El cuaderno del bolsón
Guinea Ecuatorial

La dictadura y los goles

La mañana del 3 de agosto de 1979, el Teniente Coronel Teodoro Obiang se levantó en armas contra su tío, Francisco Macías Nguema. El pelotón emergió de las paredes sanguinolentas de la prisión de Black Beach, y avanzó sin resistencia hacia la ciudad de Bata. El golpe de Estado devastó a la paupérrima Guinea Ecuatorial, asolada por el “Régimen de Terror” instalado por Macías desde los tiempos en que el incipiente país logró, en los tribunales, torcer el brazo de la España franquista para conseguir la independencia.

Los tanques demolieron el tóxico legado de Macías. Tres semanas después de la insurrección: retratos calcinados, edificios arrasados, un pueblo ensangrentado, y la mirada perdida de Macías mientras su sobrino golpista le señalaba con el dedo el camino a su muerte. Los cargos: genocidio, deportaciones masivas y una colección aberrante de crímenes de lesa humanidad.

En “La Perla de África” de Macías nadie moría, “se suicidaban”, sobre todo los miembros de la oposición, tildados de terroristas. Macías, o como gustaba que le llamaran, el “Único Milagro de Guinea Ecuatorial”, título que reservaba para las cenas de gala en detrimento del no menos rimbombante: “Maestro de las Ciencias, las Artes y las Letras de Guinea”, nunca escatimó en mostrar su admiración por Adolf Hitler. Incluso modeló su propio partido, el PUNT (Partido Único Nacional de los Trabajadores), a imagen y semejanza del nacionalsocialismo. Hizo de la paranoia política de Estado. Prohibió la pesca, con el único pretexto de evitar la huida de los disidentes a través del mar; bautizó islas con su nombre; condenó todo culto religioso, en especial el católico, al cual consideró el más perverso legado de la época colonial; y criminalizó a quien pronunciara o escribiera la palabra “intelectual”; peor le iba a quien fuera uno. Consumado el golpe, los crímenes de Macías serían los de Obiang.

Las políticas de tío y sobrino han obligado al exilio a más de un tercio de ecuatoguineanos, la mayoría de ellos al vecino Gabón y España. Además, el escritor español, Fernando Gamboa, asegura que más del 10% de la población del país ha sido asesinada por las fuerzas del Estado. Severo Moto, el presidente del Gobierno en Exilio de Guinea Ecuatorial no es menos severo en su análisis de la situación: “Obiang ha estado matando siempre”.

Guinea Ecuatorial es el país de las paradojas. La riqueza de su territorio es inversamente opuesta a la realidad de su pueblo. Su reserva petrolera es la segunda mayor del África subsahariana, sólo superada por Nigeria. El clima tropical permite la cosecha a raudales de café, cacao, fruta, y caña de azúcar, aunado a sus vastos bosques y selvas, de donde se extraen varios miles de toneladas de madera. Y si bien el país es una despampanante máquina exportadora, su Índice de Desarrollo Humano es de 0.537, un estándar medio; más del 60% de la población vive en condiciones de pobreza extrema. No obstante, hay voces que defienden al régimen; que la realidad que filtran los medios, sobre todo españoles, nada tiene que ver con la “verdadera” imagen del país. Que el discurso de Moto y los “apártidas” que habitan en España, es falso y dañino; y que éstos se han encargado de difundir información falsa sobre Guinea Ecuatorial.

Es viernes y Obiang está sentado en su palco en el Nuevo Estadio de Malabo. La mirada fija. Los brazos puestos firmes sobre las recargaderas de su silla maquillada como trono del más poderoso rey habido. Es el partido inaugural de la Copa Africana de Naciones. La renovada Libia, librada del verde gaddafista, contra la embrionaria Guinea Ecuatorial, de rojo ardiente. El gol de Balboa, en el epílogo del cotejo, desató la fiesta en un país acostumbrado al duelo. La Nzalang Nacional, como se le conoce a la selección, había ganado su primer partido de por vida en cualquier competencia internacional. 151 es su puesto en el ránking de la FIFA y su mayor logro lo había conseguido el combinado femenino, al asistir al Mundial de Alemania, en 2011; el resultado fue el lugar 24, de 24. El exilio masivo, impulsado por la represión de la familia Nguema-Obiang, ha sembrado millares de familias ecuatoguineanas en España, cuyos retoños crecen influidos por la dialéctica Barcelona-Madrid e imitando al fútbol de toque, con una pizca del auténtico desparpajo africano. No obstante, tan españoles son como ecuatoguineanos, han regresado a la tierra de la que sus abuelos y/o padres escaparon para defenderla. Bolado, Bodipo, Balboa, Benjamín e Ivan Zaraona; ninguno vive en el país para el que juegan. Un país donde la más grande preocupación es sobrevivir; vivir para jugar fútbol es casi un milagro.

En la Guinea de las paradojas, el fútbol también tiene cabida. Si bien la gran mayoría de sus jugadores (10 del once titular) nacieron fuera de sus fronteras y descienden de la sangra ecuatoguineana esparcida por el mundo, algunos pocos representan al país gracias a la nacionalización. Danilo, Ronan y Andrés Neles, nacidos en Brasil, juegan para el “rayo nacional”. Esto no cae en mucha gracia a la opinión pública del país, que opta con mayor beneplácito en acoger a quienes nacieron, crecieron y se curtieron en España. La precaria situación de Guinea Ecuatorial, que ha obligado a la migración de casi 100,000 personas, ha redituado en la solidificación de la selección de fútbol; a raíz de la incorporación de profesionales experimentados como Bodipo y Balboa, la Nzlang Nacional compite con dignidad no acostumbrada; con algo de fútbol.

Obiang despotrica todo su poder con su simple presencia en el estadio. Las cámaras le toman a cada rato, antes de cada tiro de esquina o de meta, o si el partido se pierde en la intransigencia. Sonríe, apenas. Su esposa no deja de hacerlo, apenas. La guardia presidencial, incólume, no quita los dedos de los gatillos. Una marea roja celebra un gol. Obiang lo aplaude como si fuera suyo.

El panorama de la Argentina de Videla en 1978 se repite casi idéntico en la Guinea Ecuatorial del Siglo XXI. La televisión transmite una Copa pero ignora qué pasa fuera de los estadios, o qué ocurrirá cuando la Copa termine, o si el Nzlang Nacional fracasa en su intento de llegar a la final. En la Guinea de las paradojas todo sucede; que incluso mientras llora como desde hace 40 años tiene una razón para sonreír cuando Balboa y Bodipo se combinan para lograr un gol. El sueño de que no sólo jugando el fútbol se puede ser libre.

This entry was published on February 22, 2012 at 4:43 am. It’s filed under Deportes and tagged , , , , , , , , , , , , , , . Bookmark the permalink. Follow any comments here with the RSS feed for this post.

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