El cuaderno del bolsón

Contradicciones noruegas. De cuando el paraíso se transformó en el infierno

El piso retumbó. El polvo se mezcló con el fuego, y la sangre; los ríos de sangre que delineaban las calles del inmolado centro de Oslo. Las hojas de papel que volaban por los aires, impulsadas por la fuerza destructora de 20 toneladas de químicos, y percudidas de pólvora suelta. El sonido de las ambulancias. Los cristales triturados, cual mil cubitos de azúcar regados por la calle. Militares con bazucas y perros adiestrados. Oriundos como turistas, acomodados detrás de un fúnebre cintillo amarillo, boquiabiertos, viendo algo que nunca habían visto, ni habrían esperado por ver en su tierra. Tan sólo una distracción para que el perpetrador pudiera tener tiempo suficiente como para abrir las puertas del verdadero infiero. La isla de Utoya, a más de 100 kilómetros de la capital noruega. Un campamento de jóvenes partidistas, afines a la ideología de la institución en posesión del Estado: el partido laborista. Entre 15 y 22 años de edad. Dormían en tiendas de campaña cobijados por un frondoso bósque de pino y vigilados por tres policias desarmados. No había de qué temer. Nunca, en Noruega, hubo de qué temer nunca., no hasta después del sitio nazi durante la Segunda Guerra.

La vida digna es la máxima que rige a la Noruega de la posguerra, el país insigne del mundo; el orgullo de la humanidad. Una sociedad organziada y responsable, tolerante, que paga sus impuestos, que participa y exije, que convive, que acepta, que vive y deja vivir, que se prepara, que cumple con lo que le toca y aporta algo más, que sabe que lo que le afecta a uno, le afecta a todos. Un gobierno que cumple, transparente y funcional. Incluyente y sagaz. Que antepone su trabajo al servicio de la ciudadanía, quienes verdaderamente importan. El bienestar cómo método para el bienestar mismo. Noruega es el país cuyo IDH (Índice de Desarrollo Humano)es el más alto del mundo. La esperanza de vida más alta (78.9 años, en promedio) y el índice de sustentabilidad cénit mundial. El 100% está alfabetizado y no existe la pobreza extrema. El PIC es de 79.085 dólares (datos de 2010). Su modelo de bienestar social lo cimenta la dotación de educación de la más alta calidad al 100% de la población, seguro médico universal, medios de movilidad sustentable, recompensas y protección ante los riesgos mercantiles, entre otras tantas bondades. Pero la desprolijidad de la perfección es que es imperfecta. Al estado de bienestar nórdico le rebaten los estatutos conservadores y marxistas que aseguran socavan las libertades individuales y fomenta la explotación de recursos humanos que sustenta al sistema capitalista. La perfección conlleva un precio, que al ser pagado le deja de ser perfecta y es corrompible, como toda creación humana. Contradicciones noruegas. El país más civilizado del mundo, en su perfección y su tranquilidad, alberga y reproduce el opuesto más perverso del humano.

Tanta cultura conlleva ignorancia. Ambivalencias. La afición al fanatismo. La bondad y la patraña. El amor en muerte. La perfección en la imperfección. Y ése es el meollo. Reza un adagio budista que el destino se alcanza justo en el camino que se elige para esquivarlo. En su afán de confeccionar la sociedad perfecta, Noruega creó un monstruo divorciado con la idea del Estado noruego. Su “sociedad perfecta” era otra; homogénea, vírgen, unicultural, hermitaña, “pura”. El conflicto se desató. Nada más peligroso que las generalidades. Noruega asumió que todos querrían el mismo estado de bienestar que el Estado creía. Que todos son felices. Que todos piensan igual. Nada más falso. Las contradicciones de la democracia: la universalidad de ideas. Anders Behring Breivik es producto del mismo estado de bienestar al que repudia a reventar. La democracia le permitió educarse, escribir, manifestarse, enrolarse en un partido, abrir su granja, colocar un auto-bomba y volar el gobierno en dos segundos, sin sospecha alguna. La democracia le permitió pensar lo que quisiera, lo que crería correcto, publicar en Internet sus maratónicos manifiestos (atiborrado de citas plagiadas a Kaczckinsy), participar en la vida política del país, exigir libertades y acciones. Y en esa misma libertad de la que gozaba, ser libre de pensar de que matando jóvenes “salvaría a Europa del Islam”.

La democracia tolera e incluye a las voces disidentes del sistema. Las escucha. Y las toma en cuenta para la construcción del Estado. La democracia alenta el libre pensamiento de las sociedades. Breivik pensó libremente. Y actuó. ¿Habría sucedido algo similar en un Estado totalitario? Si la democracia permite todos pensamientos variopintos, desde aquéllos pro-sistema hasta el más abertzale y radical “ultra”, ¿puede garantizarse un Estado de bienestar? Por que esa misma libertad de pensamiento es la que permitió a Breivik desarrollar su tesis y justificar sus actos. Nada más peligroso que un sociópata fanatizado culto, por que entre la atrocidad de sus actos, su verbo y su pluma pueden ser lo suficientemente prolijos como para y hacerlos ver legítimos y razonables. Y habrá alguien que muerda el anzuelo y diga: “tuvo razón, y estuvo bien lo que hizo”. Su voz, ante el Estado noruego, es legal y legítima. ¿Hasta dónde es válido pensar? ¿Hasta que una pistola amenace el pensamiento de otros? ¿Qué libertad es esa, en donde uno supone tener el poder de acallar a los otros, justificándose a sí mismo como un “cruzado” con una misión encomedada por Dios? Gajes de la democracia.

El país que encarna las principales virtudes del humano, fue atacado por los peores traumas y prejuicios del mismo. Causa la primera de la segunda. La virtud de la tolerancia permite las voces disidentes, quienes gozan, en esa misma tolerancia, de plena libertad para manifestarse y actuar. No notan límites. No hasta que la sangre se desborda hasta las banquetas y decenas de cuerpos ahogados yazcan perdidos en el mar. Los Estados, además de proteger a sus ciudadanos, tienen la obligación de educarlos con respeto a las culturas. Noruega falló, con uno. En Europa ¿cuántos “ultras”, de derecha o izquierda, solitarios y fanatizados habrán encontrado la inspiración para actuar en la barbarie desubicada de Breivik?

Entre el duelo aterrador y 73 velas encendidas por toda Escandinavia, Noruega plantea una interrogante, ¿qué hacer?. O más bien, ¿a quién hacer caso? A su esencia, a sus estatutos, a la inclusión, a la democracia, a lo “políticamente correcto”; o a las voces de la discrepancia, emanadas de la libertad del pensamiento, “minoritarias”, igualmente legítimas y e importantes que las mayoritarias y “oficiales”, en una democracia plena y avanzada como la noruega. Si hace caso a éstas y cierra sus fronteras a la migración y al diálogo multicultural, el mundo “políticamente correcto” le tilda de intolerante y racista. Si opta por la integración de los migrantes (árabes, musulmanes, latinos) al Estado de bienestar, le atacan, le asesinan, le inmolan el corazón, le acribillan el alma. Noruega avista un dilema irresoluble, que decantará en un conflicto incendiario y delicado. ¿Ser correcto y “humanitario” al aceptar a masas de migrantes que han llegado a vivir allá sólo para vivir una vida digna, o ceder ante las protestas que reclaman que el muticulturalismo atenta contra la intocable identidad de los pueblos y las razas “puras”? ¿Ser “racista” o ser “vende patrias”? ¿Ser “intolerante”, o ser “traidor”?

Y es que desde los albores de la Segunda Guerra Mundial, los noruegos veían de “fuerita” al “mundo real”: Bombas, atentados, explosiones, genocidios, hambrunas, tiranías. Salían y dejaban la bicicleta sin candado. Las puertas de su casa abiertas de par en par, o vagaban por las calles a las 3 de la madrugada sin voltear atrás para vigilar las espaldas. “En Noruega no pasa nada” era un lugar común. No pasa nada, y es bueno; es el país del bien, concluye el silogismo. Pero esa intransigencia dinamita la conmoción. Un pálmera en un desierto es un oasis, pero en una selva es sólo una más. Un asesinato en Noruega es primera plana, pero 72 es un ataque con electroshocks a los testículos. A una semana de la matanza de Utoya y del bombazo de Oslo, Noruega aún no despierta del letargo. Tal vez tarde en hacerlo. Por que ha experimentado en carne propia lo que de lejos veía, “eso no pasará nunca acá”. Por que la violencia le era ajena al país del bien. Pero es real. Postales de Afganistán retratadas por todo Oslo. La sociedad perfecta no es inmune al horror. Como no lo conoce, lo sufre aún más. Por que en Noruega, decían, no pasa nada. Y pasó. Por que, a pesar de ser el país que el planeta entero admiraba, Noruega se había olvidado que pertenecía a él. Crisis económicas, guerras y genocidios le pasaban de largo. El fin del cuento. El paraíso demolido, profanado, horrorizado. Utoya, Breivik, la intolerancia y las contradicciones de la democracia, han hecho que Noruega haya dado cuenta, de la peor de las formas, que también está en el mundo en el que todo pasa

This entry was published on July 29, 2011 at 10:18 pm. It’s filed under El efecto mariposa, Política, Política Internacional and tagged , , , , , , , , , , , , . Bookmark the permalink. Follow any comments here with the RSS feed for this post.

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