El cuaderno del bolsón
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Euros, réquiems, y fatalismos. Tres breves relatos (posmodernos) europeos

El Euro y el dracma

Grecia es un país construido por mitos. Se le narra y se le entiende a través del mito. Aquél recalcitrante de su conducta desfachatada es el ápice predilecto de la UE. ‘Europeistas’ que no cesan de echar humos: “vagos, fiesteros; han vivido siempre en la utopía, más allá de sus posibilidades”. Y otros, como el mito de Charisteas y su cabeza de hierro. El de su fútbol histriónico, capaz de transfigurar en épica tragedias; su juego es trágico pero tan heroico que deviene en épico. Empero, su economía no reproduce sus furibundos giros narrativos, siempre es una tragedia. El mito del ‘Rey Otto’, nuevo inquilino vitalicio del Olimpo, a punta de soportar el hipnótico canto de las sirenas, y de tomar al sátiro por los cuernos; o de cuando osó por narrar que él había raptado a Perséfone, y no Hades, y habían quienes le creían; al igual que cuando auguró que algún día en Lisboa, Grecia no sólo levitaría sus copas rebosantes de tinto mediterráneo y aceite de oliva. El mito de Cronos, que juega al fútbol enfundado de blanco y azul. Y el de Karagounis, y su zurdazo eléctrico impulsado por Zeus. El del juguetón Eros que torcía los impactos de Dzagoev, cuando nada los detenía de reposar en las redes. Y Cronos, que seguía jugando. La épica; Odiseo cada vez está más cerca de Ítaca. Un partido escrito por Homero. Sí, Grecia es un mito.

Cuando despertamos, Grecia ya estaba en cuartos de final. Salvada por la (que no “el”) Euro. Y frente a ella, el mismo tozudo titán germánico de sus más horrendas pesadillas, al que algunos reverencian: “Colectivo Low”, y otros empeñados en nombrarle, con un dejo de pavor tácito: “Merkel”. En las vísperas, el sufragio griego proclamó a Samaras (que no Giorgios), para guiar al destacamento helénico a la pugna contra la Germania, y quedarse en Europa. Euro contra Euro. Las líneas de apuestas ya están abiertas: cincuenta ‘dracmas’ a que Grecia se despide de alguno, o de ambos.


Marcha fúnebre

Como mandaba su testamento, al cuerpo inerte de Chopin lo despedía la música del alma que había huido de él. Chopin vive, cuando está muerto, porque es su alma al piano. Era escoltado por mil parisinos sollozantes, cuyos chillidos casi se escuchaban como un nocturno lóbrego, desentonado. La lluvia sobre Père Lachaise. Una marcha fúnebre secundaba su ataúd; cada desgarrador compás menor como una lágrima mezclada con el aguacero. En Breslavia, un féretro, adornado por el águila blanca (Orzeł Biały) bordada en una manta roja, es cargado en hombros por miles de polacos, a la salida del Estadio Municipal. Desasosiego. La lluvia. Otra marcha fúnebre, sobrecogedora, acompaña al difunto, partido en once, y el corazón hecho añicos. Chopin es la banda sonora en la Breslavia lloriqueante.

No muy lejos de los barrotes que aprisionan a Yulia Tymoshenko, Holanda se vestía de negro para su propio funeral. Su fútbol está de luto, total. Cuán lustroso es morir cuando sabes cuándo será el momento, porque así pareciera que Holanda lo planeó. Las campanas de la Catedral de la Dormición de Kharkiv repiquetean a Chopin y su Sonata Op. 5, íntegra, tal cual en Breslavia. Réquiem para Holanda (lástima, tan joven, aún). Descance en paz.


Kieslowski en Gdansk

España flirteó con sus fantasmas pretéritos. Sus fobias relucieron, cuando el diván redondo de cuero las había apaciguado. El amasijo al balón era como espejismo, una creación del subconsciente para mitigar los traumas más angustiantes. Un velo de seda negra que cubría lo más horripilante de su ‘psique’. A España le fascinaba antaño juguetear con su pulsión de muerte, a sabiendas de que la psicosis podría llevarle a clavarse un cuchillo en el vientre; como casi siempre pasó. Arconada y sus brazos como los arcos del Parque los Príncipes. Raúl, y una pelota que se hace pedazos en las nubes parduscas de Brujas, después de que sobrevolaron la Grote Markt e inmoló el Campanario. Hierro, y su plegaría plañidera en La Catedral. España retozó con su prestigio en una noche de guión de suspense en Gdansk.

Cuando Modric hendío su pie, de su empeine la pelota iba a un lado, curveaba al otro, y Rakitic se lanzaba el piso para martillearla con la cabeza, España contuvo el aliento, y se tomaba del cogote, por si las dudas. Las manos de Casillas contuvieron la debacle. Manos de santo (San Iker, ya le construyen una iglesia en Wadowice y en Madrid), tan milagrosas como un lienzo de Virgen de Częstochowa. La bajeza casi fustiga a España, quien pareciera regodearse en la nostalgia de su fatalismo crónico. En el ‘querer volver a ser’ lo que era antes. España se sabe perversa y goza sus perversiones. Suculenta narrativa. Sólo faltó el lente de Kieslowski.

This entry was published on June 21, 2012 at 5:58 pm. It’s filed under Crónicas fútbol, Deportes and tagged , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , . Bookmark the permalink. Follow any comments here with the RSS feed for this post.

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