El cuaderno del bolsón
REAL MADRID BORUSSIA DORTMUND

Westfalia toma Madrid

Acto 1. El pelotón germánico abarrota el gallinero. Amarillo. Negro. Lanzan el grito de guerra: Der BVB, der BVB ist wieder da! Ooooo ist das schön”. Surcan Europa, todita. El cause de Dortmunder burbujeante desemboca en el Manzanares desde el Ruhr. Y empapa la Plaza de España hasta el Prado y confinidades. Y mucho más allá. La milicia negri-áurea desfila opulenta hacia La Castellana. Con sus insignias suntuosas, “BVB” sobre un fondo amarillo. Y sus voces. Y sus bufandas. Y sus vítores. Sus himnos entonados con mano en pecho. En corazón.

Ocurrió que la noche de Chamartín, bosquejo de épica, se evaporó en la congoja del último aliento antes de morir. Que el mítico Madrid de las remontadas feneció con las manos marchitas y el rostro adusto, embarrado de barro y golpeado por el sol. Pero su corazón, gigantesco, no fue arrancado. Murió en él, y con él. Con la mano apretada en él, a pesar del desangre. Y que el Borussia, eximio dictador de Westfalia y alrededores reclama su sitio en la corte punta de bramidos atronadores, que rebotan en las paredes del estadio que se convierten en amplificadores, y una pizca de fútbol. Qué va. Un tallo de buen fútbol. El Santiago Bernabéu habló alemán, sólo cuando la esperanza moraba en el catálogo de utopías, cuando mediaba el primer tiempo y cuando el pito de Webb decretó el funeral. Un pedazo de la Gelbe Wand, extirpado del Signal Iduna Park fue insertado en el Fondo Norte del Bernabéu. Allí seguía brotando el cauce del río; se lo bebían a raudales. Pröst.

Acto 2. Mario Götze se fue de Varanne. Y de Ramos. De Xabi Alonso. La rodilla de Mario Götze se pulveriza. El embrujo del crío, esculpido a cincel y mármol en el parvulario del BVB, petrificó al Madrid en Dortmund. Exiliado de la batalla, Klopp coció a Grosskreutz como parche. El traje de gala, lustrado para la cita de Wembley, corría riesgo de percutirse. Y ello parecía. El Madrid fue un vaivén de olas tsunamiescas que se recogían desde la Castellana y se descargaban furiosas sobre el arco del ofuscado Weindefeller. En plena tormenta Özil calibró mal la mira, y marró el segundo capítulo de la nueva epopeya homérica; el primero ya había sido triturado por Higuaín. Fue entonces cuando una maniobra circense del mortífero Lewandowski resultó un dulce engullido por Diego López, acto previo a una reedición de la misma jugada, con idéntico resultado; Weindefeller repelió con el torso la querella contorcionista de Cristiano.

El Madrid quedó pálido. Blanquísimo. No faltó mucho para que Diego López tejiera, en sociedad con Lewandowski, un nuevo lienzo para los muros evangélicos del Reinoldikirche. O cuando la pólvora del polaco apuntó a La Zarzuela, y el sismo resultante de 4º Richter fue la confirmación de que no había daños cuantiosos, aún a pesar de las astillas que seguían volando. Aún. Sólo la moral machacada. El reloj asfixiante. Los susurros. Su eco. A continuación, una catarata de tribulaciones. Las concupiscencias de Ronaldo, extraviado y extraño. La caricia ponzoñosa de Benzema que sacó al Madrid del estado de coma. Klopp y los principios de un aneurisma. La electricidad de Kaká. Ramos y un misil henchido de furia, y esperanza; propulsado por un pie y millones de gargantas. Y un último respiro, el último signo vital en el electrocardiograma, cuando el incólume Ramos imaginó la historia más fabulosa de todas; cuando la pelota se marchó triste por la línea de meta. Cuando los ojos cristalinos… Cuando el temblequear de los corazones ya no resuena… Cuando un chirrido indica que todo acabó. Cuando notamos cuán lejos estamos de cuando todo parecía tan cerca.

El Madrid nadó, naufragó, resucitó, y murió en la orilla. Cuando sus uñas arañaban la arena. Aferrado al recuerdo enternecedor de su linaje, de Pirri y de Santillana. A la magia de sus noches apoteósicas, vueltas de antaño, recubiertas de polvo y barro, de humaredas y sollozos. De encanto. Aprisionado a su sueño, al de siempre. Al que aún revira, aún muerto, aún vivo, aún resucitado. El Madrid murió en la orilla, pero no. Porque vivimos de y por sueños. “Y los sueños, sueños son…”.

Y la Mahou mezclada con la Dortmunder, que siguió burbujeando toda la nocheEl cause etílico regresa de donde vino. Las aguas vuelven a normalidad apenas los caudillos de Westfalia han marchado a sus aposentos, victoriosos y vitoreados, con miras a Wembley, tierra prometida, al fin; tierra de reyes, de mitos, de forjas. Pero sus voces resuenan aún. En La Castellana, y más allá. Resuenan. Eco. Wir halten fest und treu zusammen. No se van. No se irán. Que Westfalia ha tomado Madrid.

Epílogo. Y sí. Hubo arcos de repuesto. Por si las dudas.

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This entry was published on May 1, 2013 at 5:31 pm. It’s filed under Crónicas fútbol and tagged , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , . Bookmark the permalink. Follow any comments here with the RSS feed for this post.

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