El cuaderno del bolsón

Ultravioleta. Cómo las vaporosas tabernas irlandesas se convirtieron en monstruosas garras

Dublin 1980. El punk se había evaporado en las calles. Ahogado en sus ideales repulsivos. Al servicio de su antítesis. Deslindando de su aura revolucionaria. Abaratándola. Caso similar con la imagen aquella del “Ché” Guevera, símbolo del comunismo revolucionario, transfigurada en una apología al consumismo; una fotografía casual del guerrillero, constipado y barbudo, como símbolo de vendimia y moda. Es común. ¿Cómo agotar mediáticamente una revolución cuyos cimientos están en el aire; igualmente utópicos y que niegen el resto del sistema, cuyos edificios parecen sólidos e indestructibles? Sencillo; convertirla en moda. Repetir los símbolos en los medios. Se abarata. Se populiza. Se finiquita. El punk pasó de ser un vehículo honesto de anarquía e individualismo en un retórico recurso musical, meramente ornamental; y en una moda colorida portada por cabezas huecas; que entendían de peinados de mohicano y botas de cuero pero no de las ideas que conllevaron su existencia. Pronto del punk no quedó nada, más que sus buenas intenciones.

El sudor les escurría a cántaros. Para el punk, el sudor siempre fue un fetiche, un símbolo de pasión conjugado con la independencia; se suda en lugares pequeños, calurosos, en donde se veía desde el diminuto escenario una nube de vapor que emergía de las cabezas de la gente; donde había total libertad para subir a donde la banda estaba tocando, sin policías ni guardias. La interacción era total. Público y artista tenían la oportunidad de estar más juntos que nunca. Casi abrazados. Besados. Desnudos uno contra el otro. Sudores mezclados. La música transformada en un acto de intimidad casi divino.

Y es que no había de otra. Para las bandas punk de ese entonces el presupuesto no alcanzaba como para tocar en un parque o un estadio. Tabernas o alamacenes que aún hedían a vómito mixto con cerveza y semen; entre vagabundos encomendados perpetuamente a Dios, y adolescentes con los brazos colgándoles, moreteados por una mala inyección de heroína. Un foco de luz. 400 personas apretujadas en un lugar donde cabrían 150, con las nalgas recogidas y empapadas en sudor y otros liquidos. Un amplificador roto. El hedor vomitivo se mezclaba con el vapor del contacto humano. Las cadenas que se arrastraban en el piso. Un templete de madera. Y en escena aparece “The Hype”, le recuerdan algunos. La verdad es que se han rebautizado. U2. Es provisional, dicen. Se les puede ocurrir algo mejor. Y Paul Hewson emergió de una improvisada manta negra que fungía como telón. Con su peinado amorfo, su voz virginal, botas y pantalones de cuero y una camisa crema. Perdió el control. “Out Of Control”. Se despojó de la camisa y dejó ver su torso sudoroso y blanquecino, enemistado con los gimnasios. Se abalanzó contra el público. Cantó entre ellos mientras lo toqueteban y le jalaban los pelos. De vuelta al escenario dio un paso en falso y desnudo cayó a los pies de Dave Evans y Adam Clayton, quienes seguían bailando con sus instrumentos, los cuales empuñaban como extensiones fálicas. Hewson se levantó y con toda formalidad deseó las buenas noches. Era sólo un personaje. No estaba loco. Fuera era tan terso y calmo como un oso de peluche. El resto es historia.

México 2011. “La garra” ha llegado al Estadio Azteca. 35 metros de hierro que se yerguen desde el campo hasta al cielo. Un monstruo. Cuatro patas ancladas a un montón de hierro sobre más hierro, cada una con sus lonas grises que fungen como adorno que le brindan un aspecto “moderno” (cualquier cosa que eso signifique); tres grandes puntos naranjas en cada una. Parece una gigantesca meduza extraterrestre, bondadosa. Entre sus garras acoge a un puñado incontable de personas que sólo acuden a ver a los monillos que a lo lejos se pasean entre sus tentáculos. El corazón del monstruo es una pantalla cilíndrica que está directamente ligada a su cabeza, la cual luce imperial y monárquica su antena que casi parece rascar el cielo, y de la cual se desprenden tremendos halos de luz que, de seguro, surcar los confines del universo hasta hacer contacto con el planeta de origen del “invasor”. No bastan dos miradas hacia “La garra” para comprender su tamaño y magnificiencia. La boca permanece abierta. El asombro es inacabable. Así está pensando el show preparado por U2, lanzado en junio de 2009 en el Camp Nou de Barcelona: un orgasmo visual desde que “La garra” se asoma de entre los pasillos del estadio, hasta el último halo de luz que germina bestial y deslumbrante desde la pantalla-corazón. Dublin quedaba muy lejos; en tiempo y espacio. Nada tiene que ver con las tabernas aquellas atestadas de vómito y decadencia que albergaron los primeros compases de la que mucho tiempo después sería la banda más grande del mundo.

Bono es pragmático. Cada palabra suya fue previamente estudiada. Ostenta un manual de discursos y ademanes que le es infalible. Lo sigue al pie de la letra. Confecciado con ánfulas de político, para enamorar estadios y asentar cabezas, regañar gobernantes y caminar entre las calles sin nombre para dar asilo y comida a aquellos deshauciados que tampoco parecen tener nombre. Trascender más allá de la música ha sido la obsesión perenne de Bono. Un “buen” samaritano que pretende arreglar el mundo a guitarrazos y un mosaico inexpugnable de luces cegadoras de cúmulos colores. Bono parece un extraterrestre. Enfundado en trajes de luces de neón rojas que le recorren el cuerpo, como venas radiadas, estira los brazos y anunció la liberación de la birmana Aung San Suu Kyi, encarcelada tantas veces como las que afrontó de pie a la cruenta y rapaz dictadura militar que recién se esfumó de aquel país. U2, según Bono, aliada con varias organizaciones civiles globales, había abogado por su puesta en libertad. Una variable fue ausente; la junta militar se desbarataba a pedazos. Dos días antes había visitado al presidente Felipe Calderón, de quien compró el discurso anti-armamentista que equiparaba las responsabilidades de Estados Unidos con las del Estado mexicano en la “guerra” contra el narcotráfico. Repitió la letanía la noche del domingo. Atinada. Por contexto y argumentación. Pero nunca deslindada del sospechosismo pretensioso.

Snow Patrol sale a escena. Gary Lightbody tiene la fórmula perfecta para dinamitar cada butaca del Estadio Azteca, bullicioso y atascado por segunda noche consecutiva; tercera de la semana. Cada guitarrazo pareciera sumir a todos en un profundo sueño inducido. Distorsión perfecta como para esquivar los oídos e internarse en lo más oculto del subconsciente. Un corazón dibujado en las pantallas nos recordaba que Snow Patrol amaba nuestro país, a pesar de nunca haber venido. El condimento. Lightbody se desvistió. Sus flácidos dedos luchaban encarnizadamente contra los mil botones de sus mil vestimentas. Al final quedó envuelto en un jersey verde de vivos blancos y rojos, un número 14 en el torso y la espalda, y las letras de “Chicharito” que adornaban el reverso. A la bolsa. El Estadio Azteca recordó su esencia futbolera y vitoreó el gesto. Puños en alto, “vivas” y “olés”. Un tímido “Cielito Lindo”. Dos mujeres que hacían trizas cada cuerda vocal. Cervezas chocantes y chorros que viajaban de fila en fila; “ahí va el agua”. Cabezas que bailaban y cuerpos inómviles, sepulcrales. Gritos cada cuando y un aplaso horrísono que penetró las entrañas de “La garra”. “Chasing Cars”. “Eyes Open”. Gracias.

Y el sol que se apagaba. Un helicóptero policial que sobrevuela los cielos. Mentadas y rezongas. Y al fondo; de los vestidores manaban cuatro figuras soberanas a quien su pueblo les rendía pleitesía conforme a gritos, aplausos y desmayos; uno que otro orgasmo. La garra tomó vida. Su corazón se encendió. The Edge prendió su guitarra y Bono tomó el micrófono. Larry Mullen hizo un último redoble y Adam Clayton estiró los dedos, preparándose para demoler su bajo Fender. “Incluso mejor que lo real”. Había que parpadear varias veces. En efecto, no parecía real. Hace 20 años la gira ZooTV incluía un inicio similar; un bombardeo premeditado de mensajes audiovisuales (en ese entonces ese gesto tenía una función, además estética, de sátira) y “Even Better Than The Real Thing”, mejor imposible para redondear le sobrecarga sensorial; ¿todo lo que captan nuestros sentidos es real?”. El cuestionamiento resurge en 360ºTour.

“La garra” se iluminó. El monstruo nació. Como una máquina cuyo corazón es activado inmediatamente por la música que emana de los instrumentos de quienes libremente caminan bajo sus dominios. De sus tentáculos se desprendían luces irreales de colores inexistentes que surcaban el cielo, y encendían los corazones. Cada latido como cada resonar de la batería o cada línea arrasadora del bajo. Del hastío modernista de “Even Better Than The Real Thing” al recuerdo de la nieve y el frío dublinés en un Año Nuevo, asolado por violencia y el despecho. “New Years Day” entabló un puente entre pasado y presente: una garra portentosa y un post-punk sucio y espeso que hablaba sobre cambiar al mundo. The Edge y Larry Mullen erraron al entrar al primer compás del último coro. Nadie lo notó. No había por qué echar a perder la fiesta.

Este cronista observó el concierto por debajo de un palco, ubicado justo en el corner de la punta derecha de la cabezera sur del estadio, a no más de 20 metros de “La garra”: “Get On Your Boots” y luego “Mysterious Ways”. Formas humanas incandescentes hacían el baile del vientre en la pantalla cilíndrica mientras Bono emulaba estar en medio de un harem exitándose, y The Edge triscaba hasta el último efecto de su pedalera y retorcía las cuerdas de su guitarra hasta que el sonido pareciera describirnos que la estaba ahogando lentamente. “Magnificent” fue magnífica. “Elevation” levantó hasta al más sórdido de sus butacas y dinamitó cada brazo que apuntaba al escenario. Todos saltaban. Reportes indican que Instituto Sísmico Nacional registró un movimiento telúrico en Santa Úrsula de aproximadamente 5.2 grados; similar al “Gol del Terremoto” en Avellaneda en 1992. La causante no era la Placa de Cocos ni el epicentro las costas de Guerrero, simplemente la copla: “A mole, digging on a hole, digging up my soul, now going down, excavation”. “Until The End Of The World” permitió a unos cuantos, que no tenían ni idea del repertorio, de mover sus manos recogidas y puntiagudas de adelante y hacia atrás como si bailaran una canción de David Guetta en el antro, al tiempo que movían su cabeza conforme al ritmo y se desabrochaban los primeros tres botones de su camisa rosa con decorados floreados; todo el rito celosmente acompañado, claro, con un vaso rojo en la mano. Extravío. “No hay pedo”, decían algunas gargantas ya averiadas. “Qué chido concierto”, repetían a cada rato. Eso sí, no entonaban ninguna letra. No podía faltar la foto con el Blackberry para dar fe de que estuvieron en el lugar del que todos hablarían. “A huevo, papá. Ya puedo presumir que vine a ver a U2”. Risas. El recital sigue.

“All I Want Is You” convirtió las voces del estadio en una, y todas las luces de celulares prendidos que se ladeaban en un mar de centellas en medio de la oscuridad. Su efecto lacrimógeno permeó muchos asientos. “Pride (In The Name Of Love)” volvió a unificar las voces. “Beautiful Day” fue inaudible por el griterio e invisible por los brazos en alto que no dejaban ver el escenario. Una chicuela enloquecida, de ojos enormes verdes, cabello recortado hasta las orejas con forma de hongo, parecía haber injerido dosis ilegales de adrenalina. Se había quedado sin voz. Gritaba: “Te amo, Bono”, antes de cada canción, y bailaba lo “inbailable”, como “All I Want Is You”.

“Miss Sarajevo” afloró los mayores dotales vocales de Bono, mientras una grabación de una auténtica Miss Sarajevo en el momento de ser coronada, allá por la década de los 60, contrastaba con el horror de fotógrafos que huían de las bombas lanzadas durante el sitio que acosó a aquella ciudad balcánica durante los 90. “Zooropa” hizo que el corazón/pantalla engullera a la banda entera y que se convirtiera la protagonista absoluta con un show abismal de luces. Lo mismo en “City Of Blinding Lights”, justa puesta en escena al nombre de la canción; luces imposibles, tentáculos pintados de rojo, y halos luminosos que penetraban cada retina hasta internarse en la memoria para siempre. “Vertigo” y el “uno, dos, tres, catorce”, cantado al unísono. El remix esperpéntico de “I´ll Go Crazy If You Go Crazy Tonight”. Incipientes sílbidos. “Sunday Bloody Sunday” y el reclamo perenne: How long must we sing this song?” Muchos se lo preguntaban. No por Irlanda de sus siete “Bloody Sunday”. Por México y sus 40,000 muertos. ¿Hasta cuándo? Esta ocasión, Bono no dio pie a su grito de guerra/paz; “No more”. Tal vez convendría callar para no calar la frescura de las cicatrices. Luego, dedicó “Walk One” a Aung San Suu Kyi y la unió con “You Will Never Walk Alone”, himno futbolero por excelencia de los británicos, apropiado como sentencia de amistad y eterna fidelidad.

Ínfimo “encore”. Un párroco sudafricano recitaba la importancia de “trabajar como uno” en pos del mundo. “One” fue suprema. Siempre lo ha sido. Esta noche más que nunca. Y luego Bono nos llevó de la mano por donde las calles no tienen nombre. Y, una vez más, el Estadio Azteca enloqueció. Mientras, por las pantallas, la banda caminaba entre matorrales y caminos polvorientos recónditos en lo más profundo del desierto etíope. Nuevo “encore”. Voces desgarradas y ojos enrojecidos. Un niño se frotaba los ojos y su madre no le hacía caso. Estaba demasiado extasiada. Todos parecían estarlo. Indiferentes a cualquier cosa que pudiera pasar después. Sólo importaba el momento. “Aquí y hora”. “La garra” había logrado su cometido. “Hold Me, Thrill Me, Kiss Me”. Y luego “With Or Without You”. Del cielo descendió un micrófono circular rojizo de luces ultravioletas, como el volante de un Ferrari encendido. Las emociones. Un estadio nuevamente iluminado. Nunca 120 compases más dedicados y 50 palabras susurradas con todo el corazón. Y el grito. Y un último suspiro. Y un amor desconsolado. Una guitarra incontenible. Un bajo como un latido, potente y vigoroso, aunque desahuciado. Un corazón roto que todos tuvimos y todos recordamos. Una belleza ultravioleta olvidada; esperanzas demolidas en cuanto el micrófono circular desapareció. “Moment Of Surrender” dedicada a las víctimas de la violencia. La rendención. “Podemos decir que somos irlandeses-mexicanos”, concluyó Bono, igualmente extasiado. U2 salió por donde entró, aclamados como auténticos dioses aztecas, consagrados a un pueblo que les rendía pleitesía y el sacrificio de su ser y su voz. Dioses forasteros que deberían aterrizar en su nave espacial hasta dentro de unos años. Los que sean. No importa. Siempre les esperarán.

Bono recordaba decir, cuando los cuatro caminaban de regreso a su casa en medio de la niebla dublinesa: “No sabíamos si volveríamos a tocar en el mismo lugar la noche siguiente”. Por años, U2 fue una banda de mocosos churumbeles que apenas y podían cargar con una guitarra que se les desvarataba a pedazos cada les vencía sus flácidos brazos; eso sí, se mostraban exultantes cada noche. Un grupo errante que caminaba por cada taberna de Dublín (y luego Belfat) en busca de un escenario y un par de micrófonos. 4 personas, en aberrante estado etílico fueron su primera audiencia fuera de la secundaria, en la que habían ganado un concurso de talentos. Las luces ultravioleta que describía “La garra” en cuanto acabó el show fungen como una máquina del tiempo que contrasta los impropios del pasado y las bondades del presente. Antes de presentar el show más grade de los tiempos, U2 lideró una revolución musical en Irlanda, alternativa, alejada de convencionalismos, un post-punk percudido y agresivo como melódico y guerrero. Ignorado por las casas productoras. Encarnaban el ideal punk que hasta entonces no había fallecido: “hazlo por tí mismo”. Hasta entonces, y hasta ahora, su música ha sido la misma. Ha mutado su género y han experimentado de mil formas. Con discursos o sin ellos, con garras o sin ellas, con show grandilocuentes o pequeños escenarios arrumbados en lo más oscuro de una taberna, la mera música pero sigue siendo auténtica; U2 sigue emocinando. lHan cambiado las formas y el aforo. Dublin y una taberna. 4 personas que no sabían dónde estaban. México. Un estadio. Una garra bestial. 300,000 personas en tres noches. Algo ha cambiado. Pero U2 sigue siendo el mismo. Las luces ultravioleta lo indican. Las mismas de Belfast y Dublín. Independientes de toda estructura, sea una garra como la del 360ºTour, o una lampara sostenida por un cable y un pedazo de cartón. Emanan sólo de la música. Sólo la música. Lo demás es show, y poco más. Hasta pronto, irlandeses-mexicanos.

This entry was published on May 21, 2011 at 1:02 am. It’s filed under Crónicas, Crónicas de conciertos and tagged , , , , , , , . Bookmark the permalink. Follow any comments here with the RSS feed for this post.

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