El cuaderno del bolsón
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Copitas metepequenses

(Pie de foto: visión de la fuente central de la Plaza de Juárez tras cuatro dosis cuasi letales de alcohol marca ‘Giaré’)

En los límites de “Toluca la Bella” (como alguna vez los criollos tuvieron la osadía de llamarle así, por sus afrancesados paseos y esplendorosas postales montañosas retacadas de nieve, sin ni siquiera dilucidar los espantosos infortunios de su futuro); las calles no se vacían. Las arterias se saturan, cual colesterol en un cuerpo regordete que coquetea con la insulina alta y la arritmia cardiaca. Los viernes se tornan insoportables. Más cuando la misión implica dos objetivos preponderantes: seguir vivo y pasar “al otro lado”. La primera significa el “pan de cada día” (oh, gloriosa desventura) para los habitantes de la ahora bulliciosa Toluca. Demasiado selvática y salvaje para ser provincia; demasiado apacible comparada con la insigne metrópoli chilanga ubicada a tan sólo 40 minutos. Selva al fin y al cabo. La segunda: que es “cruzar al otro lado”, tiene una especie de connotación suicida; se obtiene recompensa cuando se llega ahí. Metepec puede valer la pena. Sobre todo si la actitud es de disfrutar la estadía tras la engorrosa migración.

En Metepec la rumba encandila hasta a la inerte Tlanchana, ancestral testigo dominante de la dionisiaca farra desatada cada que día expira. En Metepec se bebe. Y se bebe bien. Quizá, en el interminable jolgorio extendido desde la Plaza Juárez hasta los terruños limítrofes con el Valle toluqueño, subyace alguna explicación lógica del reluciente mote de ‘mágico’ que algún funcionario le ha conferido a nuestro querido y enternecedor pueblecillo…

Algo tiene Metepec, nuestro insigne ‘Pueblo Mágico’ que hace confluir todos los círculos sociales de Toluca y la totalidad de su zona metropolitana. Quizá por eso sea mágico, que no le veo nada más. Tal vez sean sus antros de moda, sus bares regados por todo el centro del viejo pueblo, su encanto de provincia, sus fuentes luminosas, sus fajes en el quiosco del pueblo. Y sí, es un pueblecillo, arrumbado y abandonado en su periferia, pero de corazón esplendoroso. La Plaza de Juárez la adornan una sirena de barro, “La Tlanchana”, figura enigmática rescatada de la última violación colonial a los matlazincas; su diosa de la belleza. En tiempos actuales, una suerte de Dionisio feminizada en cuyo nombre han de brotar cantidades ingentes de agave reposado y vómito altamente corrosivo. “Brindemos por la Tlanchana, pues”. Cuenta la leyenda que su cántico sedujo a la expedición conquistadora española, y que no pocos se lanzaron a las aguas del río Lerma, víctimas de insania. Tan grandiosa es que ni Bernal Díaz del Castillo pudo dedicar algunas páginas a su grandilocuencia. De seguro, cuando habría tenido que escribirlas, optó por visitar el Bar 2 De Abril (cuya fecha de inauguración se remite a aquellas épocas, dicen…); y terminó recostado en un árbol a medio caer, su cabeza vencida sobre su hombro, la boca pastosa, y la pluma entintada.

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La postal recurrente en el Metepec nocturno son los cuerpos pálidos que quedan después de la trasnoche arrumbados en las esquinas. A veces ni tan noche. Dan las 11 y es fácil tropezar con algunos cuantos: botella en mano y un hilito de basca que se desprende de su boca y forma un riachuelo que se desliza por toda la banqueta y desemboca en el asfalto. Más que algunos, algunas. No podría jactarse de una visita en Metepec si no encontró al menos cinco parejas de atractivas chicas (no mayores de 16 años) abrazadas y sentadas en la esquina de un restaurante de gorditas, espetando toda clase de supuraciones de índole pre-coital. En una noche de suerte suelen ser cuatro o cinco. En algunos casos, el botín es difícil de desdeñar (muy difícil). Hacer caso a los piropos conllevaría una extensión del interminable jolgorio metepequense, cuando todos suponíamos que ya había terminado. Las consecuencias de ello ya dependen del criterio de cada quien. Comúnmente son insoportables. Se toma la salida más fácil: espetar la palabra mágica: “va”. Tras dar pie a que el piropo pase al siguiente nivel, no sorprenderse de amanecer en una cama de sábanas blancas (con alguna machinta roja por ahí) dentro de una de esas pomposas mansiones de una zona residencial contigua a nuestra Gomorra. El ritual es común. Voltear a ver a la (o el) (rellene el enunciado con el artículo predilecto) acompañante. Mirarse con el ceño fruncido. Y después de preguntar: ¿qué pasó?, sentenciar al unísono: “pinche Giaré”.

Toluca va a Metepec, y en Metepec cada quien va a su lado. Hay para todo. En realidad, para todo. Pero el baile no es la constante. Metepec podría competir con Las Vegas en ser la capital mundial de la bebida. Sin problemas. Los accidentes de automóvil, producto de la ingesta de alcohol, sobrepasan la media nacional. Además, aquel que salga de su casa un viernes por la noche, advierte a sus padres o tutores con toda seguridad: “llegaré como siempre, no me esperen muy noche”. Salir es sinónimo de regresar pedo. No hay otra opción. O te pones o te ponen. Los padres de familia han tenido que resignarse a esto. Los que no, viven en una total fantasía. Con toda seguridad puedo afirmar que el 100% de los metepequenses que salen a cualquier lugar, dígase antrillo de postín: Classico o Glam, bar arrabalero: Tlanchana o 2 de Abril, bar “con gracia”: Giaré, Libélula; o bar “elegante”, mal llamado por los lugareños “pob” (‘pub’, valga la aclaración); sea donde sea, igual no son pocos quienes yacen inconscientes mientras los barrenderos limpian los remanentes de sus jugos gástricos. Otros, menos afortunados, uluan toda la noche que ‘son unos ángeles’, tumbados boca arriba, escupiendo al cielo (no tengo por qué decir el destino final del escupitajo), queriendo hacer figuras, como en la nieve, en el lodo.

Cada sábado, hasta los árboles que circundan el quiosco de la Plaza Juárez tienen resaca. Se desprenden las hojas; la savia se desliza somnolienta por su corteza. Las parejas de niñas dormitan en santa paz en su cama, (si es que la pesca “piropera” no surtió efectos). Pareciera ser una ciudad aletargada. Al sol le cuesta salir por detrás del Nevado de Toluca. Los barrenderos aún no terminan con su chamba. Y cada quien en su despertar juró, según para siempre: “no lo vuelvo a hacer”. Claro. Si es que la definición de “no” es alguna medida de tiempo, no mayor a dos semanas. Algún que otro tarugo habrá amanecido en su automóvil, si corrió con suerte. Mala fuera si fue bajo de él reposa un acompañante, cuyo nombre (y existencia) no ha de recordar.

La culpa de todo la tienen lugares como el Giaré. Ubicado justo enfrente del benemérito e inmortal 2 de Abril (lugar tan vetusto, donde dicen que Hernán Cortés le puso el cuerno por enésima vez a la Malinche), el Giaré es una de las principales razones de la cruda colectiva los sábados por la mañana. Las mesas de alumnio nunca están del todo limpias. Las sillas, verdes y blancas, salen de una bodega por si la mesa “no alcanza”. Dos baños, un futbolito y una barra triste. Muy triste. Hay escaleras por doquier, aunque el recinto no tenga un segundo pisto (hecho atribuido a algún error arquitectónico, o quizá a alguna suerte de nueva corriente arquitecto-artística cuyo máximo fin sea la incomodidad de los usuarios; auténtica experiencia estética). Además de la música infame (otra característica del Metepec nocturno: los éxitos de siempre mezclados y remezclados por todos los DJ´s habidos y por haber), del Giaré destacan su tan laureado 2×1 en coctelería. Además, los tragos son baratos. Con $100 alcanzan para cuatro “Tequila Sunrise”. Quizá, el precio es acorde a la calidad del alcohol servido. Si la creencia científica de que el alcohol mata neuronas es cierta, propongo la teoría de que el ‘alcohol del Giaré’ mata animales. He llegado a pensar que quizá sea formol. Al menos, desinfecta las tripas de todos los bichos que la mala noche de tacos habría incubado. El mejor remedio para acabar con la ameba que se retuerce en los intestinos son dos osiris del Giaré. De ahí se vanagloria este peculiar lugar; su función es caritativa. Una farmacia, antes que un bar. Curioso sitio; un lugar al que uno puede entrar mal, sentirse mejor dentro, y salir sintiéndose aún peor. Por eso, el Giaré es el lugar predilecto para plañir desamores, y ahogar la memoria de corazones rotos. No hace falta mucho esfuerzo. Dos copas y el cometido habrá sido alcanzado. Eso sí, la botana es gratis. Cuentan las lenguas curtidas que el alcohol etílico servido en las copas de aquel es la razón por la cual Metepec ‘es mágico’. Salir de ahí, y ver los árboles volar y los colores imposibles. Que los interventores del Gobierno Federal quedaron pasmados al escuchar a la Tlanchana susurrarles galanteos al oido; eso sí, tras cuatro caballitos de, digamos, tequila. De ahí el reluciente mote al pueblo, dicen. Es el lugar de donde provienen algunas de las “pequeñuelas” que minutos después habrán de clamar por un poco de amor en el recoveco de a lado. Ahora todo tiene sentido. “pinche Giaré”.

Si no fueron suficientes cuatro rondas de 2×1 (aplicable sólo en la coctelería) en el Giaré, el legendario 2 de Abril (abierto al público un 20 de noviembre, dicen) no es una mala opción para seguir la tanda. El ambiente es distinto. Muy distinto. No más Lady Gaga ni esperpentos semejantes. Es tiempo para un buen corrido revolucionario. O para alguna “pseudobalada” de algún “pseudocantante” con voz salpicada de eterna congoja, intoxicado ‘hasta el dedo’, dirían, y su cántico soporífero que escupe una que otra copla de su autoría; con su cabello grasiento y su camisa larguirucha a cuadros, roída en sus mangas. Pero dentro del bar es una estrella. La máxima estrella. Paredes pintarrajeadas por Pancho Villa, dicen (aunque el bar abrió en 1932). Cubetas que sirven como depósito de jugos gástricos que datan del siglo pasado. Escobas tiradas a medio pasillo. Personajes de 70 años que llevan ahí todas las noches desde hace 30, que cuentan sobre su perro, su cuatro esposas y lo buenas que son las “garañonas”: mezcla ancestral del jugo obtenido de alguna especie de hiervas, sumamente misteriosas, y algún alcohol del cual, estoy seguro, es ilegal en muchas partes del mundo. Ah, “verde consuelo de los bienaventurados y pobres de bolsillo. Bálsamo de los cargadores, los licenciados y los poetas. Verde esperanza que verdemente alumbra con su verdosa flama las entrañas de friolentos y afligidos. Ardorosa seda verde en la honda lengua.” Mientras el trago de garañona va quemando el esófago, no puedo quitarme de la cabeza la imagen de Carlos Hank González, entonando la copla antes escrita en honor al sacrosanto obsequio de los dioses náuhas. La dulce seda verde perfora todo el aparato digestivo.

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(Visión de La Tlanchana ante de ir al Giaré)

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(Visión de La Tlanchana después de ir al Giaré. Noten la proliferación, no intencionada, de números revoloteando alrededor de ella. Sí, Metepec es mágico, carajo)

Si el Giaré es condescendiente con los precios, el 2 de Abril peca de dadivoso. Con un billete de $50 alcanza y sobra para tres garañonas. Suficiente como para ver el mundo de colores: tan rojo como la granadina y blanco como la horchata. La puerta, estilo taberna ‘old-west-style’, no reserva el derecho de admisión a la ventisca que desciende del Nevado. El “aire”, mezclado con el elevado nivel de glóbulos rojos embriagados, activa un botón de “sociabilidad”, comúnmente descompuesto en las altas alcurnias mexiquenses. En algunos casos, lo activa con mayor intensidad, como con las escuinclas que salen a gatas del Giaré. Dentro todos son desconocidos. Fuera, todos son (somos) amigos. Sí, pueblo mágico. Entiendo.

El viernes es tan brutal que los sábados parecen haber sido abolidos. Multipliquemos, ahora, lo descrito  ‘Toluca-Metepec’ x 10000. El resultado: ‘Madrid-Villaviciosa de Odón’. Pero esa, mis queridos y beodos amiguetes, esa es otra historia…

This entry was published on March 3, 2013 at 11:34 pm. It’s filed under Letras and tagged , , , , , , , , , , , , , , , . Bookmark the permalink. Follow any comments here with the RSS feed for this post.

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