El cuaderno del bolsón

Crónica de un día de elecciones (Parte 2)

¿Quieren recordar la primera parte (elecciones 2009)? http://fmercu9.blogspot.com/2009/07/cronica-de-un-dia-de-elecciones.html

Soñé con un mitin. Estaba en él. Una lona amarillenta sostenida por dos postes. El viento parecía arrancarla, se ladeaba y sus pliegues crujían. Un lodazal que fungía como piso. Filas de sillas de patas oxidadas con los colchones de los asientos arrancados a mordidas. Rechinaban cada que recibían el peso de quien fuere. Una tarima al fondo. Una manta amorfa, que colgaba quién sabe de donde, de rojo intenso. Sobre la tarima una mesa, larga, cubría todo el largo de la tarima, cubierta por una manta azul. Hombres en chamarras de poliester rojas y jeans azules. Algunos con bufandas de color canario que rodean sus cuellos. Si pudieran pintar el lodo de rojo, amarillo o azul, lo harían. Mil cajas, tal vez más, escondidas detrás de toda la tramoya. Niños, mujeres, hombres, ancianos. Casi todos indígenas, campesinos, ganaderos. Rebozos, sombreros, chanclas, morrales, faldas desgarradas por la pobreza. Niños que tiemblan de frío cubiertos apenas por el rebozo, cuelgan del hombro de su madre. Entumecidos y atolondrados. Miradas inciertas. Las sillas sirven de adorno, la mayoría están parados. Se quitan el lugar el uno al otro. Nadie ve qué pasa. Algunos se paran sobre las sillas, otros levantan las puntas de los pies y resbalan en el lodo. Desde el megáfono una masa amorfa y espesa de sonidos imperceptibles surca el aire, como un corno francés terriblemente desafinado amagando con entonar en bazofia un soneto “bachiano”. Todos asienten con la cabeza. No entiendo. Parece un pase de lista. Chillido del megáfono, una mano en alto. Chillido, mano. Chillido, mano. Uno por uno. Poco más. Minutos en silencio. Más berreos escupen los megáfonos. Todos de pie. Un último berreo. La guerra. Filas como pelotones de guerra. Mujeres tiradas en el lodo. Lloriqueos. Golpes. Sandwichito, “chesquito” y regalito de salida. Una mujer presume su playera y su gorra. Blancas y adornadas por una figura redonda de colores opacos y letras borrosas negroides al centro. La tinta que daba forma a los nombres estaba corrida, empujada por las marcas de tres dedos que la desgarraban hasta el borde de la camisa. Un niño lloraba mientras el refresco de su vaso agujerado se le desbordaba del vaso y le escurría hasta los dedos. Alzo la vista. Un hombre en el piso, desfigurado, estrujado por la miríada desfachatada e indolente. La sangre se mezclaba en el lodo. La mano derecha con los dedos contraídos, como acariciando el suelo. Una lágrima le cuelga del ojo. Desciende su cien. Recorre sus mechones enlodados. Salpica cuando cae al lodo. Se diluye. Se extingue. La turba le pisa, le sigue machando las entrañas pisotón a pisotón. Y nada. El desapego a la condición humana. A la vida. Humanos camuflados en bestias, de instintos alborotados y mentes manipuladas; de sueños truncados y vidas reducidas al mínimo objetivo: vivir. De bestias, camufladas de humanos. Truculentas y dispuestas a todo menos a perder lo que “han logrado”. Pero un muerto. Pero no importa. Pero “no pasa nada”. Pero “se cayó el sistema”, dicen. Pero 500 estudiantes, ametrallados. 40,000 muertos en una guerra sin fin. Y no pasa nada. Contentos todos, dan de comer lo que ellos creen que necesitan comer. Creen lo que ellos creen que necesitan creer. Felices por que necesitan creer que si siguen visitándolos, les harán creer que serán felices. A costa de las creencias infundidas al desamparado que persigue en el lodo un pedazo de pan. Pero un muerto. Pero hay comida. Pero tienen trabajo. ¿Qué importa?

El olor a barbacoa cruza toda la casa, desde la cocina hasta mi cuarto. El desayuno está servido. La familia aguarda por mí para degustar los “sagrados alimentos” domingueros que les dicen. Cebollita, cilantro y salsa verde para acompañar. También hay caldo. Wimbledon espera en la televisión. Lo único que espero por ver es que Djokovic venza a Rafael Nadal, y muy poco más importa. Ah, cierto, es día de elecciones. Como en 2009, la final de Wimbledon coincide con el día clave para la política mexicana, al menos por el siguiente año. Y como en 2009 la “desmañanada” no tenía como propósito esperar a la hora que abrieran las casillas, como niño en dulcería, y ser el primero en votar (ah, vean qué buen ciudadano soy). Lo último que pasaba por mi cabeza. El dilema de elegir entre tres personajes extirpados de un abominable cuento infantil, Pin Pon, Geppeto y Santa Claus, maquillados como políticos (Eruviel Ávila más que los tres), significaba un verdadero cuestionamiento existencial. Discursos enclenques. Sonrisas trémulas, timadoras. ¿De qué trata la democracia? ¿De elegir al que más te convenza, aún si sabes que no va a ganar? ¿O seguir al rebaño y votar por el que todos votarán, aunque no estés de acuerdo con él, pero para que el voto tenga una funcionabilidad tangible? Decisiones, decisiones. La nota de la campaña había sido Eruviel Ávila disfrazado de platanito. (¿drag queen?, luego diría que no está a favor del matrimonia entre homosexuales, ¿incoherencia?). Día de elecciones, soleado. Desayuno. La barbacoa está fantástica. La cama tendida. Djokovic vence. Nubecillas se instalan en cielo, amenazan con lloriquear. Salimos.

Recurrir a los lugares comunes para retratar la monotonía es imperativo. Los mismos lugares comunes son monótonos. Es una especie de “meta-descripción”. Aquel domingo: “era un día como cualquier otro”. No importó la Ley Seca que tantos planes desvastó (incluido el mío), botellas de aguardiente tiradas en calle, succionadas hasta la última gota. Los flyers de puteros regados por la calle que atraviesa el fraccionamiento son vestigio de la interminable fila de automóviles estacionados a lo largo la noche anterior. Volantes de comida rápida japonesa estrujados por el agua y las pisadas. La tinta de la propaganda de las paredes, carcomida por el desprecio y las lluvias, se diluía en un río que desembocaba en las alcantarillas. Medio nombre borrado, y el slogan pintarrajeado. La brisa veraniega que acaricia las copas de los árboles. La sinfonía eólica de las hojas que crujen. El eco de los pasos en tacones de mujer a veinte metros. El pavimento seco, inhóspito. Desértico. Dos automóviles que casi impactan de frente. Un perro labrador orina en un arbusto. Camino al voto. Y nada más.

Un autolavado. Había que cumplir con las obligaciones del domingo, pues “era un día como cualquier otro”. Tres carros son atendidos. Al fondo, un hombre está sentado en una silla blanca de plástico con las patas chuecas. Piernas cruzadas. Gorra negra. Lamía de su vaso las últimas gotas de un café barato. Veía cómo terminaban de aspirar los interiores de su BMW. El dedo pulgar zurdo marcado por tinta indeleble. Dos empleados se gritaban de un automóvil al otro: “oye guey, ¿tú ya votaste?”. “Nel, para mí que están bien pendejos los tres. Que se vayan a la verga”. Mi padre sonríe, parado de brazos cruzados frente a su automóvil. Hace campaña a su favor, de último minuto. “Vota por mí. Y te doy una lana para que tu negocio crezca cabrón. Ya con el tuyo serán cuatro votos para mí. No’más me faltan otros dos millones”. El empleado ríe tibiamente, repite lo que mi padre acababa de decir con una voz tersa y llana, esconde sus ojos bajo la sombra que proyecta su gorra negra roída, y continúa removiendo la espuma de jabón que le escurre al cofre. “Pero en serio, cabrón”, replica mi padre. “Igual y sí, mi jefe” (¿ya déjeme trabajar en paz y sólo págueme?) Silencio. Los chorros de agua disparados por cada franelazo. Una radio descompuesto. El sol intenso. Mis padres platican. “He terminado”. Credencial en mano. Es hora.

La casilla está sobre la calle. Cual puesto de tacos. Una lona amarillenta sostenida por dos postes y amarrada a dos árboles. El último votante antes de nosotros apenas se ha ido. No hay nadie más, sólo los funcionarios de casilla. Son diez. Sonrisas forzadas (¿qué chingados hago aquí?) Ojeras. Bostezos. Todos con un chaleco blanco de plástico, como de cerillo de supermercado, con las iniciales y el logo del IEEM en negro Una juguetea hojeando las páginas del padrón. Otro, con la tinta indeleble post-voto. Ya se manchó todos los dedos. El sonido de la basura que raspa contra el pavimento arrastrada por el aviento comprende todo el panorama sonoro. Silencio incómodo, expectante. Como un funeral. Toses y flemas para menguar la incomodidad del silencio, y la falsa solemnidad. Dos mesas. Estoy en la segunda. En la primera hoja de aquel padrón, en la parte de abajo. Bajo la foto de mi registro hay una pequeña casilla que se rellena con un sello con las letras: “voto”. Soy el único en toda la hoja. Son las 12:45. Hace cuatro horas que abrieron las casillas, y en poco más de cinco horas cerrarán. Casi medio día electoral. Y soy el único de la página que se ha presentado. Nadie parece venir cerca. Me entregan la boleta. Se quedan con mi credencial, hasta que salga de votar. Paso a la casilla, sus cortinas están rasgadas, se abren de par en par. El viento las dispara hacia cualquier lugar. Mi veredicto podría quedar al descubierto. Cualquiera podría deducir por quién voté si prestara atención al lugar en donde he hecho el trazo sobre mi boleta. Si fue arriba, abajo, a la izquierda o a la derecha. Se veía (¿neurosis política?) Me arrimé lo más posible hacia el interior de la casilla y tapé con los brazos la boleta, como quien tapa un examen en la primaria para no ser copiado. Mis ojos sobre la boleta. Recordé las tres principales propuestas de cada uno (esfuerzo incomensurable). Las barbas de Encinas. Los tartamudeos de Bravo Mena. Las mejillas ruborizadas de Eruviel. El poder de un trazo. O su finitud. Legitimar el poder de alguien sobre nosotros (¿no es al revés?). En lo físico, papel marcado, solamente. Me pregunto, ¿qué pasa con las boletas votadas cuando el gobernador ha tomado protesta? ¿Se queman? ¿Se reciclan como papel de baño en las casas y palacios de gobierno? (acto simbólico) más allá de su efecto legitimador. Misterios de la vida. Cierro los ojos. Aún no voto. No hay límite de tiempo. No es un juego. No hay nadie ni siquiera esperando a que saliera de la casilla. “No pasa nada”. A nadie le importa cuánto me tarde. Tengo todo el tiempo del mundo, y no. Deseo apurarme. Deseo irme. Deseo romper la boleta. Deseo anular. Mi nombre. El de mi padre (ya tendría cinco votos). No. El crayón negro baila incesantemente sobre la boleta, pero no la toca. Mi mano vuela sobre ella sin destino fijo. Dibujo círculos y taches invisibles. Arriba, abajo, izquierda, derecha. Bosquejo una letra. No. No hay voto. Sigue bailando el crayón, indeciso, mareado, nauseabundo. Va y viene. “¿Si? No, mejor no”. Se ladea. La punta finalmente roza cualquier punto del papel. Lo toca, lo pinta. Sudor. Indecisión. Decisión. Trazo. Voto. Doblo la boleta. Salgo. Sonrío. La meto en la urna. Suspiro. “El voto más difícil”, sentenció mi madre. “Tenga su credencial, joven”. Nadie venía en camino. Sólo había una urna, y no estaba cerca del tope. El cielo se hacía gris.


De regreso a casa. Un helicóptero sobrevuela el vecindario. El viento que empujan sus aspas nos llega. Vuela bajo, no está a más de treinta metros por encima de nuestras cabezas. Da cinco vueltas. Se estaciona justo arriba de nosotros. Segunos. Se va. A lo largo del día trasciende que el gobernador Peña Nieto ha decidido acudir a Atlacomulco a emitir su voto. Las obligaciones ciudadanas cuestan. (¿lujos?). Pero se entiende. Intimidar antes que cumplir. Causar admiración antes que respeto. Alardear antes que gobernar. Política es consenso y el uso del helicóptero es meramente aspiracional. ¿Cuántos corazones no suspiraron, mientras caminaban, en tener la fortuna del gobernador? “No mames, estaría de huevos ir a donde quieras en helicóptero, incluso a votar. ¿Para qué te cansas? Además todos te ven asi de “ay guey, ese cabrón es un padrote”. El afán comodino y los aires paternalistas surcan el cielo mexiquense, cada vez más grisáceo. La brega por el laurel y temor, el desdén al esfuerzo indulgente, en pos del progreso verdadero, el que concierne a todos y no a unos tantos. Ecapatec es un lago y en Neza no hay comida. Pero el gobernador se pasea por helicóptero. La inmoralidad se justifica. “Puede hacerlo”. “Entonces puede matarnos”. “Sí, puede hacerlo. Todo político puede hacerlo”. Poder, deber y hacer. No deber. Correcto e incorrecto. La ética no es universal. O quizá sólo sea el capricho de la ave oceánica de ademanes telenovelescos, o como le gusta que le digan, en sus fantasías: “Primera Dama” (¿Rivera?, ¿de Peña?, ¿ex de Castro?, ¿Gaviota?). El país del “no pasa nada”. El país de la verbena política perenne. El de la desmemoria. La amnesia. El desprecio. Donde la ignorancia es poder. Y el poder, también implica cierta ignorancia. Pero poder. La lluvia permitía re-pensar hacia dónde íbamos.


El cielo se cae a pedazos por la tarde. Pronto, por las ventanas sólo el blanco se avista, los vidrios empañados y mil chorros interminables de agua. Turno de los medios. Llegan noticias. Hay panistas detenidos por entregar propaganda, denuncias (¿patadas de ahogado?) de grupos armados en Coahuila, secuestros y casillas desaparecidas. Parafernalia lugar-comunesca ante la derrota electoral; nunca vale si el otro ganó. ¿De qué sirve el voto entonces? ¿Uno cambiará la decisión de 3,00,000? La noche se pintó de carmesí. El PRI arrasa (¿ensarta?). Nayarit, Coahuila, y el Estado de México “pensaron en grande” (¿hacia el pasado?). Eruviel ganó (¿muñeco de ventrilocuo presidencial?). Encinas rezonga. A Bravo Mena le falla hasta el micrófono. Periodistas insensatos y atascados de protagonismo aberrante. Eruviel en televisión. Las 8:20 de la noche. Alza sus dedos pulgares. “Hemos ganado gracias a la democracia”. (“¿y el 57% de abstencionismo, apá?). Un séquito de “colaboradores” le aplauden hasta las muletillas. (sí, sí, lo que usted diga. Sólo deme trabajo o déjeme salir en la tele, papáw). Los conozco. De lejitos. Nunca fueron muy políticos. Pero ahí están. ¿Qué importa? Lo más seguro es que le llevaron el café y le lustraron los zapatos. Pero tienen 15 segundos de gloria. Asienten lo que no entienden. Todo el discurso no dejan de mover la cabeza de arriba abajo. Seguro ni escuchan. “Seré el gobernador que el Estado merece”. Vitoreos. Encinas echa culpas a entes etéreos y abstractos, “mafias del poder”, y no acepta las propias. Bravo Mena…(¿quién es?). Tuiteros enardecidos, resignados, incólumes, rebosantes, indignados, desmemoriados, manipulados, convertidos, apáticos, acarreados. Se ríen, se mientan la madre, se enojan, se ofuscan, se indignan, se inmolan (quisieran hacerlo), se desgañitan, se mofan, se felicitan, se odian, se aman, se amargan, se cobijan, se niegan, se callan, se olvida de lo que son, reviran lo que quieren ser, anhelan lo que imposible de ver, lloran lo que no volverán a ver. Dos cohetes truenan a lo lejos. Luces rojizas decoran el cielo negro. La noche ha llegado.

Antes de dormir recordé mi sueño. El del mitin. Me avoqué a interpretar el sueño: el mitin es la elección los entes al megáfono es el soberano gobernante; el muerto en el lodo, pisoteado y magullado, es el Estado de méxico; y las personas que le pasaban por encima para tomar alguno de los regalos que les lanzaban desde la tarima, además de asesinar sin dolo ni pretención cegados por la luminosidad del poder alcahuete a aquel desvalido hombre, morirán pisoteados de la misma forma al próximo mítin; la próxima elección. Un Estado que morirá, y morirá, y morirá, condenado a la fatalidad, su fatalidad. Tras el día de elecciones entendí cabalmente el cuento de Augusto Monterrosso. Se refería a nosotros. Por que cuando desperté, el dinosaurio estaba ahí. Vivito y coleando.

This entry was published on July 7, 2011 at 4:07 am. It’s filed under Crónicas, Política and tagged , , , , , , , , , , , . Bookmark the permalink. Follow any comments here with the RSS feed for this post.

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