El cuaderno del bolsón
David-Bowie-1755133

El camaleón biónico

El día que despertó en Berlín tras una juerga de tres noches rebozantes de cocaína fluorescente rebajada en brillantina púrpura, David Bowie perjuró colgar las plumillas. El mecánico repiquetear de la hojalata sintetizada contenida en “Low” convertía cada callejuela de Berlín en un espeso mar de brea lacrimógena. Espeso, espeso. Poco después Bowie pontificó en homenaje de los héroes de un día, los anónimos paladines (entre los cuales no figuraba su reptiliano roomate Iggy Pop, evidentemente) cuyas buenas acciones enarbolaban el mundo post-apocalíptico que se imaginaba. Contuvo la respiración. Contempló su reinado. Sus orbitas oculares no proseguían lógica alguna, el marrón natural viraba a la derecha; el biónico tinto de verdi-azul escaneaba su abolengo. El camaleón ha decidido sobrevivir. Nadie sabe dónde, eso sí.

Bautizado como David Robert Jones, su apellido putativo tiene tintura de épica made-in-Alamo. El mercenario Jim Bowie traficó con fusiles y cuchillos corta-cerdos, de hojas  de punta lanceolada y filo curvo, durante las guerras en Texas entre el México recién independizado y los Estados Unidos en plena maquinación de su imperio de costa a costa. El párvulo David le eligió como prototipo. Su nombre de tópico debía ser punzante, umbrío, épico. Como su música. Aquella que anidaba en su mente y sólo allí.

Después de coquetear con el ‘blue-eyed-soul’ (aquella bazofia que malinterpretaba sólo lo que la idiosincracia afroamericana podía, y debía), el camaleón mutó. Adapatarse o morir, bien rezó su coterráneo Darwin. En el arte de la evolución, el camaleón siempre llevó un paso más. Por eso nunca se extinguió, a pesar de los amagos, de los tiempos impropios, de la música ‘vernácula’. No sólo la piel se le aclaró. El cabello rojizo. Los labios salpicados de rimel. Los párpados tupidos con colorete. De la coraza desgarrada del camaleón emergió un marciano andrógino, secundado por un séquito de arañas siderales, que solía escupir la verborrea, entonces de antaño, de la proximidad del fin del mundo. Alienígena mesiánico, regodeado en sí mismo, Oh, Ziggy. Y que su música, dechada de don celestial (los mesías también tiene jurisdicción en Marte), emanciparía a la humanidad de su aberrante decandencia, en la que él mismo se revolcó. Lo que sí es que Ziggy inmoló todas las cabezas del mundo, sin que éste estallara. Escucharlo era una odisea espacial.

Muchos fueron demasiado mojigatos como para entender la retórica de la música de Bowie y optaban por denostar las formas. La música de los alienígenas-arácnidos quedó desterrada el planeta, pero no del recuerdo de algunos tantos, para quienes el mundo, en efecto, ya se había marchitado hace tiempo. Bowie fue protagonista de otros tantos vituperios, como encarnar a Andy Warhol, vestido de buen samaritano para apuntalar las vomitivas serigrafías-graffiteras de Basquiat, o encabezar un trío que incluía a su esposa, Angie (apaciguen sus malas mentes) y su compadre que se hacía apellidar Jagger, sabrá Dios quién sea. O como volverse a rasguñar las entrañas y que de ellas surja un dandy-alerquín, forjado a la estética de un cabaret de Chicago de la época de la prohibición, que se nutría de pimientos rojos, cocaína y leche. El duque no tenía alma, no obstante su angustiosa voz desgarraba las venas. “Un zombie amoral”. “Un arisócrata loco”, delirante en su fama. Todo mientras su mirada-bicolor-biónica queda fija en la pantalla. Petrifica.

Cuando su voz casi queda sepultada por el polvo blanco que le excitaba, reparó en que se había tomado sus personajes demasiado en serio. Pudo ser el duque azul, magenta, que no blanco. Su alter-ego era una sublimación de su pasión y sus fantasmas. En total desquiciamiento, endilgó que el Reino Unido encontraría el bienestar en un tirano dictatorial, y en Londres saludó a los remanentes de su feligresía con un brazo hitleriano estirado con la palma apuntando al suelo. Viró a tiempo, antes de que su próximo personaje, un castrense de mostacho perfilado y folículos relamidos, uno por uno, a la izquierda, comenzara a baladronearse del mundo suyo. Bowie fue engullido por su ‘yos-externos’; era todos, menos él. La odisea espacial emprendida años antes se había trasladado a su cabeza. “Torre de control al mayor Tom, que hemos perdido a David”.

Tras años de ostracismo, Bowie no tiene más máscaras. Pero sus ojos siguen siendo los mismos desde cuando una travesura escolar terminó con un compás de punta clavada en su retina izquierda. No es ni una máquina, ni un extraterreste, aunque lo pareciera; aunque a él le gustara pensarlo, porque quedó claro que le gusta parecerse a uno. ¿Dónde estamos ahora?, pregunta a base de guitarras misteriosas y zigzagueantes Ziggy-Duke-Bowie. Estamos donde siempre, querido David, donde pareciera que nunca quisiste estar. ¿Dónde estuviste tú tanto tiempo?

This entry was published on January 9, 2013 at 12:45 am. It’s filed under Melodía and tagged , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , . Bookmark the permalink. Follow any comments here with the RSS feed for this post.

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