El cuaderno del bolsón
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Cómo sobrevivir a un partido de Tercera División

Imagine usted la escena. Fuentes que desprenden chorros de agua, mientras el termómetro marca cinco grados centígrados. El viento polar que acaricia sutilmente las hojas de los árboles. El eco de los pedazos de ramas caídos que son arrastradas por el suelo. Un hombre regordete, abrigado hasta las mandíbulas, que pasea a su terrier escosés. Un niño que juega solo en un columpio colindante con las fuentes. Silencio. Imagine y luego adivine. Seguro estará en lo incorrecto. Son los prolegómenos de un partido de fútbol.

Y vaya partido. Las más altas alcurnias del fútbol no cabrían de regocijo mientras los jugadores del glorioso Villaviciosa de Odón y el no menos eximio Santa Ana arribaban al (¿estadio?) Municipal. Ríos de reporteros se apostaban a las puertas del recinto donde habría de jugarse un partido vital para los involucrados. Vida o muerte. De importancia planetaria. El efervescente ambiente previo al partido me permitía llegar a una conclusión mientras seguía esperando: moriré de aburrimiento.

Lugar curioso es el Estadio Municipal. Las dos gradas están a espaldas una de otra. Frente a ellas sólo existen las vallas de publicidad. Casi tan altas como las gradas mismas. Una de ellas sirve para alojar a las hordas de espectadores que se aprestan a disfrutar de los exquisitos partidos de fútbol 7 amateur; la otra no se da abasto para el gentío, no menos multitudinario, que hinchará por el Villaviciosa contra viento y nieve, hasta que la muerte (o un mejor equipo) los separe. Este domingo la entrada rebasa las expectativas; 35 personas, incluidas dos bebés nacidos probablemente dos días antes, un perro, y dos gatos. Y aún así, el graderío no luce vacío. Todo culpa de la imponencia y monstruosidad del hemiciclo villaodonense. Claro.

Muy curiosas son también las personalidades que deambulan por el campo. Un señor de antojos y melena retorcida no cesa de pendonear por todo el graderío. Sube. Baja. Las manos en los bolsillos de su chaqueta, siempre. Su caminar lisérgico. Como la víctima un sábado de farra etílica en busca de un poco de vida al caminar. También está el rubio escuálido que llegó media hora tarde al partido de su equipo de fútbol 7 y ha sido desterrado a las gradas. No puede faltar la rubia guapa, casi angelical, y su novio fornido que cree que el partido del Villaviciosa era alguno de los de fútbol 7 que se están jugando. Y, claro, los dos hombres, de prominentes estómagos, papadas desbordantes, cabelleras cincuentenarias relamidas, y aliento a nicotina y vino.

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Me he encontrado con el reportero. Entramos al estadio. La taquilla, en la que un cartel anuncia que también podemos comprar boletos para el cine allí, está cerrada. Mentada taquilla se encuentra en una especie de ‘lobby’ (léase, recepción), donde hay tres caminos a tomar: a la derecha, las canchas de fútbol 7; a la izquierda, la cancha oficial, donde los insignes equipos ya estaban calentando, y una escalera que pareciera llevar al inframundo. Elegimos la izquierda. De una caseta de ladrillos surgen los dos hombres de prominentes estómagos, etcétera, etcétera. “Venimos de Onda Madrid”, declaramos al unísono, sin saber bien a bien a quién nos estábamos dirigiendo. “Ah, Onda Madrid. Vale, vale. Pasa y ahora avisamos a la gente del club”, espetó uno de ellos, con voz ronca como un contrabajo sonando, en un castellano semi-inteligible. Nunca supimos si eran porteros, simples y llanos aficionados (teoría más aceptada, tras un par de deliberaciones), o, aún menos probable, algún tipo de colaborador del club. Siendo correcta la segunda opción, el episodio cobraría carácter de inmerecida comicidad, y una pizca de surrealismo. Bordeamos las gradas rebosantes de peñas (sí, claro) hasta llegar a una de las dos cabinas de radio disponibles. Allí esperamos quince minutos, sin que nadie del club se apareciera. “Vaya, así es esto”, sentenció mi compañero reportero. “Que acá hay que buscarse la vida pa’ sobrevivir, que nadie te ayuda pa’ nada”. Venga, primera clave para la sobrevivencia.

Bajamos al campo donde encontramos a los preparadores físicos de ambos equipos que charlaban muy amistosamente entre sí. Preguntamos por las alineaciones. “Vayan abajo, allí las tienen”. Entramos a un pasillo que en su entrada tenía un letrero que rezaba: “sólo jugadores”. Nos encontramos ahora en un pasadizo en penumbras; los ladrillos rebotaban el frío, el vientecillo gélido se mezclaba con el vapor que emergía de los vestidores. Caminamos impulsados por el sentido común, y llegamos a las oficinas. Un cuartito no más grande que una portería; dos mesas, dos ordenadores, tres sillas, una impresora, una señora a quien pedimos las alineaciones, y dos ‘chavales’ que nos indican la posición de cada jugador. Ah, claro. Se nos olvida. ¿Podría abrirnos la cabina de radio? “Claro, en un momento”. El momento, transformado en diez minutos soporíferos.

Vaya usted a pensar qué se debe hacer cuando la conexión RDSI no marcha en los primeros siete intentos. Alguna confabulación de las constelaciones zodiacales. Y si para confabulaciones estamos, la del clima se erige como las más cruenta de todas. El reportero respira profundo, se apercibe tranquilo. Claro, después de cada “joder” vociferado tras un enlace radial fallido. “Esto pasa muy seguido. Casi siempre”, cuenta resignado mientras intenta explicar el funcionamiento del aparatejo aquél y la dinámica del programa para el que ha de trasmitir, si Dios, los astros y la conexión se dignan, claro está. Nos acompañan en la cabina un señor muy simpático, grande, de manos gruesas, una calva rodeada por bosquejos de cabello color ceniza, y su hijo, una versión de él 50 años menor. Es cronista para un periódico local de los partidos del Santa Ana. Versado como nadie en la actualidad del plantel, sus estadísticas, el esquema táctico, el aniversario de cada jugador y su talla de ropa interior. (Quizá lo último no, pero no lo dudo). No hay nadie que sepa más en el mundo que el Santa Ana. (Quizá porque no hay nadie más que sepa algo del Santa Ana).

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Y ocurrió que la línea RDSI funcionó tras la enésima ronda de intentos. La cabina más helada que una noche lapona, tres asientos rojos sobre una tabla de madera y par de conectores arrumbados. Un ultra del Villa, y sólo uno. Muy animoso. Su tambor solitario rompe el silencio. El huraño que masculla improperios a cada soplo glacial. La afición (léase, familiares) del Santa Ana, primero volcánica, luego indignada. La energúmena que rompe el récord mundial de supuraciones satánicas vociferadas en menor tiempo posible. La segunda energúmena que rompe el mentado récord al recriminarle a la otra su ‘escasa educación’. Un tercero que amaga con un infarto al miocardio a cada yerro arbitral. Las rezongas. El reguero de pipas a medio comer. El chocolate amargo e hirviente. Los bocadillos insípidos. Los gritos del reportero que rebotan en los vidrios de la cabina y retornan a mi tímpano a manera de un molesto zumbido agudo afinado en La menor. El crack del Villaviciosa que salió lesionado en el entretiempo y se sentó en la grada a ver el segundo. El único ‘recogebalones’ que salta paredes en búsqueda de los petardos volados. El partido que se demora porque el susodicho aún no llega con el balón de vuelta. El mismo recogebalones que persigue a un perro para que no se meta al campo. El árbitro que se marcha increpado por la “masiva” y enardecida afición del Santa Anna que le despide con una bocanada de recordatorios maternales y torpedos salivales. El cronista que primero le adula y luego salta furibundo de la cabina, baja las gradas a toda prisa, y le grita en la cara, para luego regresar a su puesto de trabajo.

¿Y el partido? Ah, claro. Terminó 2-1 a favor del Villaviciosa. Podemos morir en paz, que hemos sobrevivido. Con semejante espectáculo de trasfondo, hombre, ¿quién podría morir de aburrimiento?

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This entry was published on April 17, 2013 at 9:48 pm. It’s filed under Crónicas fútbol and tagged , , , , , , , , . Bookmark the permalink. Follow any comments here with the RSS feed for this post.

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