El cuaderno del bolsón
28johnson.1.600

Aquel otoño en Bronx y Phoenix

Mr. November, Schilling, Johnson, “God Bless America”, González, Torre, dos juegos en extrainnings, tres remontadas en la última entrada, Nueva York, Phoenix. A 10 años de la mejor Serie Mundial de todos los tiempos.

2-2 marca la pizarra. Parte baja de la novena entrada. 1 out. No falta mucho para la medianoche. Mariano Rivera tiembla sobre el montículo. Su brazo dispara petardos hacia cualquier lado; uno de ellos golpea la espalda de Craig Counsell, quien se retuerce tras el golpe. Casa llena. Ocho minutos antes, los Diamondbacks de Arizona perdían el partido por 2-1 y el sueño de alcanzar su primera Serie Mundial se diluía lentamente. Todo ha cambiado. Luis González a batear. Lanza Rivera; el mordisco de González va de souvenir a la grada; primer strike. El Bank One Ballpark ruge. Curt Schilling arenga desde la caseta con un último suspiro. Tensión. Rivera esconde la pelota tras su espalda; se relame los labios. Randy Johnson masca el duodécimo pedazo de tabaco de la noche. Rivera dispara la pelota a home. El impacto sólido del bat de González se eleva sobre el cielo de Phoenix. La lenta bomba caía mansa sobre el centro del campo, apartada de cualquier vestigio de presencia yankee. Jay Bell, quien aguardaba en el cojín de la antesala, corre con los brazos en alto hacia el home; pisa la marca, y se acabó. Phoenix se cae a pedazos. Jeter llora en la caseta. El diamante encendido por una ráfaga de fuegos que estallaban en el cielo y una cascada de papelitos en blanco y azul. Sobre el montículo, Randy Johnson y Schilling se abrazan; sensei y discípulo desde la loma contemplan el júbilo que su conquista ha traído al ínfimo imperio. 3-2 marcó la pizarra. Medianoche. La historia.

Béisbol en noviembre. Contra-natura, reclamaban los puristas. Los atentados del 11 de septiembre obligaron a suspender todas las ligas de todos los deportes de Estados Unidos; se recorrieron los calendarios. La Serie Mundial de 2001 había sido agendada para comenzar el 27 de octubre. De ser necesarios, los partidos 5, 6 y 7 de la Serie se jugarían en noviembre, por primera vez en la historia del béisbol profesional. Al clásico de otoño llegó el viejo lobo de mar; la dinastía yankee gobernada por Joe Torre buscaba convertir su hegemonía en mito. Juraron ganar la Serie en honor a su ciudad; un anillo como un bálsamo a la herida, aún profusa y ensangrentada. El rival, un novato imberbe con tremenda rotación de picheo, con escasa pegada y pequeños grupos de fans apoltronados en su ciudad, y no más allá. 38 apariciones en Serie Mundial sumaban los Yankees; 0 para Arizona. Sobre el diamante todo es posible.

Primer juego de la serie, en Phoenix. El picheo invisible de Curt Schilling se transformó en una perla que hizo morder el polvo a medio Nueva York. La paliza se consumó desde el cuarto inning: 9-1. Juego 2: una nueva joya de Randy Johnson enbasó sólo a cuatro hombres y permitió tres hits. Nunca los Yankees fueron más estériles que aquella noche. El anillo de la serie se les escabullía de poco en poco, ante cada misil que escupían las manos de Johnson, quien colgó la argolla en la pizarra: 0-4. Y la serie se trasladó al Bronx. Ahí, donde aquella bandera roída y quemada que un puñado bomberos de Nueva York rescataron de los escombros de las Torres Gemelas ondeaba orgullosa desde lo más alto del Yankee Stadium. El recuerdo aún estaba fresco. Juego 3. El himno suena por las bocinas. Las gorras se las quitan, las ponen en el pecho, a la altura del corazón. La gente no deja de mirar a la bandera. Algunos lloran. Catarsis. El Presidente Bush aparece en escena. Su tiro inicial apenas llegó al guante del catcher. Séptima entrada, antes de la parte baja; la bandera achicharrada es cargada por seis soldados. No puede volver a pasar, juran. “Dios debe protegernos”. El beisbol históricamente ha cuajado como terapia colectiva para los Estados Unidos. Cuando la pelota deja de viajar, el corazón canta; “God Bless America”. Así, cada lanzamiento, desde ese entonces y para siempre, llevará consigo la carga de aquello que jamás se tiene que olvidar. Nueva York llora, otra vez. Pero se enjuaga las lágrimas, se golpea el guante con la mano desnuda, se acomoda la visera de la gorra percudida de arcilla, y solamente grita: “play ball”. La vida sigue.

La joya la lanza Roger Clemens ahora. Sólo le batean tres hits. Juego 4: 3-1 lo gana Arizona. Novena entrada, parte baja. Tino Martínez en la caja de bateo. La cuenta lo acorrala, 3 bolas, 2 strikes; contra la pared. Última bola, Martínez conecta, hay hombre en base; la pelota se pierde en el cielo. 3-3. Cae la medianoche. “Welcome to November baseball” reza la pantalla del estadio. Extrainnings. Y llegó “Mr. November”. Jeter le rompió la enésima pelota que le disparó Hyun-Kim. Épico. 4-3, gana Nueva York. Juego 5: Hitchcock y López son invencibles en el montículo. 2-2 concluyen las nueva entradas. Extrainnings, otra vez. Hasta el doceavo, donde Soriano reventó el lanzamiento de López para remolcar la tercera victoria de los Bombarderos del Bronx. Serie: 3-2 a favor de Nueva York. El ganador es el mejor a siete juegos, ganando cuatro. La serie debería regresar a Phoenix. Juego 6: Johnson regresa a la lomita. Domina a todo yankee que se le ponga de frente. Un rally de ocho carreras en la tercera entrada decantó la suerte de los Bombarderos aquella noche: nueva paliza: 15-2. Todo o nada. Vida o muerte. Séptimo juego.

4 de noviembre 2001. Juego 7 de la Serie Mundial de béisbol, en Phoenix; el eterno retorno de las cosas. Clemens y Schilling se ven imperiales en el montículo. Poesía convertida en picheo. Brazos insoslayables que escupen pólvora convertida en hueso redondo costurizado. Son como dos alquimistas inversos; convierten el oro en chocolates que recetan a placer. Finley anota en la sexta para Arizona. Jeter entró remolcado por un sencillo de Tino Martínez y el home-run de Alfonso Soriano situó a los Yankees en la antesala de la gloria. El parque en Phoenix era todo resignación. Ojos al borde del llanto. Manos que se mesen los cabellos y se cubren los ojos. Algún grito de apoyo por ahí. No más. Joe Torre mandó a Mariano Rivera para cerrar la puerta y apagar las luces. Era infalible. Nunca había perdido un partido en postemporada cuando lo tenía ganado en el último inning. Pero el béisbol, como casi todo en la vida, es impredecible. Aquella noche de otoño, la historia le tenía reservado un lugar especial a los Diamondbacks. El doble de Tony Womack empuja el empate a 2. Resurección. Y ahora todo es posible. 2-2 marca la pizarra. Parte baja de la novena entrada. 1 out. No falta mucho para la medianoche…

This entry was published on October 26, 2011 at 3:26 am. It’s filed under Deportes and tagged , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , . Bookmark the permalink. Follow any comments here with the RSS feed for this post.

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