente. Unió sus manos y parecía jugar con la mugre de sus uñas. Habló. Tembló; cada palabra la precedía un aliento de terror, síntoma de que los pies le temblaban y que no había nada en las manos con lo que pudiera distraerse. “We are an irish band. We come from Dublin city, Ireland…”. Y la reverencia. “This is a song called Bad”. Exhalación. Volteó. Sus dedos se arquearon para acomodarse las mangas. El zigzagueo de la incólume guitarra de Dave Evans germinó desde las bocinas para acompañar el incesante repiquete de un sintetizador que sonaba a marimba. Hewson se volvió a acercar al micrófono. Cerró los ojos. Lo acarició suavemente; como la mejilla de su novia. Y su exhalación terrorífica se convirtió en un poema, una copla celestial: “If you twist and turn away. If you tear yourself in two again”.

Tan apretujados todos aquellos encaramados sobre la barrera que separaba el escenario de la cancha. Todos con sus manos arriba. No se sabe si por tan animados que estaban o por que no había ni siquiera espacio para caber entero entre la sopa de humanos; había que mantener las manos arriba para que todos cupieran. No había de otra. Bajar la mano significaría dos cosas: sufrir la mutilación de la misma, o restregarla en el trasero de alguien más. En un concierto masivo, la segunda opción no es del todo tan desestimada. En la Inglaterra de los 80 las formas de comportamiento permanecían intactas, al parecer. Bob Geldof había organizado un concierto a beneficio de la hambruna en Etiopía, a raíz de un documental de la BBC sobre la alarmante situación humanitaria en aquel país. El rock como método. Su globalidad debía servir de algo, más allá de la subversión, el desdén a la imposición, y la conversión al individualismo. En su intento de convertir al rock en una mundial recolección de acopio y altruismo, le deslindó de su aura instransigente y melindrosa. Tal vez las ideologías valgan menos que la vida humana. Geldof abarató el rock, pero lo dejó en un precio accesible. Le humanizó. Sin ser más rebelede, fue caritativo y “socialmente correcto”. Y legitimó su existencia: “No es el inglés. El lenguaje universal es el rock”.

U2 no era precisamente la banda más conocida de Inglaterra. Fuera de Irlanda, el nombre seguía asociado a los aviones estadounidenses que sobrevolaban Cuba en busca de misiles sembrados por la Unión Soviética. Jamás pensaron en una banda de pelafustanes irlandeses, que de seguro duermen en cerveza, se peinan con los tallos de los tréboles, y zapatean institivamente cada que pisan un suelo de madera para dar cuenta que han llegado, y que vaya que saben bailar. Nada de eso. Vociferó la demolición de todo anti-valor y le cantaba a la “maldad” de la heroína propagada por todo Dublín. Con su garganta seca y su voz luminosa. El platillo demoledor de Larry Mullen Jr. achataba todo acartonamiento. Con él la canción por sí misma parecía rebozar de vida propia, el platillo ilustra el correr de la sangre por las venas de la melodía; y la homogénea línea de bajo que dibujaba con sus dedos caminantes Adam Clayton. Hewson se abalanzó sobre los tablones de madera que delimitaban el escenario, sus botas parecían no soportar el trajín; apretó el puñó, yerguió la garganta y envió un rugido que surcaría el cielo londinense, se propagara en el viento y peregrinara cada rincón de la tierra.

“Wide awake…” desgañitaba Hewson a mitad de la canción mientras seguía acariciando el micrófono, ahora con más vehemencia. Sus ojos a medio abrir parecían no concebir el sueño. Wembley es un tanto más grande que el cuarto del conserje en una secundaria; o que un mugriento pub del centro de Dublin que hiede a cerveza y vómito. Aquel tal Dave Evans, apodado The Edge, (y nadie sabe por qué), juguetaba con su guitarra que emanaba un sonido pletórico, nunca escuchado anteriormente. Con un anciano Vox AC-30 Top Booster de 1966 de color gris, comprado en 200 libras, todos los ahorros de una vida, The Edge confeccionó un sonido único. Sin que su nombre aparezca en los libros de texto, a The Edge no le importa que no le den crédito de su invención: la guitarra texturizada. Suena como si arrañasen las cuerdas de un violín destartalado. Rasposa. Casi hasta se puede tocar su sonido. Y en tanto The Edge retozaba aún imperial su Fender, Paul Hewson abandonaba el letargo. Se arremangó. El cabello que le desbordaba el cuello y desembocaba por fuera de sus hombros se ladeaba lentamente. El horizonte se llenó de banderas pintadas en el instante que decían: U2; y de brazos como un mar que subían y bajaban saludando al nuevo rey del mundo. Paul Hewson se había convertido en Bono

No tenía más de 20 años. Sus ojos orientales y su sonrisa trémula fue captada desde las alturas por Bono quien se acaramó sobre el escenario para decirle: “tú, ven”. Con los brazos gesticulaba, cada segundo con más lozanía. La miríada clamorosa evaporó sus prejuicios en cada gota de sudor. Los guardias, enfundados de amarillo (como de costumbre), prohibieron todo intento de penetración del público más allá del retén que le seperaba del escenario. Bono notó el límite erigido. Y bajó al rescate. Con el gesto, Bono rescató algo del viejo rock; la espontenidad y el ansia ancestral del “yo hago lo que quiero”. Lo que quería Bono era bailar con aquella doncella. No más. Y su voluntad se hizo. Escupida por el gentío, salió la chicuela, auxiliada por la seguridad y otros espectadores que le empujaban sus piernas para sortear el ponto sin riesgo de morir asfixiada. Bono la abrazó. La tranquilizó. Le guió hasta su hombro. Le acarició la cabeza, tocó sus mechones negros, y su mano descendió sobre ellos, suavemente. Tomó su brazo y bailó con ella. Alejado de la cadencia incontenible de una canción con un ritmo atronador; bailaban una canción de cuna. Luego la miró. Clavó sus labios en su frente. Le volvió a dar la mano y se despidió. La niña lloraba mientras los guardias la volvían a cargar de regreso. Minutos antes Bono era una hormiga ante un monstruo; susurrante y abrumada. Ahora él era el gigante.

The Edge, Clayton y Mullen jamás perdieron la noción del ritmo y repitieron el mismo compás la cantidad de veces que fuera necesaria como para que quedara impresa para siempre en la memoria. Bono regresó al micrófono, al cual empuñó con violencia. Gritó para demolerlo. “I´m wide awake”. Y Wembley tembló. Entre los golpeteos insondables del bombo y las gargantas profanadas, Bono improvisó “Ruby Tuesday”, el himno psicodélico de los Stones, a manera de homenaje. Siguió jugueteando. El niño incipiente de Dublin fue coronado como rey de Wembley esa tarde. Sus tarareos encontraban eco en un público que jamás le olvidaría. “Tu tu tu ru ru ru”. Wembley replicaba con el mismo ritmo mientras sus brazos le señalaban y sus cabezas absorbían la emoción de cada nota. Con una toalla blanca, Bono se dio la vuelta y se despidió, tan tibio como al comienzo. Con un caminar afeminado salió por la puerta de atrás mientras sus colegas entonaban el último gran acorde, inmenso, bestial. 12 minutos de historia. Los tiempos de la televisión y el programa del concierto apretaron la presentación del grupo. No hubo tiempo para “Pride, (In the Name Of Love)”, aquel homenaje al reverendo Luther King. No importó demasiado.

Entre la vorágine de hipocresía altruista, U2 fue sin tener que fingir que le importaba el mundo. Le importa, por que sí; y hacía lo que quería, por que sí. Tan desprendidos como imberbes. U2 bosquejó su historia desde la autenticidad. El gesto merecía ser recordado. La memoria retiene aquello que no sea digno de olvidar. Después de aquella tarde otoñal, a nadie se le olvidaría que Paul Hewson era Bono, y que esa banda que venía de Dublin se llamaba U2. A nadie.

This entry was published on May 12, 2011 at 4:13 am. It’s filed under Crónicas, Crónicas de conciertos and tagged , , , , , , , , . Bookmark the permalink. Follow any comments here with the RSS feed for this post.

One thought on ““Somos una banda irlandesa; venimos de Dublin…”

  1. Muy, pero muy buena nota sobre la canción más grande de U2. Es la canción más grande por todo lo que engloba, como dices, es el inicio de una era, de una futura hegemonía que a partir de 1991 duraría hasta el fin de la existencia de la banda. Escuchar a U2 de finales de los 80’s y principios de los 90’s es como sentarte a una mesa y comer platillos con mezclas de distintos sabores y colores, rico en calidad y en talento a la hora de la preparación. No sé si en los últimos años la banda irlandesa ha perdido el rumbo por la obsesión de Bono de trascender más allá de la música, dejandola en un segundo plano, pero ‘Bad’ representa todo lo que es U2.

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