El cuaderno del bolsón
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Esas noches de Chamartín…

Retozón, el balón cayó en pies de Cristiano Ronaldo. Chamartín hervía, los nervios le hervían, le estallaban. Hipertenso. Trémulo. Un tufillo eléctrico, como calofrío, le recorría los pasillos que eran como venas abiertas. La sangre se le congelaba. Fue entonces cuando Cristiano, el triste Cristiano, regateó a Maicon. Dentro y fuera. Los pies dibujaron círculos sobre el cuero; se volvían un espejismo. Y Ronaldo salió avante. Tocó el balón para alargar su trayectoria, deshacerse del olfato de Maicon, y golpeó violento, a donde fuere. Kompany se derrumbó antes de erguirse y dejó a Hart desnudo, atolondrado, incapaz de hacer frente por sí mismo. Chamartín contuvo el aliento. Estalló. Festejó. No es triste más. Que las noches europeas, aquellas vetustas y sobrecogedoras noches de épica de Chamartín habían regresado. Y vaya, en qué momento.

Chamartín destila épica. Tiene magia. El fútbol se siente a salvo allí. En una magnífica tertulia nocturna de fútbol, típica de antaño, el Madrid tiró de orgullo y palió la tormenta desastada en sus aposentos. Mourinho salvó el monólogo inculpador y se ahorró una velada más de excusas. El resultado le confirió añadir la empalagosa retórica de la victoria, en detrimento del amargo soliloquio depresivo al que había acostumbrado, el mismo que había desatado una tempestad en Valdebebas y sus extensiones. Las vísperas turbulentas. Los días que vienen se vislumbran desde Chamartín con aguas en oleaje declinante, pero aún salvajes, espumosas. Mourinho se guardó el guión, no obstante el Madrid, ni de abolengo ni lentejuelas, tampoco mereció tanta expiación. Jugó para merecer lo que obtuvo.

‘I said maybe, you’re gonna be the one that saves me…”

A Madrid arribó el City, un rival con facha de postín. Bursátil, ricachón, jactancioso, poderoso. Su pegada de piedra, y su fútbol de pujanza, músculo, y de cuando en cuando de bisutería. Mancini prescindió de Balotelli y Agüero, dolido desde hace tres semanas, incapaz de tomar parte de la partida. El cisma interior orilló a Mourinho a sembrar al repudiado trivote de operarios, al servicio del cincel y el ladrillo. Essien, un remiendo de Kwame Nkrumah, luchón y colosal, en su noche de estreno; Khedira y Alonso de comparsas. Del parvulario se inventó a Varanne, y exilió a Ramos bajo sospechas incautas. La alineación de Mourinho era un jeroglífico, incluso para sí mismo.

El City se colgó de su táctica estrictamente estatuaria. Su fútbol poroso se valía para transitar en Madrid con botín suficiente, pero no sin sobresaltos. El debut de Essien distó de la luminosidad deseada; quebradizo en la contención, desprolijo de cara al arco de frente. Si el Madrid creó ocasiones emanadas de sus pies, fue porque de veinte intentonas no erraría las veinte. Simple aritmética, y probabilidad. El Madrid se hartó de insinuar, pero Hart lo contuvo casi todo, y lo que no, se marchó por encima del arco, como la querella de Higuaín o el impacto tendido y desatinado de Khedira en una de sus tantas incursiones. Hasta entonces, el Madrid gobernó sin contrapeso, pero sin ley, ni certidumbre. Y mientras tanto, el City si acurrucaba en Hart, el único que jugaba a lo que sabía, el único que salvaba al celeste. Sus atajadas son un oasis en el desempeño promedio de sus colegas. Todas las luces que guiaban su fútbol eran cegadoras.

Las cabalgadas eléctricas de Yaya Touré fueron lo único celeste en el fútbol rácano del City, vestido de sombra durante el primer tiempo. En The Haçienda nadie menea las caderas sudorosas. La música es desentonada, mortecina. A la cerveza del The Bridge Pub le falta lúpulo  Poca cosa para ser el campeón premiere de Inglaterra. El golpista del otrora todopoderoso United. El City era sus credenciales, y poquito más. Mientras, desperdigados por el campo, al trivote del Madrid le era un suplicio tirar la línea dibujada desde el banquillo. Toda vez que las posesiones del Madrid morían en los pies de Touré o Barry, el partido se hacía lento y arrítmico. El merengue era arisco, pero improductivo. Las guitarras eran espesas. La voz nasal de Liam Gallagher se ahogaba en sí misma.


 
‘I am the resurection. And I am the light…’

El segundo estribillo deparó lo mejor de ambos. La añagaza del City, defensor pero no en descaro, tomó al Madrid a la contra, cuando la cabalgata de Touré citó a Dzeko de cara a Casillas, quien tiró la toalla antes del combate, y se recostó plácido apenas para ver el tanto del bosnio, inédito desde que apareció por David Silva. Gallagher podía cantar en paz. “Gonna live forever, Edín”. Su canturreo hipnotizó a los ‘citizens’, e iluminó al dueño de casa. Entonces Marcelo se retacó el pie de pólvora, y encañonó dos tomahawk brutales que estallaron centímetros lejos del blanco. La tercera fue la vencida. En este caso, un impacto un tanto más blando, más teledirigido, menos incendiario, ensuciado por el cruce de Barry que le extirpó estética, y lo colocó no muy lejos de las yemas de Hart.

Apenas Mourinho había despreciado el enojo de la previa, y rescató a Özil de la mazmorra. El Madrid se volvió de alto voltaje. Fue cuando el centro de Kolarov se coló frente a las narices de todos, soplado por Xabi Alonso, y el vuelo a ras de suelo de Casillas fue ornamental. Ya envalentonado el City, ventajista, quiso negociar el botín con el segundero. En tanto, el pincelazo ajustado de Benzema volvió el partido ciclónico. El Madrid resucitó, vociferante, apoteósico. Y en pleno frenesí llegó la apolínea maniobra final de Ronaldo, a ritmo de The Stone Roses, puntilla de un final carnavalesco. Tanto que Mourinho desgarró sus pantalones mientras se quitaba plomo de encima. Epílogo de un partido de oropel y verbena, no tan bien jugado, pero sumamente emotivo, con soundtrack sazón Madchester. Por hoy, ‘I Am The Resurection’ es el himno de Madrid, y no de Manchester.

El Santiago Bernabéu respira aliviado, y esperará a que el resultado sirva de agua para apagar el incendio producto del fuego amigo. Una remontada desde ya inscrita en el catálogo de epopeyas atestiguadas en La Castellana. El Madrid ensayó 30 ocasiones a la meta de Hart y recolectó el cuero más del 55% del tiempo activo de juego. Y queda la sensación de que, si este fue el comienzo, Chamartín deberá acostumbrarse a que sus noches europeas de antaño sean cosa de cada quince días.

This entry was published on September 20, 2012 at 6:10 am. It’s filed under Crónicas fútbol, Deportes and tagged , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , . Bookmark the permalink. Follow any comments here with the RSS feed for this post.

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