El cuaderno del bolsón

De Wembley a Wembley. Sadoc, el sacerdote, y la unción real

La corte del futuro rey de Inglaterra, Jorge II, había encargado a Heandel componer cuatro himnos que habrían de decorar su misa de coronación. La introductoria “Zadok, the priest” duraba el tiempo exacto desde que el soberano se presenta ante las puertas de la Abadía de Westminster y concluya su trayecto mientras arrastra por el mármol su imperial túnica carmesí; el último compás coincide cuando su majestad se sienta en el trono del rey Eduardo, mientras mira de frente a la feligresía que le reverencia entre lágrimas y vitoreos. Es entonces cuando arzobispo de Canterbury inicia la letanía y unge la frente del monarca con el santo aceite. Una hora después, la corona de San Eduardo descansa señorial sobre su cabeza, en su mano derecha sostiene el obre; en su muslo retiene el cetro. El príncipe adorado, convertido en gobernador absoluto, dispuesto a imponer la ley con el único sustento de su voluntad y la de Dios. El repiquete de las campanas. Viva el rey. Viva.

Cuando la UEFA modificó el formato de la antigua Copa de Europa y la transformó en la Liga de Campeones, encargó al músico Tony Britten la composición de un himno que identificara la competición. Britten desarmó los violines barrocos e introdujo un orgásmico coro celestial que entona las palabras “The Champions” mientras la percusión resuena atronadora y la orquestación zigzaguea acompañada por angélicos pitidos de los metales. La reconversión del Sadoc de Heandel, reducida al estribillo, se encargaría de inaugurar la batalla de coronación del futuro monarca del fútbol europeo. De Londres a Londres. Y de Wembley a Wembley.

En la catedral de las dos torres, Barcelona y Manchester United habían inaugurado su credencial de inmortales. 1968 y 1992. El rojo de Charlton, Best, y Moore. El “dream team”, aquella noche de color mango; el de Koeman, Laudrup, Begiristain, Bakero, Stoichkov, y sí, Guardiola. Wembley es el Westminster del fútbol. Y al compás de Heandel, Londres y sus calles son invadidas, primero por la incertidumbre, luego por el regocijo, de coronar al nuevo rey. Un rey altruista y dadivoso. Exquisito en sus formas. Indomable por su arrojo. Incontenible por su perenne embriaguez de triunfo tras triunfo, milagro y milagro; un imperio indestructible. Proviene de Cataluña, y tras abatir al ejército republicano de colores merengues ha emprendido la invasión definitiva a la vieja Bretaña para retomar el poder del imperio en tierra y eternizar el de las memorias.

El camino que proviene de Roma

La estrategia curtida del caballero escocés diseñó un equipo bipolar, a priori. Tan dispuesto a la trompada como a colgarse del travesaño. Maleable a placer. Comodino de las circunstancias. Previsión a cualquier imprevisto: armado hasta los dientes por si es atacado, fraguado por si ocupa apelar a la épica y rebatir el marcador. Y es que Ferguson con su planteamiento pretendió esquivar los infortunios pasados en Roma, cuando el Barcelona toqueteó afin a su costumbre y predilección a la estética del juego. Pero al mismo tiempo, Roma fungía como modelo a seguir. Con Cristiano Ronaldo como media punta, el United cuajó 10 minutos de excelentismo y pompa. Inservible fue la bonanza de enjundia; en su primera posesión el Barcelona detonó la red de Van Der Sar. La misma obra se reestrenó en Londres con dos años de retraso. El mismo guion fue interpretado en Wembley; idéntico.

El pitido inicial atolondró al blaugrana. Esquivo a su método. Ofuscado por los cánticos atronadores de “Glory Glory” y el trofeo orejón que le vigilaba desde el palco mayor. La máquina podría tardar en carburar. Cuanto antes sacar renta del desvarío; la obsesion del United claudicó en Javier Hernández, engalanado de punta; la gran revelación de la temporada, y Wayne Rooney, guapo para pintar cuadros y colgarlos de los ángulos. Si todos los caminos llevan a Roma, el United supo cómo iniciar el suyo para labrar la gloria europea. Igual que en Roma en 2009. Idénticos 10 minutos iniciales. Arma de dos filos; la apuesta reventaría al Barcelona o a los propios dirigidos por Ferguson. Las líneas adelantadas por varios metros engullían el terruño destinado para el prolijo y armónico recital catalán; Hernández y Rooney asecharían las parcelas cercanas al meta Valdés y le asediarían apenas intentara despejar. A cada blaugrana que recibiera el balón, arribarían dos piezas del United a marcarlo. Adueñados ya del cuero, al United no le costó crear situaciones de peligro. El puño de Valdés rasguñó el cielo londinense para alejar una pelota de gol que Hernández ya relamía. Poco antes, Piqué bloqueó con la espuela una comba del mismo Hernández, más hiperactivo que de costumbre, demasiado turbulento, al igual que de sus compañeros. En tanto, el letargo parecería facturarle en contra al culé, espeso y confuso en Wembley, igual que en los primeros minutos de Roma.

Mascherano, postizo de central, como en todo el curso; Alves y Abidal encargados de los laterales, compensados uno del otro; uno sube y otro baja. La suplencia de Puyol enterró la sospecha, el hombre de hierro que de apellido lleva Abidal jugaría la final tras la extirpación de un tumor en el hígado. Busquets entalingado en el círculo central, fungiría como válvula de escape por detrás de Rooney y Hernández, escala triangular para el circuito Iniesta-Xavi. Messi maquillado como falso nueve, inquieto a las espaldas de Pedro y Villa, camuflados de extremos y puntas, dependiendo de la jugada. Nunca ninguno al mismo tiempo del otro. Uno a la banda y otro al centro. Todo el cesped copado, apología al “fútbol total”. El United atento a la contra. Carrick y Giggs encumbrados en el doble pivote. Valencia y Park abiertos por los laterales, más preocupados por Alves y Abidal que por administrar a Rooney y Hernández, destinados a la sequía si el perímetro medio del United era incapaz de recuperar el balón.

La medicina fue el toque. Las posesiones del Barcelona comenzaron a tornarse largas y corales en tanto Xavi e Iniesta afinaron sus gargantas al servicio de la armonía. En el discurso del Barcelona, el toque es la palabra. El estilo delinea una convicción inmortal: las maneras sí importan. El aluvión animoso y bravucón del United fue desactivado de poco en poco. De pase en pase. La opresión quedó revertida. Si el United lo estrujaba al Barça largo y arriba, el blaugrana lo tiró en campo propio. El United, obligado a recular detrás del círculo central no tardó en caer en la hipnótica poesía culé. Hernández y Rooney encabezaban la retirada. Amputado de toda estructura de contención central y con esfuerzos efímeros de recuperación, que recaían en Giggs y Carrick, el United se acurrucaba contra su arco fastidiado por el tiki-taka. Pedro mostró la suela de sus botines antes de que su envío coqueteara con el poste bajo del fastuoso Van Der Sar. El misil de Xavi fue desactivado por una plegaria que lo alejó apenas del travesaño. En Roma la primera posesión le bastó al Barcelona para decantar la final. En La Catedral, el fútbol fue un tanto más bondadoso. A toque y toque, el Barcelona cocinaba su épica.

El príncipe, el rey, y la resurección

Y Xavi tuvo la pelota. Y el Barcelona la pegó contra el piso. Pedro apuntó ser un factible ungido real. Recibió tras un maravilloso concierto cuya sonata había sido compuesta por Busquets e Iniesta en el toque de medio campo para desarticular una vez más el fruncido doble pivote asestado por Ferguson; luego Xavi definió al futbol con un sólo pase, teledirigido con efecto de empeine a Pedro quien maquilló un toque de billarista al ángulo inferior izquierdo de Van Der Sar. Donde puso el ojo dirigió el pie. 1-0. El príncipe sería investido con las medallas al honor y cuarenta salvas al aire. Apenas anunciado el festín real, un invasor acalló la celebración que comenzaba a labrarse en la cabeza sur de Wembley. Una pared entre Park y Rooney colocó a Giggs frente al arco de Valdés, habilitado por la sombra de Piqué y el ojo tuerto del juez lateral, quien le vio en posición adecuada; de frente colocó un bombón a Rooney quien definió el empate transitorio. El Barcelona se arremangó. El United mostró la dentadura y arrojó el músculo.

El empate lejos de revitalizar a “los diablos rojos” los sumergió en el mismo letargo en que parecía haber caído el Barcelona durante los primeros minutos del primer tiempo. Letargo inducido, a fuerza del toque y la maravilla del colectivismo. Máxime, si el “fútbol total” implica la aplicación cabal del axioma “todos atacan, todos defienden”, Guardiola añade un ingrediente a la fórmula; vale la estética. En pies del Barcelona el fútbol es instrínsecamente bello. Desprovisto de toda interpretación, la estética barcelonista es independiente de todo relativismo cultural. El fútbol entendido por el Barcelona es atestado de barriletes y florituras. El fútbol romántico del Barcelona enamoró Wembley.

Sólo 7 faltas hasta ese entonces. Sin tarjetas amarillas. El Barcelona se dedicó a jugar. No le costó esquivar el tráfico asestado por Ferguson tras el segundo cuarto de campo. Transitó sin aspavientos. Confección de protocolo; corto, corto, largo. El largo decanta la profunidad. Iniesta labró un enésimo pase de gol para Dani Alves, quien había hendido toda la parcela norte; su impacto feneció en los pies del lonjevo Van Der Sar, asediado como nunca. Pero no tardó el Barcelona en trasladar al marcador la estética de su “bien jugar”. Recargada la maquinaria sobre el binomio Xavi-Iniesta, indomables bestias de la pulcritud y la armonía, el Barcelona encarnó la prolijidad de su juego perfecto desde la simpleza más absoluta: recibir y pasar. Y Messi rompió el arco tras un nuevo discurso entre Iniesta y Xavi que le había colocado de cara a tres defensas que no pudieron cerrarle a tiempo. “La pulga” festejó como si nunca hubiera anotado gol. 53 sumó en todo el curso. Una bestialidad. El rey. 53 salvas al aire merecía su asunción. Y un desfile mientras el pueblo entero le baña en oro y papelitos picados. Y mil aplausos que le sonrojan. Por que aún y con todo lo que es, a Messi se le resbalan los elogios; la palmada aún le ruboriza.

Desprolijo el United. Errante. Ofuscado. Desolado. Trémulo. Incapaz de encontrar un argumento para discutir, esteril siquiera como para detonar una alarma sobre Valdés, coaccionado por su propia fatalidad. Ferguson lo planteó para acuartelarse tras asaltar, quemar las naves en el prólogo y soportar toda la trama a uñazos y mordidas. El seductor obuz de Xavi meneaba de un lado a otro; atajado con una palma por Van Der Sar. Luego Messi giró ante Vidic y Ferdinand, turbados ante cada amague del argentino; Van Der Sar se había vencido, pero sus pies anclados sobre el pasto salvaron un gol que no tardaría en llegar. Poco después Iniesta probó suerte. El arquero holandés embolsó la descarga. Y Villa colgó en la escuadra una joya imborrable. Antes, Messi sentó a Valencia, con la pelota cosida a sus botines destazó a Vidic y Carrick; el tapón de Giggs dejó la pelota en pies de Busquets, quien pasó a Villa la sentencia. Ni el colosal vuelo de Van Der Sar pudo detener el gol de la belleza. Sumergido en la tierra, David Villa desgañitaba su ansia imperecedera. No habría trono para él, pero sí un sitio insigne en la corte. No fue mucho más el United, adormecido hasta el pitido final, Nani disparó ancho y Rooney por poco emula la vaselina imperial de Villa. Pero no más. El United sumó sólo 4 tiros al arco en todo el partido y 37% de posesión de balón. Paupérrimo.

El cortejo real ya estaba preparado. Heandel afinaba. Y la corona, transfigurada en un ciclópeo trofeo de orejas rechonchas, la sostenía el resurecto Abidal. Imposible un momento más conmovedor. Otrora desahuciado, Eric Abdial, quien había cuajado un partido notable, alzaba el trofeo mientras Sadoc, el sacedorte, coronaba al nuevo rey de Europa. Desde Salomón hasta Jorge II; y el Olimpique de Marsella hasta el imborrable Barcelona de Guardiola. En Wembley nació, en Wembley prosiguió, la leyenda del rey blaugrana. El más digno de todos. De Wembley a Wembley, 20 años de diferencia y el mismo fútbol de terciopelo. El Barcelona cerró el circulo glorioso: Londres, Paris, Roma, Londres; el imperio catalán ha sido erguido. Y su bandera: el arte convertido en deporte y viceversa, y la fe, sólo la fe. Suena Heandel. Viva el rey. Viva.

This entry was published on June 7, 2011 at 6:14 am. It’s filed under Crónicas, Crónicas fútbol and tagged , , , , , , , , , , , , . Bookmark the permalink. Follow any comments here with the RSS feed for this post.

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out / Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out / Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out / Change )

Google+ photo

You are commenting using your Google+ account. Log Out / Change )

Connecting to %s

%d bloggers like this: