El cuaderno del bolsón

El bombardero de Wurzburgo

“Fenómeno” le llamaban a Dirk Nowitzki cuando intentaba jugar al tenis. Sus 2.13 metros le hacían ver inútil con una raqueta en la mano. Intentó con el handball. Dio con el basquetbol, por eliminación, no por convicción. La genética trazó el camino del no tan pequeño Dirk, quien a los 15 años ya rozaba los dos metros de estatura. Su madre, Helga, ex-seleccionada nacional de básquetbol, antigüa gloria del baloncesto teutón femenil; su padre, Jorg-Werner, vetusto capitán del equipo alemán de handball; ambos siempre alentaron al indeciso Dirk sobre su futuro. Comprender la pasión del deporte no involucra sólo su práctica incesante, labrar la perfección hora a hora, es el ansia por la maravilla, deslumbrarse del propio talento, entenderse como uno más, no como el único, quebrantar el alma a cada segundo; disfrutar, y sólo disfrutar.

A orillas del río Main, y custodiado por el Castillo de Marienberg, Dirk Nowitzki botaba su balón de básquetbol, obsequio de Holger Geschwindner, quien le había observado errar algunos cuantos tiros en sus primeras prácticas con el DJK Würzburg. El equipo del pueblo deambulaba en la Segunda Bundesliga, Division Sur. Geschwindner había convencido al gigantesco jovenzuelo de rizos áureos y sonrisa descuadrada de entrenarle para afinar su puntería y maquillarle sus dotes indudables de basquetbolista todo-terreno; tan hábil para liderar una transición como para rotar en el perímetro; potente ante cualquier marca y certero de cara al canasto, dominante reboteador y pegadizo marcador. Sólo había que pulir el diamante. Para ello Geschwindner le indujo una ruda dieta, le pondría cruzar toda la cancha a gatas o dando saltos de rana, encogido sobre sus pies e impulsado por sus brazos y espalda; a tirar con sus pies enclavados al suelo, sin permiso de despegarlos, o estirar sus piernas tirado boca arriba sobre suelo, cual bailarina. El joven Nowitzki cansóse de que sus arcoiris embocaran en cada arco que rodeaban los castillos adyacentes a Wurzburgo; castillos que, tarde que temprano, le serían demasiada poca cosa. Geschwindner percibió el entronque. “Debes decidir si jugar contra los mejores del mundo o quedarte a ser un héroe en Alemania. Pero si elijes la segunda tendremos que parar de entenar, por que nadie podrá evitar que serás el mejor de aquí”, le sentenció tras una tarde en la que Dirk coló todos los tiros que tomó. El bombardero eligió.

Cuando los Mavericks nacieron en 1980, Nowitzki tenía apenas 2 años. Ambos crecieron y maduraron a la par. Y tarde que temprano el destino les uniría. A sus 32 años, “El bombardero de Wurzburgo” guió a los Mavericks a su primer título absoluto de la NBA en los 30 años de existencia de la franquicia. Además, Nowitzki fue galardonado con el premio al mejor jugador de toda la serie final. Con el anillo de campeón, “Der Bomber” ha completado su currículum: participó del Juego de las Estrellas 10 veces, ganó el concurso de triples en 2006, fue elegido MVP (Jugador Más Valioso) de la temporada 2006-2007; es el máximo anotador en la historia de los Mavs y su promedio de puntos (22.9), es uno de los más altos de toda la NBA. Además, el récord de tiros libres embocados es una demencia: más del 93% en toda la final, tan sólo falló dos disparos. Su racha llegó a 31 tiros libres consecutivos acertados, récord de todos los tiempos en playoffs. Su boleto al Salón de la Fama está reservado. Cada día se multiplican a cántaros las voces que piden su nombre encumbrado junto a los de Malone, Russell, Jordan, Johnson, Bird, Adbul-Jabbar y otros tantos. Nowitzki, sería el próximo apellido rotulado en una interminable pared atestada de historia y epopeya. Comparte con los susodichos una característica que delinea la leyenda: el engrandecimiento cuando la grandeza lo requiere, la épica “in-extremis”, la victoria al borde de la muerte.

En el juego 2 de la serie final vs el Heat, Nowitzki comandó una de las más grandes resurecciones que hayan vivido las finales de la NBA. Los Mavs superaron el déficit de 15 puntos con el que habían comenzado el último cuarto. Lo hicieron con una racha de 22-4, cimentada en un amplio cerco reboteador que alejó al Heat de tomar posesiones largas, en la frialdad pasmosa de Jason Kidd, y en la inspiración certera del alemán, cuyas manos despedían fuego a cada disparo, de donde fuera. Un “blitzkrieg” asesino se cernió sobre Miami. Ni la fuerza aérea reencarnada en el tridente James-Wade-Bosh fue capaz de desactivar el bestial “blitz”. El bombardeo encendió todas las redes hasta consumarse.

Nowitzki emboca lo imposible, gesta la utopía, retuerce la estadística; especialista del asombro. Imperial su brazo que lanza la última bola del partido, una parábola majestuosa que se mece sobre la red y cae muerta sobre la madera. Luego se mece la greña, alza el puño y grita; voltea a ver el marcador, se abraza con Terry, el juego no ha acabado. Suena la chicharra. Se acaba el partido. No festeja. Salta sillas. Camina por el pabellón hacia el vestuario. Regresa para recibir el trofeo, con los ojos vidriosos y las ojeras de los gripientos desvelos aplacados con sopa y té aún visibles. Tal vez, nadie debía ver llorar al Bombardero. “Es increíble, sigo sin creerlo”, dijo mientras le entrevistaban tras el partido. A las 4 de la mañana en Wurzburgo, el gentío convirtió las aguas del río Main en un colosal tarro de cerveza, recintaban el himno de los Estados Unidos en alemán y las campanas de la catedral resonaban a cada enceste. Y sentado dos filas detrás de la banca de los Mavericks, Geschwindner contenía las ganas de llorar, apenas. Se hundía en las sillas para escapar a las cámaras. La sonrisa le detenía el correr de las lágrimas. Y a lo lejos, Dirk le ofrecía el trofeo, entre el confeti azul y blanco, el puño alzado y un “gracias” incrustado en sus ojos.

El talento venció al músculo. Las etiquetas deberán ser despegadas de una vez por todas de las espaldas de Nowitzki, y también de los Mavs. Desangrados, desalamados, intrascendentes, perdedores, tibios. Etiquetas acentuadas tras la inverosímil caída en la final de 2006, (contra el Heat) y la temprana eliminación a manos de los Warriors de Golden State en 2007, el año del MVP de Nowitzski y aún con el mejor récord de la liga (66-16). El destino le había sido truculento a Dallas, asiduo contendiente desde la tutela gerencial de Mark Cuban, 11 playoffs disputados de los últimos 12; la gloria fenecía ante los de siempre y como siempre, contra el némesis de los Spurs y los otrora fantásticos Kings de Sacramento. La razón de la victoria definitiva de los Mavs está, entre otras cosas, en la humildad de su jugador franquicia, quien se asimila como la antítesis de ello. Ese estado mental permite que figuras secundarias como Chandler y Terry soportaran el trajín y montaran su show a parte, siempre al servicio del equipo. Remolcó en contra de Miami su mayor virtud, la fortaleza en la pintura. A cambio, Dallas potenció las suyas, la rotación en el perímetro y la larga distancia. Y en la comandancia de la épica, Nowitzki, siempre Nowitzki.

“El fenómeno” pensó dos días la propuesta de Geschwindner sobre quedarse en Alemania o “entrenar con los mejores”. Años después no sólo jugó contra los mejores del mundo, sino se convirtió en uno de ellos. Construido desde el silencio. Enemigo de la frivolidad, jamás se refiriría así mismo como “El Rey”. Incólume. Inalterable. Jugó al básquetbol por herencia, salió de Alemania por obligación, gateó y pataleó para tirar mejor. Nowitzki encarna al deportista valorizado en peligro de extinción. La discreción es su escándalo predilecto. Marchado de ademanes “divescos”. Alejado de aspavientos nocivos y vomitivos, que aunque certeros y atractivos para el juego, son primer carnada para el detractor. Que Dallas haya ganado la NBA es una confirmación de la veracidad del lugar común: “la unión hace la fuerza”; que el anillo de la NBA descanse en los dedos de Nowitzki es un homenaje a la bondad y la honorabilidad. Aspirar a la grandeza requiere de aludir cuánto costó llegar a ella, y quién intercedió para desearla y alcanzarla. Lazo irrompible, conmovedor. El amor por el juego; el amor a un “segundo padre”. Las lágrimas de Geschwindner no son actuación; es el cúlmen de un sueño labrado a gota por gota de sudor, es saborear el triunfo después de sucumbir ante la inmundicia; es, pues, la felicidad en estado puro. El anillo en su dedo no es de adorno, “El bombardero de Worzuburgo” tendrá que acostumbrarse a la inmortalidad.

This entry was published on June 15, 2011 at 3:21 am. It’s filed under Crónicas and tagged , , , , , , , , , , . Bookmark the permalink. Follow any comments here with the RSS feed for this post.

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out / Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out / Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out / Change )

Google+ photo

You are commenting using your Google+ account. Log Out / Change )

Connecting to %s

%d bloggers like this: