El cuaderno del bolsón

¿Qué significa ganar el Mundial sub-17?

No todos los días. La frase “México es campeón del mundo” aún nos suena extraña. Intangible. Ilógica. Es la realidad. Son las cortinillas oficiales de la FIFA que muestran un árbol de la vida y la palabra “México”. Un sueño. Es el Estadio Azteca rebozante, de convite. Aquella imagen que le tomaba desde una cámara situada en lo más alto de la cabecera sur, mirando hacia el campo y el graderío, presumiendo su majestuosidad; la misma imagen que reproducirían todos los medios del mundo para presentar, en la previa de la historia, una postal imobrrable de la verdadera catedral del fútbol mundial. Aquella imagen que inmortalizaría las tardes de gala más relucientes y magníficas que recibiría, las de Pelé y Maradona transformados en Dioses y consagrados a la eternidad. Ahí, en el incólume monstruo de concreto, pintado de verde y colmado de histeria, de lágrimas, de “FUAS” y “Putos”, de gargantas desaforadas, de abrazos perpetuos, de banderas imperiales; ahí México se despojó de los fantasmas que le persiguen cada cuanto. El fantasma de Lima. La loza del pasado. El síndrome del “acomplejado”. El rezo al “sí se puede”. La rezonga del “ya merito”. La sobreexaltación de la expectativa. El heroismo tergiversado por la patriotera vendimia informativa. Las infortuitas comparacións que el periodismo usaba irresponsablemente para “reportear” y contextualizar, al mismo tiempo que “venden humo”. No más. Ya no más.

Pero, ¿de qué le sirve al país desde lo futbolístico hasta lo social, que la selección sub-17 haya ganado la Copa del Mundo? Los efectos se reducen en tres grandes ramas: mediática, inspiracional y esperanzadora.

Mediática:

El Mundial sub-17 es el menos importante de los torneos de selecciones organizados por FIFA. Está por detrás de la Copa del Mundo, del Mundial sub-20 y de la Copa Confederaciones. Y si bien, su importancia mediática y penetración en audiencias no es siquiera comparable con la de la Copa del Mundo, es un torneo que por sus características está enfocado hacia un público especializado, un nicho muy particular. El Mundial sub-17 es pertinente en términos de cobertura mediática a tres tipos de audiencia: la de los países involucrados, la del país anfitrión y, como el más importante, las visorías y los clubes. Esta debilidad en cuanto a las audiencias se pueden percibir de inmejorable forma en la publicidad; debido a la “no globalidad” del evento, los esfuerzos de mercadotécnia son ínfimos. Tan sólo se involucran los socios permanentes de FIFA, (Sony, Coca Cola, VISA, etc), y algunos patrocinios, exclusivamente locales para impulsar el torneo dentro del país anfitrión.

Las visorías de extracción y formación de futbolistas ponen especial atención en el torneo. Para los clubes la importancia es doble. Quienes ceden a alguno o varios de sus jugadores a sus selecciones nacionales podrán analizar qué tan bueno o malo ha sido el proceso de formación del jugador dependiendo de su desempeño en el torneo. Diversos equipos en el mundo son reconocidos por su manufacturación de talento, por sus semilleros forjadores de futbolistas íntegros y respetuosos del juego. El Arsenal en Inglaterra. Bayern Münich y más recientemente, el Borussia Dortmund en Alemania. El Barcelona y el Atletic de Bilbao en España (ambos, por cuestiones de filosofía social). Peñarol en Uruguay. River en Argentina. Guadalajara y Atlas en México. El Mundial sub-17 es el simulacro perfecto del cual podrán evaluar las cualidades del futbolista que han educado en sus semilleros y determinar si está listo o no para encarar el profesionalismo. De la misma forma, los grandes equipos del mundo no pierden detalle del torneo. Envían a todo su equipo de visores a todos los partidos para monitorear al próximo fichaje para temporadas venideras. Es como un gran tianguis de futbolistas. Aquellos equipos con capital suficiente como para salir de compras y reclutar a montones de jóvenes para sus filiales son los más interesados. Poseen el capital para comprar, pero no para generar. Optan por arriesgar, so riesgo del despilfarro.

La pertinencia al país anfitrión es lógica. México, país futbolero por excelencia, no tendría problema en acoger el evento. Rompió récord de asistencia: más de un millón de espectadores acudieron, en suma, a los 52 partidos del torneo. Los estadios, vestidos de Mundial, con la identidad de marca instalada en lonas por todas las paredes, salidas y escaleras; la publicidad de FIFA instalada al borde de la cancha, marca registrada y postal acompañante de todo torneo oficial de FIFA. Sin vallas de seguridad. El pasto en perfecto estado, verde y reluciente, valiente ante el atroz empellón de las trombas bíblicas que caían por las tardes. Ante todo ello, los estadios mexicanos lucían majestuosos. Este adecuado decorado de los estadios le viene bien a la golpeada imagen del país. Por infraestructura, México no ha quedado mal ante el mundo que le ha visto. La crisis de violencia e inseguridad no afectó al evento, salvo un incidente menor en Morelia, cuando fueron robados un par de cuartos de la selección holandesa. En términos de imagen, México solventó su brete con creces. La organización de un torneo funcional ayuda a refutar la teoría imperante del Estado fallido. No hubo síntoma de tal, maquillado con un Mundial impecablemente organizado.

El nicho más importante, a nivel económico y de incidencia neta en la vida futbolística del mundo son los clubes y los visores. Pero la audiencia más extensa es la de los países involucrados en el torneo. Brindan mayor cobertura aquellos cuyas posibilidades de ser campeones son mayúsculas. En Alemania, por ejemplo, los periódicos dividían sus planas entre el Mundial femenil y el sub-17. Pero por su característica de ser un torneo infantil, donde las estructuras y la historia no importan en demasía en tanto cada año los planteles se revitalizan totalmente, el Mundial brinda oportunidad de trascender a aquellos países cuyos éxitos en las selecciones mayores escasean y ven la oportunidad de lograr uno en una categoría de edad inferior. Los países africanos son ejemplo. Ghana, Nigeria o el Congo, cuyos representativos mayores suelen tener perfomances magros y escuetos, situación totalmente contraria dada la potencia de sus seleccionados con límite de edad, acostumbrados al éxito. Otros países sabedores de que el potencial de sus equipos menores es mayor que el de sus selecciones absolutas y que les pueden brindar la posibilidad de un campeonato al cual no podrían acceder en una Copa del Mundo son Japón, Estados Unidos, Colombia, Chile, y México. Es en estos países en donde el Mundial sub-17 suele tener una amplia recepción de las audiencias. Ante todos ellos, México se erigió como campeón del mundo, y de algo le ha servido al prestigio del fútbol y la imagen del país.

Inspiracional

El país encara un sombrío panorama. Las cicatrices que la guerra entre el gobierno del país y los cárteles del narcotráfico, las batallas entre los mismos cárteles, y una crisis económica emanada del desvarajuste financiero de 2008 han sumido a México en una espiral de incertiumbre y tensión, apaciguada por el ocio y la distracción, por ínfimos momentos de ventura, brindados casi siempre por los triunfos deportivos. Los deportistas son el termómetro de una nación y el motivo único, (además de una guerra solventada), de felicidad a los pueblos. En tiempos de tal desasosiego, el triunfo de la sub-17 es un bálsamo para la moral nacional. Brindaron una sonrisa a un pueblo maltratado, desmoralizado, deshumanizado. Una lección de compromiso a los políticos “caguengues”. Y un aliento para cada uno de nosotros, para que desde nuestra trinchera enfrentemos y hagamos los que nos toque hacer con pasión y entrega; única solución para sacar al país de su imperecedero letargo. La gallardía, encarnada en la cabeza ensangrentada de Julio Gómez es un aliento de inspiración para que todos se entreguen a sus oficios, cualesquiera que sean, con total compromiso y coraje. Afrontar las buenas nuevas, levantarse de las injurias.

Esperanzador.

La Federación Mexicana de fútbol implementó (una de las únicas buenas decisiones), dos torneos: sub-17 y sub-15. Estos torneos se jugarían en la previa de cada partido de la liga de Primera División, lo cual significa que todos los clubes mayores están obligados a invertir en la formación y manuntención de una academia de futbolistas, quienes llevarían impresos en sus botines el sello de los ideales de cada club en particular (un aspecto de preponderancia para legitimar y fortalecer la filosofía y la identidad del club): el de las Chivas sabrá tocar la pelota al piso, el del América a ganar como sea, pero ganar; el del Atlas a entender cabalmente el fuelle y el sacrificio, en aras de la dinámica colectiva; cultivar valores de la institución y encarnarlos en jóvenes educados, germinados y forjados por el ideario del club. Los torneos sub-17 y sub-15 ofrecen al futbolista una simulación real de un torneo de categoría: el campeón recibe un trofeo, juegan en la antesala de los partidos de la liga de primera división, en los mismos estadios y ante un público que pagó un boleto. Dependiendo de su desempeño, con el paso de los años los jugadores pueden subir de escalafones y llegar a equipo titular.

Las visorías de los clubes para reclutar a los futbolistas sub-15 y sub-17 han sido muy acertadas. Se han decantado sobre el fútbol, y nada más. Privilegiado el talento por sobre la soberbia. El toque sobre el dinero. La argentería sobre el poderío. Desprovistos del eterno “favorcillo”, o del compadrazgo que tanto mal hace a las academias de fútbol, como bien a los bolsillos y reputación de familias truculentas y promotores infames.

La continuidad a este proyecto que han emprendido los equipos de Primera División, aunado a nuevas normas que garanticen aún más la participación cada vez más asidua de futbolistas forjados en las academias de los clubes (reducción de la plaza de extranjeros para clubes de primera división, recortar la edad límite a la regla del “20+11”), son vitales para el rejuvenecimiento del tejido profesional del fútbol mexicano.

Los remanentes de la Selección sub-17 que campeonó en Perú en 2005 que han logrado integrarse en el plantel titular de la Selección absoluta (Dos Santos, Juárez, Moreno, y Barrera); más otros integrantes de aquella selección que ya se han posicionado como pilares en sus equipos de Primera División, (Aldrete, Velarde, Araujo); más la colaboración de Andrés Guardado y de Javier Hernández; más la base de la recién consagrada selección sub-17 de Raúl Gutiérrez (Briseño, Guzmán, Espericueta, Bueno, González, Fierro). El resultado de esta sumatoria decanta un futuro asombrosamente brillante para el fútbol mexicano. Jóvenes que no conocen de “ya meritos”, ni de “síndromes del jamaicón”. Los más veteranos rozan los 23 años. Brasil 2014 está a tres años de distancia. Estamos apenas a tiempo. Hay que aprovechar esta situación extraordinaria: tener a dos generaciones campeonas del mundo con una distancia de tiempo muy corta, sólo 6 años de una a otra. El talento ya está. La infraestructura también. Incluso el tiempo ha sido benévolo. Se debe aprovechar esta oportunidad, por que tal vez nunca se vuelva a repetir.


¿Y ahora qué?

¿Qué hay más allá del festejo? La respuesta es mucho trabajo. Una inmensa obligación. Ganar un Mundial sub-17 requiere de una dosis ínfima de celebración y regocijo, empero esperar arduas jornadas de trabajo para lograr que el campeonato reditúe en un logro tangible a futuro. Ganar el sub-17 transfiere una gran obligación al ganador antes que un gran festejo, incomensurable y desproporcionado. El festejo es meramente protocolario. No tanto como el compromiso adquirido. El siguiente paso es pensar en cómo proseguir con la generación triunfal y engendrar nuevas generaciones para los próximos años, para evitar que el festejo sea una joya más del anecdotario, y un recuerdo que socave la mediocrdad a la que está sometida cada tanto el fútbol mexicano; servirá sólo para nostalgia. Los jugadores sub-17 apenas han cumplido con la primera etapa de su carrera. Si creemos que han cumplido ya con su profesión de futbolistas, con título o sin él, estamos completamente errados.

Los campeones sub-17 regresarán a sus equipos. El ideal será que sigan el “proceso”. Que continúen la maduración de un futbolista normal. Entrenar con el equipo de Primera División de vez en cuando. Al paso de unos meses debutar en el profesionalismo. 10, 15, 20 minutos por partido. Luego incluirlo en el once inicial, siempre y cuando su desempeño haya convencido.

Los jugadores sub-17 encararán la etapa más complicada de su vida futbolística: el entronque entre la trascendencia o el olvido. Alrededor de 6 futbolistas de los que alguna vez jugaron un torneo sub-17, son los que se vuelven profesionales y logran una carrera en el ámbito. El resto se pierde en el camino. Justo en esta etapa. Los factores son varios: lesiones crónicas, pésima asesoría del director técnico del club, optan por estudiar una carrera universitaria, o simplemente su éxito anterior fue un destello, un instante de iluminación celestial, un espejismo, y realmente sus cualidades futbolísticas eran inferiores a las esperadas. Es tiempo de decisiones y paciencia. Algunos fallarán. Muchos se quedarán en el camino. Pero es imperativo respetar los procesos de maduración de los jóvenes. Entender cabalamente la palabra “proceso” en toda su concepción formativa integral y deslindarla de su connotación meramente discursiva-política, banal y vacía. Entender que su nivel de sub-17 es el mejor de la categoría, pero obsoleto para el profesionalismo. No ponerle a jugar con el equipo titular, no podrá hacer nada, por razones físicas y de experiencia. Que sean campeones mundiales sub-17 no significa que sean todopoderosos, ni que puedan burlar defensas de 30 años con la misma facilidad. Nunca ningún lugar común tomó tanta verosimilutd: “todo a su tiempo”. Es como sacar a un niño de la primaria e inscribirlo directamente en la universidad, sobrevivir le será dificil si no cuenta con los conocimientos y la malicia adquirida durante secundaria y preparatoria. Es lo mismo.

La importancia de los procesos está comprobada. Aunado a la labor de cada uno de los clubes, quienes ya disponen de los jóvenes y están a merced del juicio y la labor de los directores técnicos y alejados del paternalismo evidente de Raúl Gutiérrez, la FMF deberá seguirles la pista para preparar el futuro inmediato: el Mundial sub-20 del año 2013. Para ese entonces, los jugadores tendrán 18 o 19 años y estarán listos para afrontar esa Copa del Mundo. El ejemplo más cercano es la misma selección del 2005, la cual se presentó en el Mundial sub-20 de Canadá en 2007 con un plantel calca del que había sido campeón en Perú dos años antes. Dirigidos de igual forma por Jesús Ramírez, potenciados por la presencia, en ese entonces desconocida, de Javier Hernández. La actuación del seleccionado mexicano fue bastante aceptable: llegó a los cuartos de final donde fue eliminado por la futura campeona, Argentina. Tres años después, cinco integrantes de esa selección jugarían el Mundial de Sudáfrica con papeles estelares (Moreno, Barrera, Dos Santos, Juárez y Hernández). Sí se puede. Sólo se necesita “visión a largo plazo”, tan desvalorizada ante la vorágine del “aquí y ahora”, los resultados “en caliente”, el “todo rápido, que no hay tiempo que perder”. Y paciencia. Sólo paciencia.

Datos extra:

– El Estadio Azteca se convirtió en el único en todo el mundo que ha recibido TODAS las finales de todos los torneos oficiales de FIFA de selecciones: Copa del Mundo (2 ocasiones, 1970, 1986); Mundial sub-20 (1983); Copa Confederaciones (1999); y Mundial sub-17 (2011).

– El único país en ganar un Mundial sub-17 como anfitrión del torneo es México. (Nigeria casi lo logra en 2009, se quedó con el subcampeonato). Pero NO es el primero que ha logrado ganar el título habiendo ganado todos sus partidos previos en tiempos regular, el anterior fue Brasil en el Mundial de Egipto en 1997. En ese entonces no habían octavos de final, sino que los equipos eran 16 y la siguiente fase eran los cuartos de final, por lo que Brasil ganó 6 partidos de 6 disputados. Pero México no es el primero en concluir invicto con la consecución del torneo. (No crean la maraña patriotera de Televisa y asociados).

– El Mundial de sub-17 de México es el de más aforo en la historia de la competición; más de un millón de espectadores acudieron a ver lo 52 partidos del torneo, un promedio de 19,000 por juego. Asímismo, la final del domingo pasado estableció un récord de asistencia para una final de la especialidad: 98,000 aficionados vieron el triunfo de México sobre Uruguay, más que ninguna otra final de cualquier otro Mundial sub-17.

This entry was published on July 14, 2011 at 5:22 am. It’s filed under Deportes and tagged , , , , , , , . Bookmark the permalink. Follow any comments here with the RSS feed for this post.

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