El cuaderno del bolsón
nixon

Armstrongate

Acribillado por la metralla que David Frost no cesaba de tirotear, -cada palabra retacada de una carga letal de pólvora-, Nixon aún tuvo lozanía para escribir su epitafio; “si el presidente lo hace significa que no es ilegal”. Apunten, fuego. PUM. Descancen. La mirada cadavérica de Nixon se postra a cuadro mientras la luz fundidora de las lámparas le cuecen la frente y el nervio le activa las glándulas salivales. Es un muerto en vida, devorado por su sombra de la que solía regodearse, la que creía impenetrable. Arrasado por la amargura y la derrota. Arruinado por aquel vilipendio venenoso, que corroe las entrañas, cuando uno se sabe pillado ‘in fraganti’. Nixon no existe más. Fue él quién se disparó, realmente.

Lance Armstrong y Oprah Winfrey no están sentados frente a frente, como sí lo estaban Frost y Nixon. Ni se miran fijamente el uno al otro. Ni hay jaloneos ni rezgonas sobre la ponzoña del juez camuflado de periodista y el vacío de la dictadura de la televisión ha acotumbrado a convertir las cámaras en un diván, y a vender la terapia íntegra como espectáculo. Tras haber sido pillado, el acusado tiene derecho a la defensa y se le concede el uso de la palabra; aunque en televisión todo lo que diga, y lo que no diga, puede ser usado en su contra. Un arma de doble filo. Cada palabra es trascendente, y trascendental. Y cada gesto, lo más.

Paso 1 de la redención. El acusado inmediatamente está en situación desfavorecedora. Está expuesto. Sin coraza ni corsés. Es carnada. Él se interpreta a él mismo. Él y su circunstancia. Él y sólo él. El inquisidor obtiene un rol supremo, además de la autoridad moral que le supone el poder de hacer preguntas a despecho, representa a toda la sociedad que está pasmada ante el televisor. Es su portavoz. Hace las preguntas que todos habrían hecho de estar en su lugar.

Paso 2 de la redención. Superado el escrutinio del preludio, el detestable condenado debe reproducir el discurso ensayado. La rendención colectiva comienza con la confesión, y evoluciona a medida que el imputado es capaz de convencer que la historia contada era demasiado linda (o perversa) para ser realidad. Afrenta compleja.

Paso 3 de la redención. Nunca, y bajo ninguna circunstancia, dar la razón al verdugo. Ello significaría otorgarle aún más poder del que ya poseé, además de que, como en los videojuegos, el acusado no cuenta muchas ‘vidas’ como para regalarlas a diestra. El resto del proceso requiere de perspicacia y persuasión. De argumentos tan bien construidos que no exista mente humano con el conocimiento suficiente como para refutarlo. Y suerte. El perdón, de corazón, es tardío. A veces, ni siquiera llega.

“¿Por qué no quemó las cintas?”. Frost desgasta la bomba cuando las tropas avistaban el alba. Cuánto habrá deseado Armstrong que la pregunta inicial de Oprah fuera una adaptación: “¿Por qué no quemó a sus compañeros de equipo?”.  Garganta Profunda Landis,  Zabriskie, et al., no habrían cantado. Todo habría sido más fácil. Sin el corsé del monosílabo rotundo que sí ató de manos a Armstrong, Nixon devolvió la cortesía con un eterno soliloquio de quince minutos, en los cuales deambuló desde sus años primerizos en política hasta en su vida placentera en la Casa Blanca. Pero nunca mencionó las cintas, ni algo que tuviera que ver con ellas. Nixon salió avante los primeros rounds; el correcto trabajo de cintura le permitía esquivar los ‘volados’ estériles que detonaba Frost. Armstrong se acurrucó en su pena y aceptó toda diatriba.  “Sí”. Seguido de otro ‘sí’. Y otro. Y otro. No se defendía. No lo quería. Se regodeaba en la liberación de su verdad.

Max Webber entendía la moralidad como la causa de un efecto. Si se compromete con un fin, entonces deberá comprometerse con las causas hechas para que ese fin se realice. Kant creía en el imperativo hipotético: “lo moral es aquello que sea relevante”. Desde ambos puntos, la ‘rampante inmoralidad’ de Armstrong y Nixon es injustificable, pero en su moral propia sí lo son. No por nada Gonzalo N. Santos sentenció que “la moral es un árbol que da moras”. Y es que en lógica-Armstrong, hacer trampa es “obtener una ventaja sobre un enemigo”. Pero si todos hacían trampa entonces no hay ventaja auto-concedida. Ergo, no hay culpa. Y si no hay culpa, no se cumple alguna violación moral. Muchos filósofos llamarían esa ausencia de culpa, justamente, inmoralidad. Y es que Armstrong el abandono y la vida de enjundia y dolor le ha eximido de culpa. Por eso, hasta lo inmoral es justificable. “Las drogas sólo eran para competir”.  Al menos no se auto-indultó en pretexto de su condición de ex semi-dedidad: “si yo me dopo, significa que no es ilegal”.

La retórica de Nixon deja en ascuas, incluso a sí mismo. No sabe lo que dice, pero lo dice bien. Armstrong es conciso. Cada palabra un suplicio demoledor, al menos para el ciclismo que tanto dijo defender. Nixon enamora. Algunos miembros del staff de producción caen en el hechizo; “si volviera a ser candidato a la Casa Blanca, sí le daba otra chance”. Armstrong causa repulsa, no tiene más chances. No le creemos nada ya, pero sí lo que dice ahora. De Armstrong ni siquiera estamos seguros de que ostente la marca indestructible más mentiras en menos tiempo; seguro ya se la habrán arrebatado. Al fin, de ‘Liestrong’ a ‘Livestrong’ sólo hay una letra de diferencia. Frost analiza. Oprah calla. Nixon se seca la frente. Armstrong se pone la mano en la barbilla. Nixon se aclara la garganta. Armstrong enrojece los ojos. Los dos son víctimas. Se presentan como un Cristo crucificado aguardado por la rendención. Piensan que la víctima son ellos, en lugar de los victimarios.

Y de repente todo se desmoronó. Nixon mordió el anzuelo. Son Haldeman y Ehrlichman, sus compinches, los ‘ciclistas de la generación del EPO” de Armstrong. Encubiertos. Tapados por su silencio. Razón de su caída. “Lo que hacían no era criminal”. Eso creía Nixon. “¿En determinadas situaciones el Presidente puede decidir sobre los intereses la nación y luego hacer algo ilegal?”. Todo sea por el bien del país. Pragmatismo. Supervivencia. Silencio. Armstrong ya no es más ‘Lance’. Agacha la cabeza ligeramente, endurece la mandíbula, abre los ojos; “me dopé por ambición”. Todo sea por ganar. Todo. Ni el país ni el ciclismo son importantes ya. Nunca lo fueron. Una palabra los une a ambos, y recién la dijo Armstrong. El rostro compungido de ambos, arrasados por la zozobra, es la efigia de su derrota. De su imperio derruido.

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No faltaron quienes, desencantados, mientras Nixon abandonaba la Casa Blanca en helicóptero, mascullaron el fin de un país y el renacer de otro. A Nixon le pudo la desgana, y escribió un libro de memorias a forma de epitafio. Poco después murió de cáncer. De cáncer. Nadie le extrañó. Nadie creyó digno recordarlo. Nadie lo reverenció. Porque su legado fue que no hubo legado. Armstrong sobrevivió al cáncer, y después murió. Nadie le extrañó. Porque de su legado ingente, que era inmaculado, no queda más que añicos. Añicos que, además, son una ilusión tan grande como lo que algún día ‘fue’.

Imágenes de: dailycaller.com / onlyoldphotography.tumblr.com

This entry was published on January 21, 2013 at 11:00 pm. It’s filed under Deportes, Política and tagged , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , . Bookmark the permalink. Follow any comments here with the RSS feed for this post.

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