El cuaderno del bolsón
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El arte de patear la pelota

Algunos se llenan el empeine de balón. Otros lo acarician. Algunos quisieran reventarlo, partirlo en dos, explotar sus gajos. Otros lo amasan, lo pisan; le tratan con finura y delicadeza. La materia prima del fútbol es la pelota. Sin ella no hay juego. Es el sustento, el fundamento, la esencia. Pero el fútbol va mucho más allá de patear un balón hacia una meta contraria. La estética del fútbol consiste, entre otras tantas cosas, en la forma en la que el cuerpo hace contacto con el balón y en el efecto que este balón adquiere tras el contacto con el cuerpo; ya sea del balón en sí mismo, o de la dirección que éste tome (la intencionalidad de quien lo golpeó), o de qué manera influirá ese contacto en la acción posterior de otro actor en la cancha. De qué forma ese contacto con el balón influirá en la decisión del opononente o del compañero de moverse de un lado o para otro. Cómo el balón dicta el futuro inmediato de quien lo poserá.

Tienes una marca, de frente, arrinconado contra una banda. Si amagas para dentro y cortas hacia la izquierda, y el toqueteo del pie con el balón hacen caso a la intención, la maniobra habrá adquirido, la mayoría de las veces el efecto deseado; el oponente quedará plantado sobre el césped, impávido. Ese efecto devenido de la conjunción entre cuerpo y objeto (jugador y balón), es el fundamento estético del fútbol. Provocar algo. Alguna reacción, si más bien es equívoca (para con los contrarios) qué mejor. Si esa reacción se traduce en empatía con alguien del mismo equipo (entiende el porqué de tu pase y te lo regresa), ese efecto retroactivo también cuenta como reacción estética. Es un discurso sin palabras, validado por la mera intención, por la percepción de movimiento, por el apego a los sentidos. Es el arte de engaño. El fútbol es un interminable diálogo de empatías y reacciones. Un mosaico de afectos y engaños. Nunca la ley de la causa y efecto tuvo tal sentido como en éste juego, en el cual el balón funge como absoluto gobernador de las causas, y los efectos, de todo y todos.

Un penalty es la cúspide del diálogo. Cada penal es una letanía maravillosa del arte del engaño. Siempre hay un vencedor que supo engañar lo suficiente al otro como para vencerle. Amague a la izquierda, el arquero vuelva inutilmente; con la red abierta el balón rueda manso hasta besa la línea de cal y terminar su metamorfosis: de un pedazo redondo de cuero y costuras se convierte en gloria pura, en un objeto tocado por Dios. Por ello nada más emocionante que una tanda de penales. Es el fútbol es estado puro. Y además de las emociones, casi al borde del infarto, que cada impacto emana.

Tirar un penal no sólo implica ver el arco, observar al portero, engañarlo (o intentarlo) y patear. A veces es más complicado. A veces más sencillo. Hay quienes supeditan toda racionalización a la mera improvisación: lo que pase, que pase. Se despojan de prejuicios, se desafanan de obligaciones, de técnicas y de marullerías propias del entorno, de quienes desean que falle o que acierte. No hay más nada de eso. Sólo son él, y la pelota, y lo que pase. El genio aquél que vive fuera del mundo, el que no mide las consecuencias de sus actos, por que sólo se dedica a actuar, a vivir por el gusto de vivir. Y ahí nace la mágia:

El penal de Panenka. Final de la Copa Europea de Naciones de 1974. Alemania y Checoslovaquia había terminado el partido con empate a 2. Fue la primera final de cualquier torneo internacional en definirse en tiros desde el punto de penal, figura del reglamento únicamente utilizada como tiro de castigo en caso de alguna falta dentro del área, recientemente habilitada como última instancia para el desempate. El medio alemán Hoeneß había errado su disparo, el único de las cuatro tandas que habían tirado ambos equipos. Con el marcador favorable a los checos por 4-3, el tiro de Antonin Panenka sería definitivo. De anotarlo, Checoslovaquía sería campeón de Europa por primera vez en su historia; de fallarlo, Alemania aún tendría otro tiro para intentar empatar la serie. Panenka tomó vuelo, casi hasta la media luna; encarreró cuando entró al área, parecía que iba a romper el balón, y tan sólo lo acarició; le hundió el pie al pasto. Un balón suplicante y adormilado se elevó manso y elegante apenas un metro del piso, mientras el arquero alemán ya suplicaba el yerro. La obra de Panenka quedó indeleble, y además valía una Eurocopa.

La osadía de Panenka marcó la estética del fútbol. Si algunos equipos como la Naranja Mecánica o el Brasil de 1970 privilegiaba las formas sobre el fondo, la utopía de la pelota trascendió los límites del tiempo de juego: hasta cobrar un penal debía de ser bello, y si certero, mejor. El arte del engaño se sistematizó, primero como moda, como toda expresión artística, hasta alcanzar la genuinidad, la pureza, el hacerlo por el simple gusto de hacerlo. Para algunos es irresponsabilidad, para otros un alarde de soberbia y confianza. Pero algunos penales desentrañan la esencia del fútbol, tan decadente y diluida en los tiempos legitimados por el ” como sea”; es, justamente, el gusto, el placer, el juego en sí mismo, y todo lo demás, si es un Mundial, una final, un amistoso, una rivalidad, y estos esos que rodea al jugador y su pelota, todo eso no importa más.

El Penal de Totti (Italia vs Holanda, Semifinales Copa Europea de Naciones 2000). Un partido como un bostezo. Staam y De Boer ya habían errado sus impactos. El de Totti simbolizaba, casi, el viaje italiano a Rotterdam para la final vs la Francia de Zidane.

¿Quién es Helder Postiga? (Portugal vs Inglaterra, Cuartos de Final Copa Europea de Naciones 2004). Pareciera que Europa y su copa de naciones son el escenario perfecto para la fantasía. Un tal Helder Postiga, ingresado a 10 minutos antes de que acabase el partido, empujó con la cabeza un centro de Rui Costa para empatar el cotejo a 1. Tiempos extra. Y luego penales. Uno de los partidos más fantásticos de los últimos tiempos tuvo una definición digna del mote; aquel enclenque Postiga colocó la pelota, encarreró, a pasitos, casi arrastrando sus pies sobre el pasto, luego sus botines sólo besaron la pelota, que entró coqueteando con la raya de meta, cuando el portero inglés James ya había concluído su vuelo. Engaño total. Dos tiros después, el arquero portugués Ricardo, demolió toda esperanza inglesa.

¿Qué hizo Pineda? (México vs Argentina; Semifinales Copa Confederaciones 2005). 1-1. Paridad total entre México y Argentina. Incluso, cierto dominio mexicano a ratos. Salcido y Figueroa habían marcado los goles. En la tanda de penales ninguno había errado. Y vino Gonzalo Pineda…

El tiro imposible de Milevsky. (Ucrania vs Suiza, Octavos de final, Copa del Mundo, Alemania 2006) Lo del mediocampista ucraniano es irrepetible. El encuentro rifaba un boleto todo pagado a Hamburgo para enfrentar a la creciente Italia de Lippi. 0-0 tras 120 minutos. Streller y Barnetta ya habían fallado por los suizos, al igual que la estrella urcaniana Schevchenko. Y Milevsky se colocó como para cruzar el disparo hacia alguno de los postes. No se puso de frente al balón, sino de lado; su trayectoría hacia él sería una parábola. No la carrera cadenciosa, con los pies arrastrados y la cadera calma, para que al final el pie detone un impacto feneciente. Nunca el arte del engaño fue tan perfecto.

Un gol como un Mundial, casi. (Italia vs Francia, Final, Copa del Mundo, Alemania 2006). Zidane y su genio. O locura. Corría el minuto 6 de la gran final del Mundial; al tropellón de Materazzi a Malouda le devino el silbatazo del juez Elizondo, quien, sin aspavientos, señaló al manchón de tiza. Tan sereno como siempre, enfurecido, regocijado, deprimido, desalentado, enardecido, inspirado; el semblante de Zidane siempre era el mismo. No cambió, siquiera cuando su joya se estrelló en el travesañó, y casi se desbarata a pedazos mientras botaba milímetros tras la línea de gol. Al final de la velada berlinesa, de nada le serviría la osadía.

“Es un loco”. (Uruguay vs Ghana, Cuartos de final, Copa del Mundo, Sudáfrica 2010). Sebastián Abreu tomó la pelota. Y tiró, como el loco que es. Nunca hubo duda. Abreu padece de sus facultades mentales. Gracias por ello, loco.

This entry was published on December 21, 2011 at 4:38 am. It’s filed under Deportes and tagged , , , , , , , , , , , , , , , , . Bookmark the permalink. Follow any comments here with the RSS feed for this post.

One thought on “El arte de patear la pelota

  1. rogerishere on said:

    Eduardoooooooooooooo, he de reconocer que cumpliste lo prometido y sinceramente me enseñaste algo que no sabia pero a pesar de la gran recopilación de penales insistó, el mejor penal a mi parecer es el de Zidane, aun que tambien el del loco abreu esta muy bueno, gracias por el buen post a ver ahora que dia empiezas a tirar asi huevon hahaha, un saludo eduardo hijo mio…….. valio la pena pagarte la escuela.

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