El cuaderno del bolsón
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#LastTrainToLondon / Filas de una tarde de verano…(parte 1)

“Es imposible conseguir boletos para los Juegos”.
“Sólo se pueden adquirir por Internet”.
“Son carísimos. Casi ‘incomprables'”.
“Es un problema muy grave. Hay mucha gente enojada”.
“Lo único que queda por hacer es intentar e intentar, a ver qué sale”.

Acto 1. Hyde Park. Las orillas del lago Sepertine. La tarde nublada; un vientecillo invernal. El lago picado. Los patos que brincotean y extienden sus alas empapadas. Paseo con mi familia. Ximena Silva, voluntaria de los Juegos, española, nos escucha hablar en español, mientras bordeamos el lago Sepertine de Hyde Park. Nos quejamos de que no hemos encontrado boletos (tickets, entradas, billetes), para alguna competencia olímpica. Nos cuenta el trajín que habríamos de emprender: “buscar en Internet, y estar un rato ahí pegado, a ver qué pasa. Sino, pueden ir a ver los eventos abiertos al público. Mañana, por ejemplo, pasará el triatlón femenil justo por acá frente (señala al camino peatonal que circunda el lago, por el que ibamos caminando). Hay muchísima gente enojada. Hay gente que igual ha venido desde muy lejos con la esperanza de encontrar boletos pero no los hay. Y por Internet es un desastre. Hay muchos problemas en eso”. Su castellano de acento madrileño carece de coherencia de género para con los sustantivos y artículos; “las boletos”, habla. Tan complicado entenderle como a su comparsa inglés, que asiente cada que su compañera le reafirma en inglés lo mismo que recién nos dijo. “Buena suerte”, nos despide. La necesitaríamos.

Acto 2. La explanada frente a la Torre de Londres. Una caseta pintada de varios tonos de rosa. Un punto de información para turistas olímpicos. Llegamos con una dirección que nos había arrojado el sitio de Internet de los Juegos, donde podríamos comprar boletos para alguna competencia. “Sí, sí venden allí. Pero no sabemos si aún tengan”, nos dice una de las voluntarias que atienden el puesto, una señora de 60 años, aproximadamente, ataviada de una chamarra de plástico rosada, de los mismos tonos de la caseta. “¿De dónde son?”, pregunta. “De México”. “Ah, de México”, responde sorprendida y entusiasmada; “mi compañero sabe dónde puede guiarlos”. Llama a uno de sus colegas, un hombre que probablemente bordea los 70 años, ingente, colosal; los mechones de cabello nevado le bailaban al compás del viento, sus manos descomunales dibujaban círculos cuando hablaba (me es imposible omitir cuán extraño era ver a un hombre de su edad vestido de rosa). Era tremendamente afable y servicial. El típico viejecillo británico bonachón y benigno que pintan las películas. “Justo por allá (señala al paseo que separa a la Torre del Támesis), se encuentra un compañero mío que les dirá dónde pueden, ustedes los mexicanos, comprar boletos. Es más, si gustan, camino con ustedes”. Nos lleva. Su compañero es otro simpático veterano, más espigado y aún más sonriente que nuestro guía. Se saludan, (pareciera que recién se conocen). “Son de México. Quizá pudieras ayudarlos a encontrar boletos porque no saben dónde ni cómo. Ya intentaron por Internet y no han podido”. Nuestro nuevo voluntario hunde los ojos y arquea los labios; pone cara de decepción. “Sí, tenemos muchos problemas con los boletos. Nadie sabe qué es lo que pasa. Pero sí hay, y sí se pueden comprar”. Nos muestra un mapa de Londres, el cual usa para indicarnos hacia dónde deberíamos ir; salir de la explanada, marchar entre dos edificios, girar a la izquierda, pasar un muelle, caminar a la orilla del río, llegar a un callejón, virar a la derecha. Ahí está el ‘Club France’, un edifico rústico, muy inglés y poco francés, de relleno ultra-futurista, ubicado justo frente al Monumento al Gran Incendio de Londres y de espaldas al Támesis. Funje como club deportivo para los franceses que radican en Londres; habilitado para los Juegos por el Comité Olímpico de Francia como un exclusivo centro de reunión para ver las competencias e hinchar por los galos. Periodistas, miembros del Comité Olímpico francés, aficionados que han venido desde Francia a ver los Juegos, todos pueden entrar al club, siempre y cuando porten una tarjeta de miembro, que se les ha de escanear cada que entran y salen. Ahí venden boletos.

La fila que escupen las puertas del Club France da la vuelta al edificio. Preguntamos a los policías que custiodian el club cuánto tiempo hay que esperar; 5 horas, al menos. Las taquillas del club abren a las 10 en punto, pero hay quienes han decidido acampar, o venir desde las 4 de la mañana. Son las 12 del día. Somos los últimos de la fila, que mide no más de 50 metros, desde las puertas hasta nosotros, pero avanza un metro cada media hora. En las paredes de la esquina del edificio, justo donde la fila dobla hacia el callejón que muere en el Támesis, están pegadas tres hojas que tienen los boletos que están disponibles para el día en curso, el siguiente y el posterior. ‘Para hoy, mañana y pasado’. Cuántos, qué deporte, qué instancia, a qué hora, qué estadio, cuál costo. Para la final del all-around en equipos de la Gimnasia Artística hay que desembolsar 560 libras. Los más accesibles eran los del fútbol femenil, el más barato rasguñaba las 30 libras, sin contar, claro, el costo que acarrearía el tren Cardiff-Londres, y las cuatro horas de viaje. Se vendían boletos para competencias que justo estaban ocurriendo, como los mismos partidos de fútbol femenil, o los de Handball, que tampoco excedían las 40 libras. “Ni pensarlo. Mejor venimos mañana temprano, para no hacer tanta fila. Y a ver qué encontramos”. Supeditados, pues, a la voluntad de Zeus y allegados. Que un rayo nos enviara un boleto parecía proeza menos alucinante.

Empty spaces – what are we living for?
Abandoned places – I guess we know the score..
On and on!
Does anybody know what we are looking for?

Freddie Mercury

Interludio. ¿Comprar boletos directamente en las sedes/estadios? Ni pensarlo. No hay. Las taquillas están cerradas. Sólo existen ‘Box Offices’ regados por las sedes; no todas. Sólo las ‘importantes’, como el Parque Olímpico o Wembley. Y sólo son para recoger los boletos previamente reservados por Internet. Baste presentar un recibo de la compra hecha ‘online’ y una identificación. Las filas en las ‘Box Offices’ no son largas. No muchos han tenido éxito con los clicks que guían a ningún lado. Imagino la sarta de teclados y monitores en avanzado estado de degradación; y los improperios retumbantes que aún cunden en el vientecillo del verano londinense, espetados cada que un ‘no tickets’ es leído y pronunciado.

De por sí la funcionabilidad del sitio oficial de los Juegos flaquea, la política del uso del Internet en el hotel Pembridge no es muy útil en instantes de suma emergencia. “Sólo por Internet”, vociferan todos los voluntarios, recepcionistas, aficionados, periodistas que apuntan sobre la venta de boletos. Hago caso. Pago 4 libras en la recepción a cambio de una hora para poder usar la única computadora disponible. El recepcionista me entrega una hoja con cuatro códigos, cada uno por una sesión, las cuales duran 15 minutos. Hay que ingresar el código. En la parte de arriba de la pantalla un cronómetro en cuenta regresiva advierte sobre el tiempo restante. Expirado el lapso, la sesión cierra, y con ella la pantalla se congela hasta regresar a la misma opción de inicio; “write your password”. Y otros 15 minutos. Todo ha sido borrado, como si nadie hubiera usado la máquina jamás. Complicado maniobrar una afrenta de suma complejidad como comprar boletos olímpicos considerando la escasa ayuda de un ordenador en contínuo estado de amnesia. Sólo tengo 4 oportunidades, de 15 minutos cada una, para la hazaña. Designio acreedor de medalla, y corona de olivo, de paso. Ingreso al sitio de los Juegos. Cuesta un postín dar con la opción de ‘buscar tickets’, a pesar de que la pestalla ‘Tickets’, muy visible, sólo despliega información inservible y cacofónica a estas alturas. ‘Tickets can only be purchased online’. Para ello hay que crear una cuenta en el sitio, y darla de alta abriendo un correo que llega en segundos al e-mail usado para crearla. Intento ingresar mi contraseña; Hotmail deduce que soy un hacker que está tratando de violar mi propia cuenta, y debo contestar una ‘pregunta secreta’ para acceder. Justo cuando tecleo la respuesta a dicha pregunta, la sesión de 15 minutos expira, y la pantalla se congela. Exasperación. Frustración. ¿Una insensata triquiñuela del destino? Quizá. Repetí toda la operación, para finalmente encontrar con que, ‘debido a mi nacionalidad’, no era ‘legible’ para poder aplicar por boletos. ‘No legible para aplicar’, ni siquiera aspiro a aspirar. ‘Debido a mi nacionalidad’. Doy un golpe al ‘mouse’. Espero a que la sesión de 15 minutos perezca. Me marcho a mi cuarto.

Dos días antes la BBC presentó a una pareja de adultos australianos, ávidos fanáticos del box quienes, desde su país, compraron boletos en un sitio de Internet direccionado desde el sitio oficial de los Juegos, con asientos reservados en la Arena ExCel; viajaron a Gran Bretaña, sólo para toparse con que sus boletos eran falsos. El sueño, devenido en pesadilla, terminó en sonrisa, cuando un ‘buen samaritano’, no identificado, regaló a la pareja dos boletos genuinos. El ‘ticketgate’ no respeta a nadie. Historias como esa (exceptuando el inusual final bienaventurado) pasan a menudo, por doquier, sean Juegos Olímpicos o un partido de la tercera división del fútbol hondureño. Lo extraño es la frecuencia, y el cinismo.

Un listado de más de 120 sitios fraudulentos adorna la página de Internet de los sitios bajo la leyenda de “ninguno de éstos está autorizado para vender tickets oficiales para los Juegos Olímpicos”. Miles cayeron en la trampa, a pesar de que algunos de boletos presentaban los hologramas y sellos que certificaban su supuesta autenticidad. Incluso ellos son suceptibles de ser replicados. A nadie se le puede creer, cuando de boletos y comida se trata. Ya nadie es de fiar, ni los propios británicos, pulcros, épitome del orden sistémico. ‘¿Quién no quisiera tener uno de éstos? Es más, ¿quién no ha luchado tanto por uno de éstos?’, preguntaba la misma BBC en un reportaje donde mostraba miles de boletos ‘encontrados’ (no mencionan dónde). Miles. Para los clavados, la gimnasia y el básquetbol, entre otros. El reportero, amparado en una cámara escondida, logra dar con un revendedor, a quien le pregunta por el precio de boletos que posee. 300 libras, por un boleto que originalmente valía 80. Después, otro reportero sorprende al mismo revendedor, con cámara visible en mano. Una entrevista ‘formal’. el revendedor da su nombre y se excusa. “Hay que comer. Negocios son negocios, y es así comos los Juegos no negocios para nosotros. Tenemos que sacar partida”. A la par, las imágenes de los estadios semi-vacíos alimentan la suspicacia. En Wimbledon cabrían 10,000 hinchas de Federer que anhelan con verle, aunque sea una vez. 100 apetentes de épica, con dinero suficiente en la cartera y miles de kilómetros recorridos desde su casas, bien podrían presenciar las últimas brazadas de Phelps. Para maquillar la debacle taquillera, algunos de los militares que vigilan las sedes han sido requeridos para rellenar los espacios. Es así como los soldados, ‘sin querer queriendo’, ya vieron los Juegos. (Hemos dado, finalmente, con la fórmula ideal para ver los Olímpicos: adquirir la nacionalidad inglesa y hacer el servicio militar; hay más chances que de civiles comunes). No hay boletos y sobran ilusiones, y butacas.

No, sí hay boletos. Pero nadie visible quien los venda. Todo pareciera tener un tufo subterráneo, ilegal. Cómo algo tan inofensivo como comprar un boleto puede orillar a quien sea a bordear los límites de la legalidad, sólo en el afán de divertirse un rato, de ver historia. El sitio de Internet finta que sí tiene boletos disponibles para venta, para finalmente endilgar que nadie es ‘legible’, como confirmaría la voluntaria española en Hyde Park. “Sí, se ha privilegiado a gente que vive en el Reino Unido, pero aún así hay muchos británicos que no han podido conseguir algún boleto, y que llevan meses intentándolo, desde que sacaron los primeros, o desde la segunda ‘tanda’ de venta, en noviembre”. Nadie sabe, nadie supo. ‘Lo cierto…, pensaba…, ‘es que alguien se está haciendo muy pendejo, y muy rico’. Otro voluntario, a quien pregunto mientras busco la ruta por la que pasaría la caminata de los 20 kilómetos, sentencia: “Los revendedores han saqueado todo”.

Sólo queda una cosa por hacer. ‘Club France’. 5 horas y media. Hacer fila o no. He ahí el dilema…

Imagenes de: insidethegames.biz; uk.eurosport.yahoo.com.

This entry was published on August 15, 2012 at 8:29 pm. It’s filed under Deportes, Reportajes and tagged , , , , , , , , , , , , , , , , , . Bookmark the permalink. Follow any comments here with the RSS feed for this post.

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