El cuaderno del bolsón
torre

#LastTrainToLondon. Un cuento de dos ciudades olímpicas…

A mighty mass of brick, and smoke, and shipping, / Dirty and dusty, but as wide as eye / Could reach, with here and there a sail just skipping / In sight, then lost amidst the forestry / Of masts; a wilderness of steeples peeping / On tiptoe through their sea-coal canopy; / A huge, dun cupola, like a foolscap crown / On a fool’s head – and there is London Town.

-Lord Byron

Londres incendidada. Londres bombardeada. Londres plañidera. Londres inmolada. Londres deseada. Londres sitiada. Londres espantada. Londres hirivente. Londres lacrimógena; perpetua grisácea. Londres ventosa y vetusta. Londres silenciosa; bulliciosa. Londres cosmopólita; multiculutural. Londres luminosa. Londres medieval; Londres real, cortesana, burguesa, plebeya, pestilente. Londres subterránea. Londres pasional. Londres alborotada. Londres revolucionaria. Londres de mohicanos azules. Londres anárquica. Londres subersiva. Londres inmemorial. Londres futurista. Londres de perlas. Londres de carruajes. Londres de parques. Londres de cebada, mariscos entuberculados y salsas tártaras. ‘Londres llamando’. Londres refinada, petimetre. Londres de ladrillos y hierro. De puentes trémulos. De ojos como ruedas de fortuna. De catedrales indestructibles. De abadías imperiales, un reloj que timbra exacta la hora, una fortaleza real a orillas del río. Londres pasional. Londres, de cinco anillos y una celestial flama errante. Londres; olímpica Londres. Tengo el cuaderno bajo brazo; el último tren a Londres ha llegado a su destino.

Esa Londres de los cuentos, los mitos, los libros. Esa Londres está coloreada de Juegos. Desde Heathrow hasta las entrañas más frondosas de Hyde Park. Es el furor de una ciudad que se sabe olímpica, que se siente observada, importante, trascendente. Sabedora de que su legado, sea bueno o malo permeará los tiempos. Al mal tiempo buena cara. (Sería excelente pudieramos evitar la sonrisa de dientes pa’ fuera, por aquello de la no muy distinguida alineación dental británica). En Londres las sonrisas bastan. Pululan. Tal cual las Banderas de la Unión, comúnmente exiguas, condenadas al exilio apolotranado en los edificios públicos y a decorar los calzones de uno que otro turista extranjero. Miles desbordan por los balcones de los apartamentos. Y otras se desbordan del cuello y caen sobre las espaldas de sus orgullosos portadores. Unas como capas, otras como alas. Cuando llueve (asiduamente), sirven de paraguas. Londres es la misma de siempre, pero no. Ha sido asalatada por una incomensurable ola de patriotismo inexorable, vociferante. A Londres ya no llama el inframundo, ni amaga con ahogar a quienes viven junto al río. La Londres que se burlaba de sí misma no existe más. Es la Londres que gimotea de orgullo. La Tatcher, si estuviera en sus cabales, no cabría de felicidad.

Un viaje por la línea roja del ‘Underground’. Las mejillas de una pequeñuela de ojos azules y primerizos pasos vacilantes están pintadas con la bandera del Reino Unido. En su mano derecha hondea una réplica tamaño ‘petit’ de la misma insignia. Su madre la toma de la mano. Trae puesta una camisa azul, con un estampado de un león en el pecho, los aros olímpicos debajo de él, y las palabras ‘Team GB’ cierran el diseño. Sentada de frente a su novio, que se libra del trajín de los vagones galopantes al aferrarse a un tubo amarillo, una linda rubia de ojos turquesa intensamente delineados de negro se aprieta el nudo de la bandera amarrada a su cuello. Sus labios son azules cuando despegan de sus mejillas, se tintan de blanco cuando pasan frente a los caninos, y un último trazo rojo al centro. La Bandera de la Unión también ondea en sus pómulos. El tren ha arrivado a la estación Nottin Hill Gate. Banderas salen, banderas entran. Casi todas británicas. Y eso que cerca del 85% de los londinenses no mostraban interés alguno en los Juegos, ni en el vanaglorioso ‘Team GB’, del que se auguraban falsas esperanzas. El ánimo ha cambiado. La pesadumbre se convirtió súbitamente en una vorágine insólita de patriotismo ufano, vibrante. Todo, quizá arrastrado por la épica que han narrado a trotes, zancadas y galopes la envalentonada delegación británica, enamorada de sí misma, como todo el país. Una muestra más del curioso doble-moralino narcisismo británico.

“Es el mejor de los tiempos. Es el peor de los tiempos”. Hay Juegos. No los hay. Los ríos de gente no se desbordan. Por Hyde Park se camina sin recoger los hombros ni esconder las carteras en los calzones. Siempre y cuando no topemos con el BTL Fest, un gigantesco ‘venue’ remendo de festival musical californiano, de piso de corcho y madera masticada, donde cientos de miles de personas acuden a ‘disfrutar del ambiente olímpico’. La fila para entrar tarda 30 minutos, y hay que pasar un filtro de seguridad tan riguroso como en un aeropuerto estadounidense. Por los aledaños del Fest, el cual ocupa la parte central del parque real, todo se parece a un día normal. A los tiempos sin Juegos. Pasan los que hacen el trote vespertino para mantener el cuerpo tonificado, las güeras celestiales que se acuestan en el pasto a leer, los abuelos que toman el helado sentados en la banca mientras cuidan que el nieto no destroce su carreola. En los Kenigston Gardens no hay Juegos, pero están en la ciudad olímpica. El Palacio de Kenigston está abierto al público, pero es menos concurrido que un partido de badminton olímpico. El ‘Sochi Fest’, organziado por el Comité Olímpico de Rusia, en conmemoración de los futuros Juegos de Invierno en Sochi, dentro de dos años, exhibe un concierto de rock en su escenario central frente a una audiencia de 30 personas. Rusas, todas. Ambivalencia. Al furor de las banderas omnipresentes le subyace la apacibilidad de las calles por donde los Juegos viven sólo en los carteles colgados en los postes de luz, en los aros pintados en el pavimento que delinean el ‘Olympic Lane’, en los taxis vacíos y los restaurantes donde comen las moscas, que proliferan en Bayswater Road, y más allá. Presagio. Dickens hablaba de la Londres de 2012.

Hay dos ciudades distintas dentro de Londres. La juerguista y la nostálgica. La del mundo; la que el mundo no ve. La de los brazos abiertos, la de las calles taciturnas. La de las multitudes vociferantes, la del silencio sepulcral. La de la pinta llena, y el pub en penumbras. ‘¿Olímpicos? Bah, acá todo está igual que antes, sino es que peor. No ha sido no lo que nos prometió el gobierno (muchos clientes). Es como si no hubieran Juegos’, espeta el dueño de un estiloso restaurante en un reportaje de la BBC.  Lo mismo dice el barman español que me atiende en el King Edward Pub: ‘tenemos la misma clientela de siempre, algunos días menos que de costumbre. Y los que vienen son los mismos de siempre, quienes viven por aquí cerca’. La ciudad olímpica está partida en dos. La que vive de y para los Juegos, y la que los ve por televisión, como si fueran a miles de kilómetros, y no a la vuelta de la esquina.

Por Prince’s Square no camina un alma. Su pequeño parque es un bosquecillo desolado. El golpeteo de las hojas de los árboles acariciadas por el viento tiene eco. Sólo dos mesitas de la terraza del King Edward Pub están ocupadas. El taxista no sabe llegar al Hotel Pembridge, a pesar de que está frente a sus ojos. Es una vieja casa de algún rico que ya no lo es, (o ya no vive, o la donó, o la vendió). El bar es el mismo de cuando fue casa, colinda con la sala, y la recepción. Hay una terraza, decorada con arbustos silvestres y flores, con tres mesitas con sombrilla cada una. Una computadora con Internet, que puede usarse a cambio de una libra, por un lapso de 15 minutos. Cuando el tiempo ha terminado, la sesión se cierra automáticamente, y todo se borra, como si nunca hubiera sido usada. El recepcionista, corrosivo, dice que sí a todo, pero no hace nada. Opta por estar en la barra del bar, haciendo de barman solitario, y ver la enésima medalla italiana en el esgrima. Le parece mejor (y más cómoda, claro) tarea que atender a los inquilinos. El piso donde se sirve el desayuno seguro fue el cuarto de lavado, cuando era casa. Los cuartos no son malos. El que pedimos tiene dos pisos, aunque en el segundo la altura del piso al techo es de menos de 1.50 metros. Tras subir las escaleras, hay que emular a Cuasimodo para maniobrar. Caminar a la cama en ese piso debería de ser un deporte olímpico (si el Ciclismo BMX lo es…). Por otro lado, es un buen entrenamiento, si es que se quiere ser campeón del mundo en limbo. Llegar a la cama es una proeza. Siento como si la espina dorsal se doblara como una pértiga, y sus astillas salieran disparadas de mi espalda. Los afables vecinos del cuarto de arriba no dejan de saltar. Los pataleos retumban más que un acorde de Pete Townsend y un alarido de Ozzy Osbourne. Hay que dormir.

Mañana hay que conseguir boletos…

London Calling: Día 9.

This entry was published on August 11, 2012 at 3:47 am. It’s filed under Deportes and tagged , , , , , , , , , , , , , , , , , , , . Bookmark the permalink. Follow any comments here with the RSS feed for this post.

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out / Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out / Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out / Change )

Google+ photo

You are commenting using your Google+ account. Log Out / Change )

Connecting to %s

%d bloggers like this: