El cuaderno del bolsón
Barcelona's Messi is challenged by Real Madrid's Kaka  during their Spanish King's Cup quarter-final soccer match in Barcelona

La pegada del Barça se devora a un épico Madrid

El último entronque había sido devastador para los madrileños. Vaya, devastador es lo menos. Le quedaban sólo los despojos del orgullo y la antología; recuerdos calcinados por la vergüenza y percudidos por el presente, indigno y aterrador. La Guerra Civil se trasladó a Barcelona, donde el ejército blanco cayó derrotado en tierras pantanosas y hostiles; tan imposibles como escalofriantes. Cuenta la leyenda que nadie salvo un puñado de forajidos de atavíos neroazurros, albinos aquella noche, ha vivido para contar el asalto al terruño catalán. Que las leyendas tanto se quiebran como nacen; que la humillación es un verbo recurrente, que allí se juega al fútbol como en ningún lugar, y como nunca antes. Mitos y mitos.

Ocurrió que el Madrid no fue gobernado. Revitalizado por su ínfula de grandeza, se plantó en Catalunya bravucón e inspirado. Tras sortear recios huracanes como los de la semana pasada, la respuesta fue una bocanada de alivio. En Barcelona, el merengue claudicó como el gigante que es ante otro que jamás había dejado de serlo, ni siquiera cuando se lo llevaban por delante. Ocurrió que la metamorfosis narrativa parece haber llegado al culmen: que el Madrid nunca fue más parecido que a la más lúcida versión del mejor Barcelona, y que el Barcelona fue tan desteñido como el Madrid más vulgar.

El Madrid saltó al campo con las granadas accionadas y adheridas a la piel. Mourinho dispuso de un trabuco de poetas en sustitución de los operarios para recuperar lo perdido: Özil y Kaká como puntales revoltosos, y Xabi Alonso anclado como único pivote. Dispuesto al trompazo y a la épica. El indulto a Pepé no cayó en gracia de la hinchada, sobre-excitada, que tildaba de “asesino” al defensa con aptitudes de camorrista. Absuelto quedó el portugués de todo castigo tras pisar la mano de Messi; la grada se encargó de hacerle sentir un infierno, no desaprovechó ni la jugada más intrascendente. Demasiada cabreada la tribuna para un equipo tan inanimado y equívoco desde el primer segundo. Optó por la paz y transitar lejos del frenesí que terminó por ser excesivamente fofo y vulnerable; una rareza absoluta en la narrativa blaugrana, que comúnmente elige arrasar como un huracán devastador. La displicencia casi la paga, y muy caro. El Barcelona, aún alineando a los mismos jugadores que se pasearon por Chamartín, fue desbordado por un Madrid tan corajudo y colérico como racional y luminoso.

Al merengue le sobró fútbol pero le faltó puntería. Higuaín fue la muestra del síntoma cuando a los 15 segundos abrió todo su botín derecho para conectar; su malogrado impacto se perdió por la línea de fondo. El argentino madrugó al adormilado Piqué, quien no caía en cuenta que el partido ya había comenzado; sólo le quedó la plegaria para que el impacto se fuese ancho, o que el pastoso Pinto pudiera reaccionar a tiempo. El medio campo lo dominaban los blancos. A placer. Recuperaban, profundizaban, metían y ordenaban, ayudados por la atípica desprolijidad del juego catalán, que no se cansaba de errar pases rutinarios y gambetas infantiles. Tan sólo una ocasión desprendida de los pies de Messi, pero su rosca quedó lejos de hacer daño.

El empuje del Madrid rindió lo suficiente para situar al partido en el suspenso y alejarlo del trámite. Achuchó el Madrid, sin fortuna. Higuaín se volvió a topar de frente con el gol, tras un lanzamiento magistral de Xabi Alonso, pero Pinto le salió al choque con los brazos por delante; la pelota se elevó por encima del travesaño. Dos bochazos en dos minutos. A esas alturas el Madrid ya merecía mejor suerte. Y la siguió mereciendo durante los minutos posteriores. Otro intento, ahora de Ronaldo, correctamente contenido por Pinto. Era demasiado. Un cortocircuito en el sistema blaugrana permitía al Madrid disponer de todos los elementos que carece cuando se enfrenta a su némesis: precisión, posesión y presión. Xavi gambeteaba a su sombra e Iniesta asistía a fantasmas. Messi era, hasta ese entonces, un mito. Los cables desconectados tenía el Barça, sometido al desparpajo del rival.

Mediaba el primer tiempo y el régimen madridista no había terminado de cuajar mientras la máquina culé no daba muestras de carburar. Un obús imperial de Özil, teledirigido al ángulo más lejano de Pinto, estremeció la madera y sacudió los cimientos del Camp Nou. El soliloquio blanco empalagaba, conmovía. Poco antes, una contra eléctrica liderada por Kaká y culminada por Cristiano Ronaldo, feneció en los pies de Pinto, exigido a raudales. El fútbol le borboteaba de los pies al Madrid, sólo restaba la puntilla final. En tanto, el juego del Barcelona era espeso e inexacto; entregado a las plegarías que enviaban a la galopadas estériles de Sánchez, abandonado a su suerte. Pelotazo y a lo que fuere; antítesis de su fútbol de abolengo. Pero nunca más el lugar común tuvo tanta razón: el que perdona, pierde. Quien sabe si habría alguna otra chance más para los blancos.

De poco en poco, el Barcelona recuperó sus esencias, partiendo de recuperar su tesoro más preciado: la pelota. El Madrid le discutió el cuero con hombría, pero a cada minuto que transcurría apelaba más al arrojo antes que al buen juicio. Desde la caseta, a Guardiola se le había diluído el pánico de su rostro, fortaleció los laterales, retrasó a Xavi para que colaborara con Busquets en la recuperación y la transición, y Messi se liberó del yugo opresor de Pepe y Ramos. El blaugrana inclinó el campo en su favor. Una corretiza de Messi arrastró todas las marcas, para cubrirle llegaron cuatro, alguno de los cuales se olvidó de marcar a Pedro que picaba silencioso por una pradera inhóspita. El canario, quien había sustituido al cristalino mago manchego (Iniesta), recogió el obsequio, se llenó de tiza el zapato y embocó en la buchaca descubierta. Casillas como un marfil. Excesivo castigo para el valeroso Madrid que tardó segundos en sacudirse el espanto, demasiado tarde cuando Dani Alves detonó un misil nuclear que venció el vuelo inútil de Casillas y las leyes de la física. Brutal. En medio de la vorágine, Lass arrolló a Messi con todos los ingredientes dignos del exilio. El juez Texeira se engulló el cartón rojo. Ya varios habían huido de la pesquisa.

La presión del Madrid había asfixiado al Barcelona, que jugó incómodo y sin inspiración. Parecía resuelto. Al comenzar el segundo acto el Barcelona dio rienda suelta a su fútbol oceánico. El guión de las últimas entregas se había reestablecido. El Barcelona más vulgar se duchó con un baño en su toque; el Madrid más diáfano y radiante se percudió con los excesos que suelen brotarle cada cuanto. Uno tocaba, el otro pegaba. Uno atacaba y el otro defendía, como podía. Lo mismo. Intensidad confundida con violencia. El devenir era cruel para un Madrid que parecía tirar por la borda su primer tiempo de caravanas. No hasta que Sergio Ramos cabeceó un gol cercenado de la estadística por la orden de Texeira. Su batalla con Alves, a quien jaló de la camisa y luego empujó al piso, bastó para invalidar un tanto simbólico; anulado o no, el Madrid había anotado el gol que merecía. Tan simbólico como motivante. El Real Madrid volvió a convertirse en un monstruo, que tiró del orgullo para labrar la hazaña.

Liderado por un pletórico y orquestal Özil, al Madrid le pudo el arrojo, sino el fútbol. Ronaldo recibió un pase entre líneas con Özil como remitente, amagó a Pinto sin tocar la pelota y venció la embestida final de Puyol quien pretendía evitar el gol por detrás de la línea. El Madrid se volvió un torbellino. Una ráfaga de furia permitió a Benzema quitarse de encima a Puyol pasándole la pelota por arriba de la cabeza, y luego vencerle la carga para romper el arco de Pinto con una bolea ajustada. Dos goles como dos corazones. Ya bastaba para resarcir el orgullo perdido; faltaba para cumplir la misión. Tras el esfuerzo titánico, el milagro estaba a un soplo. Luego, el Barcelona demolió el milagro. Messi casi emboca un tiro libre que guiñó con el travesaño. Otro intento del rosarino arqueó su trayectoria lo suficiente como para sortear el brazo estirado de Casillas y perderse entre los anuncios y la madera izquierda. En una última arremetida, Ramos prodigó su pierna extendida, casi desgarrada, antes del remate final del hiperactivo Thiago. El Madrid se volvió un equipo de fútbol hipertenso y dionisiaco. Todo o nada. Benzema se impulsó en el aire y su impacto parietal mordisqueo la línea de meta, varios metros alejado de la meta de Pinto. El voltaje del partido sólo se diluyó cuando el tiempo expiró. Un juego inolvidable.

Texeira lo pitó cuando el Madrid se aprestaba a quemar las naves, una última oración. El de ayer fue un clásico en todas sus letras, con mayúsculas y subrayado. Todo fue camaradería y buenos deseos. Congratulaciones y admiraciones mutuas. Algunos amagaban con increpar al blando Texeira, que fue todo un tango durante el partido, pero Casillas fungía como escudo y repelía las rezongas. La voz de la razón. Al Barcelona le queda la sensación de que el triplete sigue en pie y de que le basta con interpretar su versión más pedestre para vencer; de que tiene pegada suficiente para acicalar su repentina falta de inspiración. Al Madrid nadie podrá refunfuñarle lo timorato e inexpresivo, o haber traicionado los pergaminos. Lo valiente le quedó y para algunos es más que suficiente. Mourinho desactivó la bomba mediática que predecía su pronta salida del club; acalló todo rumor y demolió el sospechosismo. Al Madrid le bastó para honrar su linaje. Y eso no es menos.

This entry was published on January 27, 2012 at 10:21 pm. It’s filed under Deportes and tagged , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , . Bookmark the permalink. Follow any comments here with the RSS feed for this post.

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