El cuaderno del bolsón

“London calling, to the underworld…”

Nacido en la opulencia, Joe Strummer parecía tener la vida arreglada. Desde la comodidad de un penthouse en el centro de Ankara, el mundo se veía bien. Pujante y funcional. “Todos son felices”. Dormía en aviones y desayunaba en hoteles de 5 estrellas. Hijo de una enfermera escosesa y un diplomático a favor del servicio consular británico. Su educación, por autonomasia, la cimentarían el respeto a las leyes, a las “buenas costumbres” -cualquier cosa que ello signifique-, la reverencia a su majestad y al sacrosanto libre comercio, por que en el mundo en que los ricos son ricos y los pobres cada vez más pobres, el aforismo del “compro lo que necesito para vivir bien” es un dogma devastador. El mundo no empieza en la cúspide ni termina tres metros debajo de ella; existen las faldas no nevadas, aún debajo, las cañadas pantanosas, los precipicios sin fin. Pero los trotamundos son impacientes. Impertinentes con su lecho. El suicidio de su hermano David le hizo creer que todo “valía mierda”. Que, directa o indirectamente, el sistema al que pertenecía y había ayudado a sustentar su familia, es una maraña irresoluble en el que el gozne de unos pocos engendra el desencanto y la miseria de otros tantos. Que los absolutismos son absolutamente absurdos. Que la libertad es más que un concepto y menos que un ideal. Que sólo en la música se es libre.

Se despidió de sus padres. Lo hacía a menudo. Aquella despedida parecería rutinaria. No hizo maleta. Su guitarra, una chamarra de cuero y un sombrero de copa. No más. En Gales hizo como que dibujaba y fundó The Vultures, pero el errante perenne siempre retornará a donde la loquera y el corazón le indique, aún si ya regresó la misma cantidad de veces que juró nunca regresar. Todos los caminos llevan a Londres. Cambió todas las casas en las que vivió durante su infancia por un cuchitril en Walterton Road 101, sin baños ni cocina; sólo un colchón desgarrado en la azotea, algunos cuantos leños, un revoltijo de libros deshojados sobre el piso polvoso, y una ventana rota que guiaba hacia el techo de la casa. El típico paisaje londinense; entre la niebla y la lluvia acurrucadora, Strummer y compañía desfilaban de casa en casa brincoteando desde las chimeneas de tubo. Se apoltronaban a orillas de un puñado de leña incendiada y a la luz de la luna componían el mundo en cuatro cuerdas y aullidos de mono. Cuatro años después, su guitarra demoleadora machaca cada segundo que transcurre. Lo hace pedazos. Martillea la apatía. Aulla como un mono – o lo que parezca que suene- Londres es una selva, que se hunde bajo el río. La guitarra de Strummer es como un tsunami que se engulle desde Chelsea hasta Brixton. A cada compás, salvaje y descarnado, Londres le llama al inframundo, “salid del closet, niños y niñas”. Para Strummer, algo siempre estuvo mal. El río les ahogaba, o los barrios ardían. Todos ni en cuenta.

Tres años antes, Johnny Rotten desgarró el micrófono y su garganta. Se tiró al suelo. Impávido le miraba Malcolm McLaren, quien más tarde referiría: “cantaba horrible, pero tenía algo que nunca había visto”. Ese algo, desparpajo, un encantador y pertubador ansia de asesinarlos a todos, el morbo del desencanto, la furia del engreído despojado. Tenía el cabello pintado de verde y en su camisa de mangas arrancadas pintó a la altura del pecho “I hate”; debajo la frase terminaba con el estampado propio de la prenda: “Pink Floyd”. El grupo de Gilmour, Waters, Mason y Wright encarnaba el exceso de la expresión, la retórica devenida en música, la letanía del sonido. La antítesis de aquéllo que manaba de las calles pestilentes y abúlicas de las periferias londinenses. Donde la neblina era más espesa y la lluvia más correosa. A donde nadie volteaba a ver, pero sabían que existía. Al “punk” lo nutría la furia; el desencanto devenido en rabia; el individualismo acaecido como legítima norma existencial. Rotten se unió a la banda que McClaren, retirado productor musical convertido en vendedor de ropa barata marca “SEX”, había engendrado con toda alevosía de trastocar los cimientos de la Inglaterra adicta a la apariencia y el espejismo. Otros tantos surgieron de poco en poco, en Manchester: The Buzzcocks, Nueva York: Television, The Dictators y un interminable etcétera; en Chicago, la gran Patti Smith. Un mundo que cantaba. Tenía mucho que decir.

Rotten y Strummer. The Clash y los Sex Pistols le cantaban al fracaso. Les escuchaban hordas de jóvenes desahuciados y volcánicos que identificaban en sus letras sus vidas. “No decidí ser un perdedor”, replicaban los punks que desfilaban por el Soho. El fracaso como método para lidiar con el destino. “No tuve oportunidad de elegir”. Aquél sentimiento era producto de una disgregación sistémica y sutil. El “ellos pueden y yo no”. Los sueños devastados. El desencanto crónico. La frustración perpetua. La resaca de la crisis petrolera de 1973 asoló el “british way of life”. James Callaghan optó por dimitir ante la creciente ola de desempleo que engrosaba los ya atestados ghettos marginales, asignados a la progresiva migración afrocaribeña y asiática (pakistaní/hindú) que se instalarían en la que alguna vez presumió ser la excelencia camuflada en ciudad. Otrora, la capital de un imperio díscolo y magnificiente por igual, encantado con sus costumbres ancestrales y civilizadas (la hora del té, la cortesía, la reverencia institucionalizada), y magullado por sus horrendas ánfulas de soberbia. La Dama de Hierro llegó a Downing Street para enderezar el camino. Por que las estrófas de Strummer no eran mera apoplejía, sino un posible y aterrador epitafio. Su política fracturó los bolsillos que aún habían sorteado la crisis de la década anterior. El británico blanco empobrecido convivió con el migrante de habla pashtú, o el de rastas al suelo, o el del acento incomprensible; la coexistencia era dinamita pura. Londres se convirtió en un polvorín. Y el punk en su banda sonora.

Los disturbios de la semana en Londres, y el punk como su vitalicio motor, (modernizado al “dub” o a variaciones caribeñas de rap mezclado con calypso) sólo revelan, como diría Ernesto Pliego en su impecable análisis, “una incapacidad política y cultural para admitir que lo fallido no es el individuo necesariamente, sino la cultura que le produjo”. Los disturbios carecen de motivación política. Correcto. Pero ello no significa que no existan causas sociales de fondo: pobreza, incultura y exclusión. Lo que siempre hubo. A diferencia de 1977, cuando estalló el polvorín “punketo”, el reclamo no es contra el capitalismo como sistema de exclusión e inequidad social, “sino con una cultura que no les dio al nacer el dinero para comprar lo que les han dicho que deben desear y que ven que muchos sí pueden comprar”.

Inglaterra ya había acostumbrado a lidiar con la tensión irresoluble emanada de la desigualdad social y el multiculturalismo: la gran asignatura de todos los tiempos en todas las sociedades. El oráculo Strummer falleció en 2002. The Clash se desintegró en 1985 y los Pistols en 1979. Pero sus canciones siguen teniendo la misma vigencia que tenían en 1977, y la tendrán en 20 años, cuando el polvorín vuelva a estallar. Las sociedades no cambian. La ley de Lavoisier aplica a la inversa: las sociedades no se transforman, sólo se crean o se destruyen. La inmortalidad del rock, y de los problemas sociales que superficialmente pueden socavarse, pero jamás erradicarse. Las pistolas de Brixton ya habían escupido, y escupirían de nuevo. O la generación “en blanco” de Richard Bell amagaba con inmolarse sumido en su “sin sentido” de la vida. Desde hace tiempo, a Londres ya la había devorado el río; el mismo por el surcaba Johnny Rotten y su banda a bordo del “Queen Elizabeth” que recorrió todo Londres con un mensaje con dedicatoria especial. Cuando llegaron al Parlamento, tocaron “Anarchy In The UK”. Al levar ánclas fueron sometidos por la policía. A Rotten no le importó. El gritó retumbó hasta Buckingham. Desde el río, el grito a todas las generaciones: “There is no future, for Englands dreaming”.

This entry was published on August 15, 2011 at 3:58 am. It’s filed under Crónicas, El efecto mariposa, Melodía and tagged , , , , , , , , , , , , , , , , . Bookmark the permalink. Follow any comments here with the RSS feed for this post.

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out / Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out / Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out / Change )

Google+ photo

You are commenting using your Google+ account. Log Out / Change )

Connecting to %s

%d bloggers like this: