El cuaderno del bolsón
fuego cruzado

Historias, personas; no números.

Ésta es una crónica a manera de resumen de los dos primeros capítulos del libro “Fuego Cruzado” de Marcela Turati, hecha como ejercicio para una clase. Lo comparto.

Uno a uno iban saliendo los cuerpos. En total eran 55. El lugar: la mina de La Concha, en Taxco, Guerrero. El día, domingo 6 de junio de 2010. En el México de hoy, el México de “la guerra contra el narcotráfíco”, hay que precisar el lugar y el día ante una masacre; de lo contrario, pueden quedar olvidados, enterrados en el sangriento y rojizo anecdotario que adorna cada día. Día y fecha. Recordarlos los harían especiales. Otros tantos, 28,000 de ser un tanto más precisos, ni siquiera ostentan una fecha que sus familiares puedan usar para conmemorar su muerte. En algunos casos, ni siquiera lograron recuperar el cuerpo, o saber si quiera dónde está, si está vivo o no, si es feliz o no. Las masacres en México son cuestión de naturalidad. Normales. Lo no normal sería despertar algún día y saber que han cesado. No pasa así. Los muertos son una estadística, frívola y helada, como aquella interminable fosa guerrerense en la que en un domingo de junio fueron descubiertos 55 cuerpos, mutilados, ultrajados, desnudos, desprovistos de toda dignidad.

Ante el asco detectado por las narices de los mineros Juan Viveros y Nabor Baena, quienes intuyeron que había algo ahí, debido al pestilente olor que se desprendía desde la entrañas de la mina; ante la impávida reacción de los rescatistas que suben y bajan cadáveres como si nada; dentro, 55 historias de horror que nunca fueron contadas; siquiera evitadas. Solo sucedieron. Y ahí están: descabezados, desnudos, las caras de dolor y angustia; su expresión del pánico más absoluto no se había borrado a pesar de la tierra y los días que habían pasado desde que fueron enterrados. Más tarde, Mario Alberto Aguirre, médico forense, responsable de ensamblar cabezas en cuerpos, (como muñecos de juguete) y de maquillar la brutalidad que habían recibido los 55 asesinados sentenció con la misma brutalidad de las palabras: “son tiempos difíciles, dicen que estamos viviendo el Apocalipsis”.

Algo similar sucedió en Tamaulipas. Fecha y lugar. 24 de agosto de 2010. Municipio de San Fernando, Tamaulipas. En un rancho recóndito se encontraban 72 cadáveres, tapados con sábanas mientras la sangre les seguía escurriendo. Podría quedar para siempre ahí y nadie se daría cuenta. La explicación oficial menciona que el cártel de Los Zetas les ofreció “una oferta que no podría rechazar”: trabajar para el sicariato del cártel, o morir. Traducido de otra forma: morir o morir. Sin opción, los 72 fueron baleados, tiro de gracia incluido, y arrastrados por todo el rancho. Dos días más tarde, los militares arribaron al lugar alertados por un supuesto sobreviviente. En el rancho, bajo las mantas ensangrentadas, William había dejado de ser William, Yeimi ya no era Yeimi, Pedro tampoco; ahora eran 14, 15, 16…y luego 50 y 51 y 52. La lista se hacía eterna. Cada día, la lista se hace eterna. Los occisos luego de ser noticia se convierten en un lastre que hay que eliminar, o reemplazar. Los titulares adecuan sus palabras para evitar la monotonía. Informar la muerte no es novedad. Pero el escalofriante salto cualitativo con el que se infringe la muerte obliga al medio a la mesura, y al espectador al prudencia. Un país que se ha acostumbrado a vivir con sus demonios. A vivir con el horror como vecino. A olvidar que un día antes era portada en todos lados; por que una nueva masacre, más grande y asquerosa, ha asaltado el imaginario colectivo. El día siguiente será reemplazada por otra, y otra, y luego otra. Como subir una escalera. Un juego cuyo nivel siguiente es más complicado que el otro. Un círculo de agonía que se hace interminable.

Y luego Tepic y sus lavacoches, la fiesta de cumpleaños en Torreón, los 16 jóvenes que convivían en Villas de Salvarcar, en Ciudad Juárez, los 10 indígenas que recién habían recibido su beca, los 14 en una fiesta infantil, otra vez en Ciudad Juárez, los siete en Tepito, los 13 internos en un centro de rehabilitación en Tijuana (estos últimos en venganza por 135 toneladas decomisadas al Cártel del “Chapo” Guzmán; una persona por cada tonelada, juraron); los 3 que jugaban fútbol, otra vez en Juárez. El “muertómetro” no se detiene. Fernanda Tapia no tiene escrúpulos en presentar la cifra actualizada día con día en su programa matutina: “El Almohadazo”. “Hoy son seis”. “Hoy fueron ocho”. El muertómetro sigue subiendo. No para. Tampoco la sorpresa y la conmoción que ha rebasado a muchos que ya lo toman como normal. La cifra de ejecutados ostenta la misma frialdad que el decrecimiento del PIB o las estimaciones de inflación. Un hábito macabro. Un hábito; es lo preocupante.

La presencia de la violencia ha modificado incluso el vocabulario. Del levantado, el desintegrado, la plaza o el encobijado se hablaba bajo otra connotación. Hoy, el significado no remite más que a policías alrededor de un cadáver, que investigarán una muerte que bien ellos saben que jamás lograrán esclarecer; como la de los 55 enterrados en La Concha. La fosa común se ha extendido a todo el territorio nacional. Y los daños colaterales de esta guerra entre gobierno y crimen organizado no son edificaciones ni números: son personas, son historias. Son los damnificados cuyo único pecado fue estar en el lugar y en el momento equivocados, o que erraron el camino so pretexto de lidiar con la pobreza, o que han perdido a sus seres queridos en medio del azaroso y perenne combate y ahora están solos. Son historias que no tienen voz, por que nadie se las ha dado. Calladas a punta de balazos. Que viven la desventura de vivir. Que sueñan con estrechar por una sola vez a sus nietos, sus hijos, sus padres, sus sobrinos, sus amigos; como la madre que pidió a Manuel Alberto Aguirre que dejara ver a su hijo, uno de los 55 de La Concha; lo buscó durante 2 años. Su intuición de madre lo reconoció. Estaba desfigurado. Son las víctimas de una guerra que no eligieron pelear. Que no tienen nada que ver a pesar de que el Gobierno Federal justifique que la gran mayoría de muertos están directamente relacionados con el crimen organizado. No es así. Las historias están ahí; frescas aún. Sangran aún.

This entry was published on November 9, 2011 at 3:19 am. It’s filed under Interés General, Letras and tagged , , , , , , , , , , , , . Bookmark the permalink. Follow any comments here with the RSS feed for this post.

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