El cuaderno del bolsón
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#LastTrainToLondon / Filas de una tarde de verano… (Parte 2)

“A quien espera, su bien le llega”. (Anónimo)

“All things come round to him who will but wait”. Henry Longfellow Wadsworth

Preludio. Sólo queda una cosa por hacer. ‘Club France’. 5 horas y media. Hacer fila o no. He ahí el dilema…

El destino es ineludible. Hay que afrontarlo. Hamlet deambula por las calles de Londres. Convive con los transeúntes y sus paraguas goteantes, cruza la calle con ellos; se devora de un bocado el ‘fish and chips’ humeante y húmedo sazonado en tinta de tabloide; y la pinta de London Porter sobre la barra del pub ya no existe. Hay algo, quizá ese nostálgico vapor abochornante que brota del asfalto de Bayswater, que indica que no importa cuán loable sea el esfuerzo por esquivarlo, en Londres todos terminarán haciendo lo que veneran evitar. Que en Londres el destino llega, a veces sin aviso, y otras tantas agota la correspondencia. En Londres todos tenemos algo de Hamlet.

‘Fue el mejor de los días. Fue el peor de los días’. Las esperas son un soliloquio a la paciencia, imaginado por Dickens. Un monumento al estoicismo. La debacle de la vesícula biliar. El vaivén de los niveles de azúcar, y angustia, en plena sintonía. La espera eternizada. El clamor de los segundos como minutos, espesos. De los peatones que caminan aletargados, y las palomas que planean sus alas como un bostezo. Los callos de los pies hechos añicos, y los pedazos de carne muerta coqueteaban con los callos emergentes. El aire que se hacía pesado. Del sol que tuesta la dermis, que se esconde tras las casas victorianas después de la travesura, y se apaga. Y sigo ahí. La espera esperanzadora, porque es lo único que vale la pena esperar. La espera, como escupitajo al cielo. La espera exprime la vida. No quería esperar, y en el Londres donde topas con el destino en el camino que has elegido para huir de él, no ha quedado de otra más que esperar.

El desayuno-buffet del Hotel Pembridge está más feo que de costumbre. El jugo de piña es un jarabe insulso de frutas tropicales. Tiene de piña lo que las hamburguesas de McDonalds de carne. Al cereal le falta azúcar. No hay azúcar.  El café está tibio. Tampoco es ‘muy’ café. La mesa coja. La silla sin cojín, a madera desnuda. Ya es tarde. Muy tarde. Cuando hay que esperar siempre se hace tarde.
La estación de Queensway está a tope. El vagón se rellena de niños de mejillas azules, y pequeñas ‘Union Jack’, talla infantil, atadas al cuello. También los tórtolos que no dejan de contemplarse; el oficinista que durmió cuatro horas, y las cuatro que le faltaron las desquitará cuando llegue al trabajo; el trinitario de Brixton que se pierde en su música; la estudiante que va a tarde a clase, el ‘gentleman’ que estira las desperdigadas hojas del Times; los periodistas chilenos que se encaraman sobre el tubo y arriesgan su vida para salvar la de su cámara de televisión durante el frenesí sádico del ‘sube-baja’ ; el zimbabuense con sus papeles para renovar su pasaporte metidos un folder de plástico transparente bien apretado entre el brazo y su costado… La voz de mujer metálica anuncia: Tower Hill. El vagón se detiene. Esquivar, empujar. Luchar, vencer.  Sobrevivir. Guerra. Victoria. Vida.

Caminar hacia la espera es como marchar al pelotón de fusilamiento. Idéntico masoquismo inducido por voluntades exteriores. No llueve, como el día anterior, durante los prolegómenos de la maratón femenil, cuya ruta incluía una vista a la Torre y sus confinidades. Tampoco el sol es de plomo. Un ingrávido vientecillo acaricia las espaldas, pero no arrastra ni a las hojas de los árboles. Día ideal para la practica del desdeñado deporte olímpico que es la espera. Cruzamos la explanada frente a la Torre de Londres. Bordeamos un edificio en remodelación y un estacionamiento en ebullición. De frente, donde las vallas que separan la banqueta del pavimento permanecen, desde ayer, durante la maratón, decoradas por la imagen gráfica de los Juegos Olímpicos. Justo allí, donde esperamos unos cuantos minutos para ver pasar a las maratonistas, e hinchar por su pomposo y perverso ahínco de trotar hasta la muerte, el destino nos había jalado de vuelta. Allí, un día después; para volver a esperar; y esperar por algo que, a diferencia de las maratonistas, no sabríamos si llegaría.

“Boletos. Tickets. Billets”. La hilera es una Torre de Babel. Una muy pequeña, si estuviera recostada. El final se ve, no muy a lo lejos, al alzar un tanto la vista, o al asomarse y estirar la cabeza por fuera de la fila. Tercera vez en este lugar en cuatro días. Ya todo me es asquerosamente familiar. Los rostros de desazón. El francés embadurnado de inglés, y viceversa. Los jadeos de fastidio. Las violentas exhalaciones de aliento con los cachetes inflados, los labios retumbando, golpeándose uno contra otro, que hacen el sonido de un motor destartalado. Las ojeras marchitas. El espeso castellano-catalán de algunos. Los suspiros. Las espaldas vencidas. Los ojos delineados de una doble capa de blanco y rosado. Las discusiones incomprensibles. Las olímpicas paradojas: perderse los Juegos en la fila para verlos. Cinco horas, y no hay una radio o televisión al alcance.

La fila se arquea hacia el callejón adyacente para proseguir su longitud. No más de 40 metros, ese día. Calculo entre 70 y 80 turnos delante de mí. Imposible determinar el tiempo que tomará cada uno en hacer la gestión correspondiente de preguntar, regatear, pagar, recibir, huir. Es variable, dependiendo de la prisa, la personalidad, la desesperación y el hartazgo de cada quien. Son las 11:14. Me coloco hasta ‘la cola’. No hay más que hacer. Y esperar a que avance; cada paso adelante es como una estación del año. Un paso, y la lluvia del verano soltaba ínfimas gotitas que se diluían en el viento. Otro paso y sol de la primavera, plomizo, cegador. Siguiente paso, una ventisca invernal que penetra los huesos. Un paso más, la música rasposa de las hojas en sepia sopladas de este a oeste. El clima londinense y los densos minutos de la espera están en plena sintonía con las estaciones del año, que parecieran tomar tiempo idéntico. La espera es un año. Dos. Tres…

Mi madre y mi hermana soportan una hora de pie, de brazos cruzados; miran a la calle, al cielo, al suelo, a la fila, a las hojas de papel que informan cuántos boletos quedan. Se van. Mi hermano se les une. Me quedo solo, pero acompañado por otros tantos cientos de fanáticos hinchas olímpicos capaces de soportar las destemplanzas más bestiales, todo sea por los Juegos. Delante de mí un trío de adultos mayores, muy ingleses; su habla soterrada, narcisa, vibrante, su ironía rampante, su tez de blanco terciopelo castigada por sol. Dos señoras que parecen salidas de un reality show para amas de casa producido por la BBC, despeinadas, pequeñas, su ropaje multicolor, multifloral. El hombre que las acompaña era Bobby Charlton, o eso creí. Luce prominentes lentes de sol. Se los quita. Realmente creo que es Sir Charlton. Discuto largo y tendido conmigo mismo sobre la posibilidad de preguntar sobre su identidad. Contemplo el escenario de ‘pedir el autógrafo’. Nada. Silencio. Sólo los pies que se marchitan.

Detrás de mí está formada una mujer que parece hindú, habla inglés con acento hindú y discute por teléfono en una lengua que parece ser hindú. Resulta ser mi fiel compañera de toda la tarde. Quiere ver el handball. Admite haber estado en la fila el día antes, pero se dio por vencida al pasar una hora sin notar que ésta se acortara. Su voz de seda, cancina, no denotaba ni cansancio, ni malestar, sino una total seriedad. Tras de ella un hombre de estatura media, muy francés, el rostro arisco, la cara muy amorfa, muy menuda, los anteojos de pasta, los ojos mieles, adustos, profundos; un elegante sombrero de paja, una cámara Sony abrazada a su cuello. Tampoco exhibe impaciencia alguna. Soporta valeroso el trajín, como si esperar fuese una fiesta. Y son otros tantos lazarillos; una pareja de jóvenes alemanes, muy acaramelados, él muy tímido, ella muy discreta; detrás de mí una rubia imponente y su novio titánico, curtido en gimnasio. Y otros tantos cientos de historias comparsas de la misma pesadumbre.

Y los policías encargados de la seguridad del Club France. Ambos franceses, de raza negra. Su traje impoluto sepultado bajo un chaleco fosforescente, como una erupción de un sol radioactivo. Uno parece Thierry Henry con diez kilos de más, y el otro tenía las rastas pegadas a la cabeza, flacucho y alto, dictatorial y ligeramente mal encarado. Su tono de voz destila un afán incesante de responder a las preguntas ‘¿Qué estoy haciendo aquí?’, ‘¿Por qué no me puedo largar’? Hace el esfuerzo porque su tono suene amable, y se nota. Es evidente la batalla interior que labra, entre la afabilidad que exige su trabajo y sus superiores y su auténtico sentir. El conflicto deviene en un tono de voz y unas maneras imposibles de descifrar.

La blancura del invierno nuevo conduce a mi madre de regreso con una noticia: “me quedaré en el Starbucks con tus hermanos, y luego iremos a comer algo”. ‘Vaya forma de perder el tiempo’, pensé cuando se dio la vuelta y se fue. “¿Por qué no aprovechan para entrar a la Torre? La visita total dura cuatro horas. Igual y en ese tiempo ya llegué al final de la fila y ya estaré cerca de comprar los boletos. Y todos contentos”. Pensé, no hablé. Se va. Cada cuanto los policías pasan a revisar que la fila no esté hecha un nudo, ni invada el carril de la calle por donde caminan los transeúntes. Cada recorrido es como ver a un maestro autócrata que inspecciona a sus alumnos durante el examen; más temerosos todos por el regaño que por la calificación final. El policía de las rastas a menudo se detiene a discutir con gente que nutría la parte más rezagada de la fila. Las preguntas más comunes son: ‘¿Cuánto tiempo falta?, ‘¿Son legales los boletos que allí venden?’, ‘¿A qué hora abren mañana?’, ‘¿Cuántos boletos puedo comprar como máximo?’, ‘¿A qué se debe este desastre en la venta de boletos?’, ‘¿Aún quedan boletos para (inserte deporte predilecto) (inserte horario disponible en las hojas de información pegadas en la pared de la esquina)?’, y la más célebre de todas, ‘¿A qué (deporte) estás esperando?’. Vaya, ‘esperar un deporte’. Nunca me lo hubiera imaginado. Y algunas preguntas evolucionan en discusiones más complejas sobre la política del Club France sobre la venta de boletos de los dos días después, la elección de la disponibilidad de determinados eventos, el porqué del costo estratosférico para ver las competencias de gimnasia o el trote de Bolt; costo que bien podría servir para saciar la deuda de la banca española, o desencadenar una ídem trágica y asfixiante en el iluso que haya comprado el boleto. En alguna de esas discusiones llego a escuchar que un boleto para la sesión de Atletismo del día anterior (la final de los 100 metros planos) se cotizaba a cambio de 1,500 libras esterlinas.

Mientras el último celaje de la primavera fenece y besuquea hirviente mi nuca, mi madre carga medio hot dog embarrado de mostaza, cinco papas a la francesa, un sobre de catsup, y una Coca-Cola. Hace una oferta que ni siquiera tengo la oportunidad de rechazar: “Me voy a ir con tu hermana, porque ya perdimos mucho tiempo aquí, y la verdad no nos llama mucho la atención entrar a ver (los Juegos). Te dejo a tu hermano. Él sí quiere ir. Además, mira, ya no te falta mucho para llegar (La fila había quedado reducida a la mitad de lo que era cuando llegué por la mañana). Quizá una hora, una hora y media. Compra los boletos y vayan. Yo me voy con tu hermana a Picadilly Circus, a ver qué obra (de teatro musical) nos encontramos por allá. Nos vemos en la noche en el hotel”. Asentí. No hay vuelta atrás. Que el tiempo sirva de algo. Cada segundo falta menos. Cada estación que pasa certifica que el año está más cerca de terminar. No me rindo, justo cuando he transitado la mitad del camino, y lo más duro ha pasado. ‘No, aquí me quedo’. Mi hermana y mi madre caminan, engullidas por las sombras, y desaparecen tras el Monumento al Gran Incendio.

Viene el invierno otra vez. Siento que las puntas de los pies se me doblan. Muero de hambre. El medio hot-dog no basta para apaciguar a las bestias infernales que libran una escaramuza de tintes sangrientos y epopéyicos en mis entrañas. Ya son cuatro horas desde que inicié el martirio. Algunos de mis contertulios tiran la toalla, y quedan eliminados de la contienda por los boletos; adiós Olímpicos, mejor suerte para Río. Entre ellos, una de las señoras formadas frente a mí. Empuña su bolsa, el sierre de su rompevientos turquesa va uniendo los pequeños dientecillos que la parten en dos a media que sube jalada por sus dedos, y su plástica sonrisa tenue marca el inexorable adiós. Bobby Charlton ha quedado solo con una secuaz. Al cabo de unos segundos la mujer de talante hindú se integra a una conversación con mis vecinos frontales, ávidos de ver el basquetbol. Intercambian rezongas, y deseos de buenos augurios. Me arrimo a ellos, no para despeñar mis querellas y buscar alguna solución, sino para no perder mi lugar. No vaya a ser que la mujer hindú entre palabra y palabra arrastre los pies, distraiga, y logre usurpar mi terruño. Justo entonces aparece un hombre, regordete, inmenso, sus manos como las garras de un oso, díscolo, sus pasos torpes, retumbantes; ‘sus dientes de una blancura de perla, pero sólo formaban un contraste más horrible con sus ojos acuosos… su tez arrugada‘; alemán. Su camisa verde olivo se oscurece conforme surca sobre los sobacos y el pecho. ‘Do you need tickets?’, gritaba sin recato. ‘No, güey. Estoy aquí por que me gusta estar parado cinco horas’, pensé en contestarle. Se detiene frente a Bobby Charlton II y su séquito. Fútbol femenil, hoy, en Wembley. 500 libras cada uno. Intentaron negociar, pero las pláticas se cayeron. El frankesteniano mastodonte teutón prosigue derrotado su marcha. ‘Do you need tickets? Se paseaba opulento, pecho fuera, la mirada por sobre los hombros, que se meneaban para equilibrar las fuerzas de su cuerpo monstruoso. No falta mucho para que opte por elegir a los policías como clientes. Probablemente lo haya considerado.

Y es entonces, cuando el sol ya ha caído rendido en forma de sombra sobre nosotros, que un hombre sale del edificio, con una mochila gordinflona y su sonrisa misteriosa. Viste de pantalones de mezclilla y una delgada camisa marrón. Lo veo al rostro y es un bosquejo de John Malkovich, víctima de su fulminante alopecia, en su más reciente interpretación de revendedor de billetes olímpicos. Los ojos claros, brillantes, bien abiertos. La frente amplia, la nariz finísima. Habla en acento de Manchester, arrastra las ‘a’, mutila las ‘o’, arranca furibundo la oración y declina en tono de pregunta cuando termina de pronunciar. Bordea toda la fila mientras entre dientes espeta a medias: ‘Tickets. Anybody wants tickets?’. La pareja de pringosos tórtolos alemanes le llaman. Los mentados billetes están asignados a dos butacas, muy cercanas a la pista de tartán, en el Estadio Olímpico, para la sesión de la noche. ‘I take them’, brinca el jovenzuelo con una sonrisa que le atravesaba el rostro, antes de que Malkovich II terminara de recitar su discurso pre-confeccionado para garantizar la vendimia; como si un pez saltara del agua, aterrizara saltarín sobre el bote y mordiera el anzuelo por sí mismo, antes de que el pescador siquiera hubiera terminado de ensamblar la caña. “Ok, just let me…”, el revendedor se interrumpe a sí mismo. Voltea a ver hacia atrás, hacia delante, hacia los lados. Derrumba su mochila, se agacha para escarbar en ella; con un ojo ve a su interior y el otro da vueltas para vigilar por si algún par de botas negras se acercaban a él. Saca un sobre. Arrincona lentamente a la pareja contra la pared. Les da las instrucciones: dónde, qué hora, qué estación, por dónde entrar. Cada que termina un enunciado voltea a ver, con los ojos más abiertos aún. A veces se dirige a la pareja sin verlos directamente, habla con ellos mientras sus ojos prestos apuntaban hacia la calle. La transacción dura un par de minutos más. Mil libras, el precio del acuerdo. “Ok, then. Have a good time. Enjoy”. Se despiden de apretón de manos. La pareja se queda en la fila. Malkovich II da un paso hacia la huida, pero de inmediato regresa, y advierte: “Hey, go! You have the tickets already. Go. Enjoy the Olympics”. “Yeah, yeah. Right”, clama de vuelta la pareja dulzona, mientras componen una sonrisita nerviosa y aguardan a que su benefactor se marche para jamás volver. Él se acomoda el sombrero, abre el compartimento central de su mochila y mete en ella el sobre que le habían entregado. Se levantó. Miró a su novia quien le observa fijamente. Y sus brazos se abren y se pierden en ellos, y se besan mientras la puerta del edificio se traga de un bocado un pedazo de fila, y ellos siguen arrastrados por ella, dispuestos a ser devorados.

“Por muy lentamente que os parezca que pasan las horas, os parecerán cortas si pensáis que nunca más han de volver a pasar.” Aldous Huxley

Me invade la sensación de haber sido engullido por el tiempo. Y así llega una nueva primavera. La sombra que se postra ante nuestros pellejos achicharrados, coloreados por las pequeñas supernovas que habían estallado sobre ellos. Son las 4 de la tarde. Falta una hora para el cierre. Tres para los partidos que habría de alcanzar. Cinco metros para llegar. El policía de las rastas emerge escupido por la puerta, con el pecho por delante, el chaleco arrugado y la vista cansada. ‘If you want tickets for today, there are only for Beach Volleyball. If you want tickets for other sports, you can stay in the queue. Remember we close at five o’clock’. Repite. Y repite. Un hombre delante de mí pregunta si aún quedan para el handball. Aquello de escuchar no es lo suyo. El policía levanta la voz. ‘FOR TODAY, ONLY BEACH VOLLEYBALL’. Iracundo, prosigue su travesía para esparcir el anuncio, que para algunos sonaría a las primeras lineas de su epitafio, y para otros, como a mí, me sería lo más cercano a un orgasmo. La mujer hindú se encuentra en etapa de negación. Menea la cabeza, y su sonrisa trémula y vaporosa se difumina de poco en poco. Respira hondo. Cruza los brazos. Construye una nueva sonrisa dulce y resignada, porque ya no queda nada más, sino sonreír. Se despide y me desea buena suerte. Las palabras del policía barrieron a los curiosos y adelgazaron notablemente al contingente formado. Los señuelos atestan. Improperios en todos lenguajes; una torre de Babel esculpida en mera defecación lingüística. Las súplicas silenciosas, pesarosas. Los pies de hierro oxidado. La espera infructuosa suele ser implacable con los corazones. ‘Grandes esperanzas’, demolidas. Pero, pocas veces las esperas otorgan segundas oportunidades. Gracias a los Juegos. Para algunos, mañana será otro día.

‘Elemental, mis queridos’. El día de mañana tomo el avión de vuelta. Ahora o nunca. Todo o nada. Mientras, el gigante alemán aún se pasea, pero su ladear no logra cortejar a nadie. Uno que otro le llama para negociar, pero siempre termina con los boletos sudados de mano en mano. Detrás de mí, el hombrecillo francés me pisa los talones. Su familia había llegado a hacerle compañía. Para ellos, ir a Londres había resultado una carga, y si había algo que pudiese evitar serían los Juegos. Él no. Quiere ver el volleyball, a como diera lugar. Los antojos polarizados de su esposa esconden su mirada, pero sus labios colgantes, febriles, testimonian su desasosiego. Sus hijas, muy francesas, bisoñas, el perímetro de sus ojos levemente rasgado, su andar de bailarina. Se sientan en una pequeña terraza que da a una de las ventanas. Clavan sus barbillas en sus puños y sus piernas en incesante vaivén que frena, justo cuando sus rodillas de porcelana colisionan una contra la otra. Resisten 20 minutos. Se despiden y dejan a su padre a la intemperie.

Dejo a mi hermano encargado de vigilar nuestro terruño. Camino hacia la entrada, vigilada por otro par de polizontes, clonados del mismo molde que los otros que nos habían atizado la moral todo el día. Levanto la cabeza. Logro ver una fantasía multi-color hiper-sensorial. Paredes de vidrio atravesadas por láseres relucientes. Incuantificables pantallas de plasma apoltronadas en cada esquina. Columnas jaspeadas de cascadas de neón de colores imposibles. Y mil franchutes que desgañitaban, como si Paris los fuese a escuchar. ‘Allez les bleus’. Entraban y salían, cuando querían. Para algunos, el suplicio que a mí y a otros cientos nos había costado cinco horas, sólo comprendía unos segundos. Mi vida pasa frente a mis ojos. Volteo a ver a la fila que se extiende 15 metros detrás de mí. ‘Pobres bastardos’. Todo se acaba. La espera es tan ingrata que resume cinco horas en un segundo. Y parecieran valer lo mismo. Todo ha quedado reducido a su más mínima expresión. Salir de allí y decir, ‘vale, mejor regresamos mañana’, equivale a una truculenta vendimia del alma a Mefistófeles. (Oh, Marlowe, cuánta razón tenías). En otros casos es un modal contemporáneo y socialmente aceptable de suicidio. Ocurre que el padre de familia francés pregunta algo al policía de rastas; arquea las cejas, infla las mejillas, extravia la mirada, exhala un soplo bífido, y detiene su cronómetro en cuatro horas y media, sin segundos. (ONLY BEACH VOLLEYBALL. ¿Acaso nadie escucha?). Camina por la acera hasta desaparecer tras el ‘Callejón sin Salida’. No supe más sobre su germinal carrera como nadador de aguas libres en su primera y última fase de entrenamiento en el Támesis.

‘And eternity in an hour’. William Blake

Un gigantesco respiro de alivio llena mis pulmones hasta reventar. La pareja de alemanes accede, aún con boleto en mano. 15 minutos después, Bobby Charlton II y su amiga en perpetuo mutis. Ahí estamos. De frente a lo que tanto habíamos estado esperando. Los pies me tiemblan. No sé si por el cansancio, o los nervios. Diez minutos. Franceses entran y salen a mi derecha, muestran su credencial que los policías pasan por un láser. 15 minutos. Volteo a ver a los guardias. Asienten. ‘Beach volleyball?’, preguntan. ‘Yes’. ‘Ok. Allez, allez. Vite!’. Nadie acepta el típico ‘¿Para qué tiene?, o ¿Para qué queda?’. Uno debe ya tener perfectamente memorizado el deporte, el horario, el lugar, el precio, y además, haber contemplado un plan B, un C, un D, además de haber trazado la huida y diseñado la estrategia para llegar al lugar en el menor tiempo posible. El éxito es una proeza. Es lo bello de los Juegos. Sobrepasar semejante cantidad de obstáculos confiere a quien logra someterlos una sensación de éxito sólo comparable con la de un atleta cuando se ha vencido a sí mismo, al tiempo, y a los demás. Quienes asisten a los Juegos no son sino héroes de su propia historia de sacrificio y superación. Insignes que han logrado dominar al tiempo, al ansia, a la codicia, a la tentación de la derrota comodina, a la impaciencia, a las estúpidas ganas de tirarlo todo por la borda, a la autodestrucción. Son superhombres. Sólo quien ha sido capaz de subyugar las inclemencias de la espera, demasiado curtido como para vivir el mundo. Está listo. Ver los Juegos es un deporte olímpico. Me siento victorioso.

‘All that you give /All that you deal /All that you buy/ beg, borrow or steal… And everyone you meet /All that you slight /And everyone you fight. /All that is now /All that is gone /All that’s to come… Todo es ahora. Todo es sólo por ésto. Es hora. Me encuentro frente a una taquilla improvisada, de tablaroca blanca, un rótulo que decía ‘Club France’, en letras azules y rojas, pegada hasta arriba, y dos personas, un hombres y una mujer, que atendían el puesto. “Next”. Me tocó la mujer, rubia, impecable, pulcra, de voz seca. “Beach Volleyball, please”. “There is just one for Beach Volleyball, at 18:00”. Mi hermano jadea sutilmente, y se voltea. Recordé el colérico aviso vociferante del policía: ‘Only Beach Volleyball…’. Es el último boleto el día. Los demás son para mañana, y pasado, y el día después de pasado. Es el último tren de todos, y se va. Ya ha sonado la chicharra. Las compuertas rechinan de vuelta, amagan con unirse y no saltarse jamás. Lo tomo o lo dejo. Y nada, ningún minuto habría valido la pena. Aún no gano mi propia Olimpiada. Lo tomé y miré a mi hermano. Ambos sabíamos lo que teníamos que decir. La tarjeta deslizada por la ranura. El ticket que escupía la maquina. Una pluma. Un garabato. Un sobre rojo y azul. Un boleto. Un pase del Underground, gratis, aplicable por todo el día. ‘Thank you’. Doy la vuelta. Abro el sobre a medias para cerciorarme de que todo está en su lugar, de que no se ha caído nada, de que todo sea verdad. Acaricio el boleto. Veo el holograma de los Juegos que cambia de color conforme a la dirección en que es golpeada por la luz, el nombre del evento, la hora. Es de verdad. Lo vuelvo a acariciar, como una madre a su bebé, tras nuevo meses de vómitos, contracciones, dietas, martirio. Porque todo ello valió la pena. Porque ya nada de eso importa. Un policía revienta mi letargo de victoria. ‘Allez, vite!’. Qué más da.

Nuestro cronómetro se detiene. 5 horas 25 minutos. Un perfume de mariscos impregnado en el viento me restriega la cara. La fila ya no es muy larga, pero sí lo suficiente como para que la mitad se quede a las puertas justo cuando den las cinco de la tarde y sus minutos perdidos queden sepultados junto a sus esperanzas. Veo clones. Con sus mismas caras, sus mismos ojos desvariados, sus piernas batidas, sus cutículas succionadas. Tengo el sobre en la mano. Se lo muestro a mi hermano. “¿Lo quieres? Ve, entras. Yo te llevo y yo te espero fuera”. Esperé cinco horas. Puedo esperar cuatro años. Los sueños tienen permiso de esperar a mejores épocas. Porque, ¿qué es la espera, sino el arte de la procrastinación con sentido? ¿Una justificación de sí misma? “No, ve tú”, respondió mientras apartaba el boleto con su brazo y su mirada inexpresiva me calaba las entrañas. “En serio”, nos tundimos ambos. Pienso en la posibilidad de resolver el asunto por un sorteo, pero él seguía fiero en su decisión.

Pongo en marcha, pues, la estrategia de la huída. Maniobra complicada. Encontrar un lugar con WiFi, enviar un mensaje de Twitter a mi hermana, esperar a que lo lea, recibir su respuesta. Para ello cuento con diez minutos para proceder a la fase 2, llegar a Picadilly Circus, entregar a mi hermano sano y salvo con anticipación suficiente para que yo pudiera retomar la ruta y llegar a House Guards Parade en tiempo y forma. Llegamos a un Starbucks. Nos colocamos en la fila, por si una no hubiera bastado, como coartada, durante la cual pudiéramos enviar el mensaje y esperar a su respuesta. Recibir un café en aquel Starbucks equivalía, en tiempo, a todo el trámite en la taquilla del Club France. 10 minutos bastaron para avanzar un metro. Abortamos la fila y corrimos hacia el Metro. 40 minutos hasta llegar a Queensway. Bajamos. Entramos a un puesto de helados con acceso a Internet. No había respuesta. No queda más. Corremos a Pembridge Hotel a una velocidad que nos habría bastado para romper el récord mundial en 1924. El ramplón recepcionista italiano nos ve de mala gana. Le pido una llave para dejar a mi hermano en la habitación, la cual me da con la condición de que la otra (la cual cargaba mi madre) sería automáticamente desactivada y serviría para nutrir el basurero. Acepto. Dejo a mi hermano con el alma cargada de culpa. Pero él está bien, no se ve devastado, ni severamente afligido. ‘Me quedo a leer. No hay problema’. Abre su libro y se recuesta en la cama. Mi hermano se queda sólo en el cuarto de Pembridge Hotel, sin Juegos Olímpicos y sin musical…

Las prisas y el desliz fraternal me ciegan la lógica del transitar subterráneo. No advierto que hay una forma más fácil y rápida de llegar a The Mall, si subo la línea azul y transbordo la gris, en lugar de seguir por el circuito amarillo-verde, fragmentado en dos rutas en Notting Hill que tardan siete minutos en llegar, una después de otra. Todo fue peor cuando descubro que entre Picadilly Circus, donde mi madre y mi hermana nos esperan a mí y a mi hermano, y House Guards Parade, hay cuatro estaciones de Metro, en lugar de las 12 que separan Tower Hill y Queensway.  Porque Londres que indica que no importa cuán loable sea el esfuerzo por esquivarlo, en Londres todos terminarán haciendo lo que veneran evitar; no dejar a mi hermano en el hotel y no llegar tarde al partido: “Procurando lo mejor, estropeamos lo que está bien”. No queda más que esperar al tren vía Victoria. Y esperar. Esperar en el andén. Esperar en el vagón. Esperar las escaleras eléctricas. Esperar la compuerta abrirse… La lluvia me guía a House Guards Parade, a donde llego veinte minutos después de que el partido había comenzado. Pero el efecto-Hamlet queda suspendido cuando la historia termina y no queda más que dar el último paso. Al final sólo escribo: ‘fue el mejor de los días’. “Y todo bajo el sol está sintonía, pero el sol está eclipsado por la luna”. Ya nada importa. Veo el volleyball de playa. Y soy feliz.

Apéndice. All’s Well That Ends Well. Al regresar invité a mi hermano a cenar en uno de los pubs de Prince’s Square, para mitigar la culpa. Y fue feliz.

This entry was published on September 18, 2012 at 11:57 pm. It’s filed under Crónicas, Deportes and tagged , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , . Bookmark the permalink. Follow any comments here with the RSS feed for this post.

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