El cuaderno del bolsón
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El cóndor ha pasado

“La angustia y el dolor me dejarán
Mi corazón, sufrirá
Y morirá.

El amor cómo un cóndor volará
Mi corazón, sufrirá y morirá
Regresarás.”

Después de que las alas de Miguel Calero lo impulsaron por los cielos de ‘La Bella Airosa’, sólo le queda bajar la cabeza. La pelota va lloviendo. El tiempo se detiene. El atardecer hidalguino había destilado épica. Crepúsculo de resurecciones, infartos, orgasmos retinianos, jueces prosaicos, y un final de abolengo, de extasis puro, purito. Y fue cuando Calero bajó la cabeza y nunca se encontró con el balón. Qué va. Fue de Calero y lo embocó Mosquera. Fue entonces cuando el fútbol tuvo razón de ser. Para vivirlo.

Estiró las alas en el Valle del Cauca. Surcó los Andes colombianos, desde el Nudo de los Pastos hasta los Farallones de Cali, siempre en vuelo imperial. Las alas bien abiertas. Los ojos febriles; la mirada platónica. Desde lo más alto de la cordillera se postraba para custodiar su terruño. El pico bien apretado, y el plumaje que soportaba estóico el gélido viento andino que se carga criaturas y ciudades ancestrales, pero no a él. Hubo un día en que el cóndor se postró donde germina la Sierra Madre Oriental. Fue ahí donde fundó su imperio más opulento, más glorioso, más legendario.

Suenan las flautas de pan, cóndor; una, dos, tres, multiplicadas por mil cuando su sonido rasposo rebota en la montaña, y se vuelve a multiplicar cuando la cordillera juega a coro. Suenan cuando has estirado las alas por vez última y has emprendido el último vuelo, lejos, muy lejos del arco y la red. Porque es el cóndor. Siempre quiso navegar lejos. Como un cisne que está aquí y se va. No es un hombre atado a su tierra. No es un hombre de sonidos tristes. Porque cuando las flautas de pan suenan él ha volado. No se va.

“Quien sabe mañana donde irás
Que harás, me pensarás;
Yo sé que nunca volverás
Más pienso que no viviré,
Cómo podré.”

El Reloj Monumental de Pachuca timbra la hora. Son las 11.15 de la noche. En Los Ángeles el cóndor vuela. El cazador Donovan hace un ritual rocambolesco de retacar la pólvora en el fusil. Se besa los nudillos. Hinca. Reza. Salta de puntillas, como un bailarín antes de ejecutar un grand jeté. Bam. El cóndor no sólo ataja la posta, la desactiva, la hace polvo. Del suelo se levanta y muestra las plumas, retador. De un lado a otro;  “no, a mí no”. Donovan, desolado, espeta a regañadientes; “Yes I would /If I could /I surely would”…

Los incas creían que el cóndor era inmortal. Cuando éste cóndor sintió que las fuerzas se le acababan se posó en el pico más alto de la serranía, desde donde vio al mundo todo, replegó las alas, recogió las patas, y se deja caer, hasta el fondo del desepeñadero. Su reinado ha terminado. Pero el cóndor no termina de caer. La caída le purga la vejez y le rellena de vida. Antes de tocar suelo despliega las alas, tan largas y majestuosas como son, y hace otro nido, bien dentro de la montaña, quizá más arriba de donde había estado; ahí ha de renacer hacia un nuevo ciclo.

Cuando planeó sobre Torreón un chicuelo lloriqueaba a pie de campo. Detuvo su vuelo, y le entregó sus guantes. Le tocó la cabeza. Sonrío. Y como esa tantas postales como montañas. Inmensas. Quedan. Pero el cóndor ya no está de regreso en el nido.

Porque los cóndores, cuando han pasado, siguen volando. Muy alto.

This entry was published on December 5, 2012 at 7:56 pm. It’s filed under Crónicas fútbol and tagged , , , , , , , , , , , , , , , , , , , . Bookmark the permalink. Follow any comments here with the RSS feed for this post.

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