El cuaderno del bolsón
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A España e Italia las rescata la (el) Euro

“Después de haberse resuelto esta situación (…)”. Mariano Rajoy habla como si el mundo hubiera sido salvado de una catástrofe, por él, y sólo él. De La Moncloa voló a Gdansk; gritó el gol de Fábregas como si de ello dependiera que la UE abriera el grifo que mitigará, de mientras, la sed que acongoja a los deshidratados y escarpados bancos españoles. ‘La Roja’ de Del Bosque no fue más que el mutismo de Rajoy. Ensimismada por sí misma. Aliviada por la bienaventuranza de un instante ínfimo que pareciera sanar épocas enteras de malaria. Una pastilla para paliar los síntomas.

La buena Italia de Prandelli se presentó sin complejos. Rescatada de sí misma por un mariscal jactancioso de apellido Pirlo (que no Monti, ni mucho menos el impresentable y bufonesco esperpento-playboy de infantas marroquíes, Berlusconi); enajenada del escándalo de amaño de partidos que ha embarrado a directivos, futbolistas y mafiosos por igual; se niega rápidamente, y olvida sus infortunios, no obstante qué tan cercanas sean, como haber perdido tres partidos en la previa de la cita. Desesperanzada. Esperanzadora. Mario Monti, quien había sugerido ‘parar el calcio 2 años, o 3, para salvarlo, se ausentó del partido. (¿Boicot a Yanukovych?). Preferiría emendar el desastre hererado por Berlusconi desde Roma, y no desde Gdnask; y que en el fútbol, rescaten su dignidad solos. Rajoy, en cambio, había firmado con Bruselas en las vísperas una suerte de salvación a España, en espera de que en Polonia ‘La Roja’ fuera capaz de salvarle el pellejo, apelando al poderoso somnífero que es el fútbol. Monti y Rajoy, encomendados a que la Virgen Negra de Częstochowa les haga el milagrito.Polonia también es tierra de rescates. De resurrecciones.

Un gladiador imperial, tres tenores y una soprano.

Daniele De Rossi es omnipresente. Iniesta, Silva, Fábregas, Busquets, Alba. Todos lo sufren. El fútbol anémico de España fenecía en los pies del gladiador romano, bestial en la tarde polaca. De Rossi se juega la vida cada que juega. Endilga con sus zapatillas de hierro, sus espinilleras de cobre y su armazón metálico que esconde bajo la impoluta ‘azzura’. Dispuesto a luchar con manadas de linces ibéricos, llenarse de arena las heridas, rasgarse las rodillas, danzar sobre su sangre; siempre sea por el pulgar erguido del Emperador, levantado hacia Júpiter. Ninguna lanza le atraviesa el corazón. Ningún balón le pasa de largo. Una muralla. Es uno, pero parecen seis.

España se atolondró cuando los circuitos le fueron cortados. Fue en los albores del cotejo cuando Italia gobernó con puño de hierro el césped de Gdansk. Golpeaba Marchisio tanto como atizaba el errante Balotelli, cabreado con el mundo y regateador de su sombra. Es Fábregas un síntoma de la anemia, y maquillado de ‘falso todo’, España resbalaba embriagado por un tinto de la Toscana, justo cuando intentaba, baldíamente, un desplante de flamenco, sin antes haber cuajado una escobilla prolija. Campante se mostraba la Italia revitalizada por los augurios de la tarde polaca. Que no importa cuán fallón se muestre, la historia ha enseñado que Italia superará el primer corte, tan ninguneada como peligrosa. Perpetua Cenicienta. Italia suele flirtear con la épica. Gústele o no. Es mera genética.

En Lombardía, el fútbol coral es mejor declamado en voz de Pavarotti Pirlo. El único, hasta ese entonces. En la opereta españoleta, Xavi e Iniesta son como Carreras y Plácido, roncos y su vibrato inacabable, las notas largas, el pulmón hinchado, pero sin el brillo enamorador del otro. Fue Pirlo quien ensayó el primer aria de la tarde, a distancia, tras un amago de Balotelli que descuartizó el muro que Casillas había construido para defender su meta. Iniesta regateaba fantasmas, y murallas imperiales indestructibles. España era irreconocible. Incapaz de encontrarse. Se desconocía. Más dúctil era ‘La Azzura’, vivaz y verbenera; extrañamente incendiaria. El ‘do de pecho’ de Pavarotti retumbaba más que el inteligible alarido vibrante de Caballé, y la voz, por ahora marchita de Plácido. Sólo Carreras (Iniesta) daba la nota, pero a su orquesta se le fruncían los dedos sobre el violín, a Mehta se le rompía a pedazos la batuta, y a sus voces de reparto las truncaba severas apoplejías en la garganta. La pelota marchaba manchada de un lado a otro, ofuscada, opaca, sin brío. Lloriqueante. Reticente a dejarse seducir por su rojizo amante, una vez más. Ni aún cuando el intento de Iniesta se marchó por el techo del meta Buffon, y el brazo endilgado de Casillas prohibió al testarazo de Thiago Motta entrar a la historia. No, el Tango 12 se cotizaba. Merecía algo más.

‘Stacatto’ y ‘Olé’.

Antonio Di Natale pescó un acorde de Pirlo y acarició la pelota con el arco de su violín. Pirlo ya tiene acompañante, Caruso también toca el violín. Tumbado sobre el herbaje, al vencido Casillas no le quedó de otra más que escuchar la enternecedora melodía sonante de Paganini que Di Natale interpretaba, nota por nota, sin errar ninguna pisada. Un puntapié como un ‘stacatto’. Toquecito, y dentro. No hacía falta más. Ni reventar el cuero ni una nota chillante y estruendosa. La estética de la fútil cadencia.

Se envalentonó España cuando la bofetada le hirió el orgullo. En Viena, hacía cuatro años, el examen había sido similar. Y en Durban, hace dos, tan tirante como ayer, turbado por el represivo ejercicio ultra-defensivo de la Suiza ‘hitzfeliana’. Y cierto que Italia no fue la tradicional agazapada, mortífera e indulgente. Pero los fantasmas de Durban aún encorsetaban los pies de quienes suelen interpretar el flamenco como nadie antes. Y fue entonces cuando Balotelli se paseó por la campiña toscana con tinto y miel en mano, tras arrancarle el balón a Ramos, aturdido todo el cotejo por el incombustible Maggio, que no paraba de ir y venir. El lateral del Madrid reculó a tiempo antes de que la Puerta de Alcalá, incendiada, cediera al asedio ostrogodo. Salvado el pescuezo, España se abalanzó contra la Italia ya rácana, que había centellado su ausencia en detrimento de mutar sus esencias. Ya era el usual ‘cantenaccio’, icognoscible y reconocible. Italia ya era Italia. La quirúrgica caricia de Silva, tras un preludio de ‘olés’ como amagos de muleta y una pelota retozona que corría despampanante por todo Gdansk, citó a Fábregas de cara a Buffon. A medio camino se quedó el meta, madrugado por el impacto ramplón pero colocado de Cesc, autor del penal decisivo en aquella noche vienesa a orillas del Danubio en la que España se exorcizó sus espectros macabros, y aún no atisbaba la crisis verdadera.

El resto fue una secuencia de desgracias que culminaban sermones prolongados de fútbol dialéctico, bien jugado, cada uno su estilo. Del Bosque inyectó vértigo a los carriles, Navas se trajo de postín a Giaccherini, pero el esfuerzo se escurría, o tras a línea de meta, en los brazos de Buffon. En el epílogo, Xavi colocó a Torres de cara Buffon. Nada mendrugo, el imperecedero guardián del imperio correteó la pelota, y espantó al ‘Niño’, temeroso cada que intervino, huyente del hermetismo itálico que le aturdía. Ni el proyectil de Xabi Alonso, apagado por la vista de Buffon, no obstante marchose a una peseta del palo, fue suficiente para derrumbar la muralla de Prandelli.

Terminó por ser un voluntarioso ejercicio de buen fútbol del que ambos se marcharon aliviados por su suerte. Partido grande entre dos grandes. Italia recobró sus buenas sensaciones y España supo curar su migraña a tiempo. Sobre el reloj expirante. Al final de la velada, y entre gladiadores, caminatas toscanas, violines enternecedores y muletazos interminables, Monti y Rajoy tienen un poco, sólo un poco menos de qué preocuparse. Porque la (el) Euro, de momento, les ha rescatado.

This entry was published on June 11, 2012 at 9:38 pm. It’s filed under Crónicas fútbol, Deportes and tagged , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , . Bookmark the permalink. Follow any comments here with the RSS feed for this post.

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