El cuaderno del bolsón

La primavera de Madrid

Impulsada por una sociedad crítica y cuestionadora, la Primavera de Praga fue atrozmente sofocada por la invasión del Ejército Rojo en agosto de 1968. De tajo toda esperanza de apertura política en la gris Checoslovaquia fue enterrada. La perversión comunista había alcanzado un culmen inhóspito. La “dictadura del proletariado” prohibía el derecho a la huelga de los mismos sindicatos que ensalzaba, en teoría. La libertad de prensa estaba abolida. En tanto un Estado satélite de la Unión Soviética, debía velar por los intereses de todos sus congéneres: los firmantes del Tratado de Varsovia. El objetivo fundamental era hacer que el Estado checoslovaco avanzara hacia una forma de socialismo deslindada del totalitarismo (modelo soviético); la reforma al sistema político conllevaría la creación de un “socialismo blandor; democrático. Derogar el unipartidismo y fomentar la creación de nuevas fuerzas políticas de distintos matices, siempre y cuando socialistas, (matices de intensidad en cuanto a participación ciudadana y rudeza de las políticas de Estado). Un “socialismo humano y democrático”, que por ende, reconozca la existencia de los Derechos Humanos y utilice plataformas como la Comunicación Política para crear consenso entre la ciudadanía, no como propaganda para que el gobierno totalitario permanezca en el poder. Checoslovaquia fue amordazada, sitiada, enmudecida mientras un tanque de guerra les apuntaba.

En la Puerta del Sol de Madrid se gestó un nuevo e inusitado movimiento civil: el 15-M. Convocado a través de las redes sociales y fundamentado en un extenso pliego petitorio emanado del blog/proyecto “Democracia Real Ya”, (¿alguien puede seguir dudando de los alcances del Internet y de su papel como motor impulsor de ciudadanía?); el 15-M logró captar toda atención mediática, no sólo en España, sino alrededor del mundo. Desvió las miradas de las elecciones generales que afrontaría el país; mismas que vaticinaban, de todas formas, una derrota clamorosa del PSOE, partido al que pertenece el actual Jefe de Gobierno, José Luis Rodrígez Zapatero. Cuando un movimiento netamente ciudadano posee la fortaleza necesaria como para internarse y modificar la agenda política y mediática de un país, es que se trata de algo serio. Un movimiento con contenido y sustancia; por más que la excesiva cobertura mediática pudiera deslindarle de su “virginidad” ideológica y corromperla hasta el punto de dejarle sin nada. No fue el caso. “Sol” se mantuvo ecuánime a la cobertura de los medios (que en ocasiones, dependiendo del foco de la misma o por mandato gubernamental, en lugar de ayudarle puede terminar por perjudicarle y ayudar a su extinción). La discusión no rondó en torno a qué tan legítima era la naturaleza del movimiento, sino en cuál sería su verdadera influencia en las elecciones y cuáles serían sus éxitos tangibles, en caso de que los tuviera, y no se quedara en un discurso estéril.

Denominado 15-M por la fecha de inicio (15 de mayo), este movimiento aglutinó a un extracto de la sociedad española que se hacía llamar “los indignados”. Comprendía, en su mayoría, a personas entre 18 y 30 años desempleados, así como sindicatos, académicos, y algún que otro político enemistado con el PP y el PSOE. En España el índice de desempleo roza el 45% de la población entre 18 y 30 años de edad; 14% en términos globales. Esta cifra se debe, según el 15-M, a la ineptitud del PSOE para solventar la recesión económica, que golpeó a España con más fuerza que al resto de los países europeos; efecto sólo comparable con el sufrido por Grecia, Portugal, Irlanda e Islandia, países que han establecido cruentas y amargas políticas de austeridad para lidiar con la crisis. Irlanda se declaró en bancarrota e Islandia removió la totalidad de su gobierno. España, en cambio, no ha optado por alguna reforma estructural, económica o política, que permita dar el primer paso hacia la recuepración, misma que ya han iniciado los países mencionados. España parece quedar estancada. El índice de desempleo lo demuestra. La situación, aunado al bipartidismo existente desde consumada la democracia, y la inacción de las cúpulas gobernantes, dinamitaron el hartazgo de la sociedad española. “No les votes”, era el llamado que rugían los altavoces ante más de 50,000 personas que acampaban en la Puerta del Sol. “No nos representan”, la rezonga. La primavera de Madrid devino en un grito de fastidio. Clamar por un cambio. Utilizar una voz brindada por la mera condición de ciudadanía e implorar un “ya basta” con la esperanza, distante, de un cambio que permita sólo una cosa: vivir mejor. Praga. Madrid. Contextos y causas distintas. Mismo fondo. Una sociedad que alzó la voz por que así lo creyó conveniente.

El PP arrasó con las elecciones. 11 de 13 comunidades autónomas que se sometieron a elecciones se decantaron en favor del Partido Popular. Las dos restantes fueron ganadas por partidos más pequeños, ni siquiera por el PSOE, que afrontó el domingo su peor derrota electoral en tiempos de democracia española. (Ver mapa )Fortines socialistas, tales como Zaragoza y Albacete, cayeron en manos del PP. ¿Culpa del 15-M? Quien sabe. De entrada, los logros del 15-M son haber desviado la atención mediática de las urnas y vertirlas sobre la Puerta del Sol, y las historias en torno a cada uno de los manifestantes; jóvenes que han abandonado los salones de clase, electricistas sin sueldo, marihuanos curiosos. Pero no más. Los éxitos del 15-M son incuantificables hasta ahora. Tal vez ni siquiera existan. Asumir que la derrota del PSOE se debe al 15-M es peligrosamente pretensioso. Una encuesta post-electoral ayudaría a aclarar el panorama; una pregunta: ¿influyó el 15-M en tu decisión de por quién votar? Mientras, uno de los alegatos, el más complicado, fue evidentemente incumplido; la extinción del bipartidismo. Las elecciones lejos de liquidar el bipartidismo, lo fortaleció. Debilitado y cabizbajo, pero el partido en gobierno sigue siendo el PSOE; en tanto el PP ha ganado presencia mayoritaria en 11 comunidades autónomas. En general, el 70% de los votantes prefirió elegir al PP en sus plantillas. Casi el 55% de los españoles acudió a votar. El 4.24% de los sufragios fue anulado o blanco; de ser un partido político, el voto de protesta sería la cuarta fuerza política del país. Cifra un tanto deseperanzadora para un movimiento cuyas demandas apuntaban a descabezar toda instancia de gobierno mediante la inacción electoral; ser ciudadano sin serlo; una solución práctica del soliloquio shakesperiano. Convertir del voto nulo la primera fuerza política de España. Pero el 15-M no desmovilizó votantes como lo hubiera querido. Al final, España sí les votó y sigue siendo bipartidista. ¿Es el 15-M un movimiento con propuestas a largo plazo, o sólo aplicables para las elecciones del domingo pasado? ¿Qué tanto influyó en la elección? ¿Fue una “democracia mediática” (atractiva por su índole meramente civil y su intrínseco valor informativo), antes que una “Democracia Real”?

La ola de descréditos entre uno y otro partido ya comenzó. Una de las falencias de la democracia es que puede devenir en un eterno diálogo entre las partes involucradas, sin que lleguen a un consenso. Si el diálogo no claudica en acciones; ¿cuál es entonces la funcionabilidad de la democracia, más allá de la sanidad que implica entablar un diálogo y de permitir la expresión de las ideas? La democracia corre el riesgo de convertirse en un sin fin de buenas intenciones mientras el pueblo se desespera, y opta por exigir sus derechos y utilizar su ciudadanía al mismo tiempo que rehulle a ella y a sus obligaciones; pregonar por un cambio sin votar. España es un ejemplo perfecto. El derecho a “indignarse” está permitido en una democracia, ¿pero a qué precio? ¿Vale renunciar a las obligaciones que conlleva el derecho a la ciudadanía? Escribía recientemente Lluis Bassets, “La democracia real es la que tenemos. No hay otra. El sueño debe ser que funcione y que funcione bien, a satisfacción, si no de todos, de cuantos más mejor. Para cambiarla solo hay un método: no se conoce otro”. Tal vez en esta reflexión esté la respuesta a las preguntas formuladas en el párrafo anterior. ¿”Democracia Real”, o “Democracia eficiente”?. Sociedades contrariadas y confusas; obligadas a replantear su rol y cuestionar su sistema. Tal vez la solución no esté tan lejos. No más que la democrática primavera de Praga, acaecida en Madrid 43 años después con distintas causas pero idéntica inspiración; vivir dignamente. No más que la Puerta del Sol, enardecida e hirviente.

This entry was published on May 24, 2011 at 3:30 am. It’s filed under Política, Política Internacional and tagged , , , , , , , , , . Bookmark the permalink. Follow any comments here with the RSS feed for this post.

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