El cuaderno del bolsón
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El Amstel azul. Noches estrelladas y el tiempo amsterdamés

“And time is on your side
Is on your side; It’s on your side now
Not pushing you down, and all around
No it’s no cause for concern”

Fue en la Ámsterdam de los canales resplandecientes al alba, calmos a la madrugada; la espléndida Ámsterdam, la Ámsterdam de las callejuelas deslumbrantes de neón carmesí, pestilentes a cebada fermentada en opio; la de los callejones como muelles y los senos embadurnados de colorete restregados contra los cristales; en la Ámsterdam de los edificios marrón de tejados triangulares, brutalmente apretujados uno tras otro, como insertados por la fuerza. La de las Tres X’ de San Andrés que emperejilan el vetusto escudo de armas de la ciudad (nada es casualidad). Ahí, donde el viento dobla sobre los diques donde las gaviotas moran. Canales de lúpulo. Ríos de espuma. Fue en Ámsterdam donde un clamor que retumba imperial desde Bijlmer, replica en las destartaladas campanas del Oude Kerk y desde la punta de la Torre Munttoren baña enterita Europa, con escala en Londres, por Kensington, Notting Hill, Fulham y linderos. Pues es Europa, tierra conquistada, campo fértil de gloria, a donde el alarido soberano ha de impregnarse. Por los campos de tulipanes de Zaadam se pasea un rey, de sangre muy azul, que se gusta y sabe bien lo que es. “We know what we are. Champions of Europe. We know what we are”.

El cause burbujeante del Támesis desemboca en el Río Amstel. Guiados por el fluir bravío, los navíos londinenses anclan en Die Wallen. De Lisboa zarpa la flotilla lusitana, ignorando los trazos de Vasco Da Gama. Torce por el Mar Celta, vira hacia el Canal de la Mancha y fondea las playas de arena cristalina del Mar del Norte, internada sobre la Bahía del IJ. Todos los canales llevan a la espléndida Ámsterdam. Por la calle Danmark la flotilla lusitana se pasea campante, desperdigada. Un par charlan sentados en un café con la pinta de Amstel a rebozar. Otros tres miran al canal mientras enarbolan sus bufandas rojizas-anaranjadas al sol. Un águila imperial la adorna. Y otro joven espeta furibundo ‘BENFICA’ al aire, blandiendo un cigarro en una mano y una lata de Heineken en la otra. El alarido es replicado al otro lado de la calle: BENFIIIIIIIICA; es un chico moreno, con las manos apuntando al cielo mientras abre la boca tan grande es y la garganta le tiembla y la voz se le parte y hace eco en el agua de los canales. De toma y dame. Tenis de alarido. BENFICA. BENFICA. De banqueta a banqueta. Hasta que alguno le reviente la cuerda bucal, o su andar ya no sea rastreado por la vista del otro. Así fue. El clamor desapareció en tanto ambos siguieron caminando por Danmark en direcciones opuestas, esquivando vendedores de bufandas mal tejidas y el reguero de latas exprimidas de cerveza.

Cientos de voces resuenan frente al Grasshoper, a orillas del canal Danmark. Se escuchan desde Amsterdam Centraal. Quizá se escuchen hasta Londres. Tan estruendosas son que forman una marea, cambian el flujo del canal, arrastran las balsas que navegan hacia The Eye. Un niño abrazado a su padre observa el bailotear etílico de diez (quizá once) hombres cuya ‘blue’ está empapada, pegada a sus torsos. Y otros tantos que beben sonrientes y alguno que canta tibiamente. El padre le carga con un brazo. Con el otro manotea al infinito. Su voz se mezcla con la de los otros. La policía montada que vigila el jolgorio. Un automóvil que pretende dar vuelta en medio del ritual. El BUUUU unánime, espeso. Y las gargantas desgañitadas mientras una bandera azul ondea de la puerta del Grasshoper, de donde decenas más salen con dos cervezas en cada mano. “From Stamford Bridge to Wembley, we’ll keep the blue flag flying high”. Ondeaba. Opulenta. Majestuosa. Impulsada por el canto. Por el vaivén de las manos y las bufandas. Por los chorros infinitos de espuma.

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Llueve cerveza en la Plaza Dam. Los leones de piedra blanca que custodian el Monumento Nacional están bañados en caña. De un lado, que mira hacia el Palacio Real, se aposta el Grupo Lhoca benfiquista. Calmos. Beben su Heineken mientras revisan su móvil y aprietan el botón de captura la cámara fotográfica. Del otro, frente al Majestic, danzan y cantan en torno a un charco de cerveza una docena de ingleses desaforados, frenéticos. Uno exhibe su torso tatuado por dragones. Otro se golpea la cabeza con una lata vacía. Alguno baila como en un club de mala muerte de Brixton. Otro más lanza una pelotita gris que no debe caer el suelo. El juego se expande a la terraza del Euro Pub, donde no cabe un solo cliente más. Las suelas de los zapatos que se quedan pegadas en el suelo; como caminar sobre una calcomanía gigante. Los ríos de cerveza que brotan entre adoquines. El mar de latas destrozadas y cristales que hace no mucho formaban botellas. A cada pisada algo truena. No importa. La cerveza sigue lloviendo. Los cristales se hacen añicos. Ellos siguen brincando, cantando rotundos el ‘Follow, Follow, Follow’, con melodía rag, cortesía de Scott Joplin. 

“E Pluribus, Unum”. Son miles. Y son como uno. El águila imperial les engalana las espaldas bermejas. Sus voces son como una. Los túneles del subterráneo encapsulan el bramido atronador y multiplican el eco. Frente a las máquinas que escupen los boletos para los trenes se ciernen cinco, quizá seis, filas amorfas. El gentío no cesa de cantar. De alzar los puños. De girar las banderas por los aires. De saltar. “Benfica és a nossa fé”. En bucle marca Pet Shop Boys. La cadencia de la melodía, y la interpretación a corazón abierto, es enternecedora. Y las máquinas que trabajan a marcha forzada. Los cánticos incesantes, retumbantes. El grito tímido de una mujer inglesa que corta de tajo la inspiración lisboeta; vigilada por su marido, quien la secunda. Sus ojos cansinos y su cabello arremolinado, desteñido. Sus ‘blues’ escondidas bajo el chándal. “CHELSEA. CHELSEA” vociferan a duras penas, como si su voz fuese tragada por ellos mismos. Carcajadas a su alrededor. Siguen. No se rinden. Silencio mientras todos les escuchan; los ancianos gallardos cuya voz resuena disidente en medio del agitado mar ‘encarnado’. De todas las voces que se hacían una, eran dos que se hacían muchas. Cantan en azul. Se les agota el repertorio, prosigue el jolgorio benfiquista. “You cry for Mourinho. BUA. BUA”,  se mofa un joven mientras se talla los ojos falsamente, con la bandera del águila atada a su cuello, a la insensata pareja. La tertulia quedó instalada. De Rafa Benítez a Mourinho. De Lampard a Aimar. Y el nombre de Benítez coreado (por portugueses, abucheado por azules) bajo la melodía de La Donna É Mobile. Y una copla estentórea, atestada de optimismo, que anunciaba las increíbles hazañas de un camponeveño a quien sus enemigos deberían de temer: ‘Tacuara’ le llaman, Cardozo le reverencian. Y la caballería roja que descendía de las escaleras y robustecían el vítor. Y el inglés furtivo, con los pómulos colorados, la dentadura triturada y el cabello mal cortado, que gritaba escupiendo ‘¡CHELSEA!’ en la cara de un chico que no cesaba de triscar. CHEEEELSEAAAA. El otro reviraba, también empujando su aliento a la cara del otro: BENFICAAAAAA. Golpe tras otro, sin manos. A pura voz.

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Y el vagón del tren pinto de azul. El hombrecillo fatuo, con cara de niño, que golpea el techo a cada compás del canto. Apretujados todos, como metidos a la fuerza en la Recamara de Van Gogh. Un alfiler más y el vagón revienta. Y el señor desenfrenado y despeinado, de cabellera color ceniza, con mochila al hombro, que abraza a su mujer mientras goza cada nota que emana de su garganta. La furia: “We don’t care about Rafa. He don’t care about us…”. El amor que vuelve: “José Mourinho, José Mourinho” (en tono La Donna É Mobile, de nuevo). La opulencia: “We know what we are, champions of Europe, we know what we are”. La esperanza: ‘CHELSEAS’ coléricos entrecortados por un respiro. El hombrecillo con cara (y pose) de Golum, que sostiene su vaso desbordante de cerveza como su anillo mientras subido al asiento y sujetado al tubo del vagón toma la batuta y dirige el coro. Mueve los brazos de un lado a otro; “entras tú, ahora allá atrás, ahora quiero un cierre fuerte”. Su inglés zarrapastroso se vuelve inteligible. Está ahogado. Cada que el tren se detiene su vida corre peligro. Todo mientras la espléndida Ámsterdam se vuelve una composición de Mondrian, va quedando atrás, difuminada poco a poco por el avance incontenible del tren, y los árboles que la alejan hasta dejarla en el horizonte, irreconocible.

Por Bjilmer descienden oleadas azules y rojas. Las tiendas de artículos conmemorativos están abarrotadas. Los dispensadores del FEBO están vacíos. A la carne hamburguesa con queso le falta cocido, demasiado rancia. La frikandel está demasiado tostada y salada; la pinta de Amstel rebaja el sabor. Por el Kranten Pub desfilan hooligans solitarios y abnegados, capaces de sostener un vaso de cerveza en cada dedo. Una rubia como una gema, pintada con maestría por Rubens, ordenaba su pinta mientras su padre la vigila celoso desde el pórtico. Y el portugués que ondea su bandera gigante golpeada por el sol, el mástil que se le tuerce, el ondeo pesado, denso. Un grupúsculo de ingleses que buscan ‘confirmar’ mi nacionalidad portuguesa. La barra del FanFest despacha cantidades industriales de cerveza; imposible llegar a ella, el barullo, la tardanza y el olor a salchicha pútrida son motivo suficiente. Cuatro chicas angelicales, imaginadas por Van Dyck, trazadas a pincelazos sutiles, cadenciosos, atienden la tienda oficial apostada frente a la puerta G; se me ocurrían un par de piropos que ruborizarían a la Joven de la Perla de Vermeer. Una marea roja que avanza incontenible hacia la puerta H. El sol que cae mientras la sombra de los edificios nos baña y resopla un vientecillo bífido, dulzón, que acaricia la piel con finura.

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Los taburetes multicolores del Ámsterdam Arena brillan a la luz del crepúsculo. Exiliado a los confines del sector 402 se halla este cronista que lidia con un parisino insípido, dos benfiquistas pasmados, y dos ingleses parvos, aunque bonachones, y sus miradas fijas, adustas, como los Síndicos de los Pañeros; sin contar, claro, al británico que cayó un par de veces mientras subía las escaleras y gritaba hacia cualquier parte, como si algún fantasma le hubiera tirado, con su hot dog aderezado de polvo en la mano. El mismo que vio veinte minutos de partido sentado en la escaleras. Y los minutos que fluían como el agua corre por el Singel. Y la melodía de la Europa League, que suena a Tex van Delden. Y bocanadas de fútbol. El eterno esquivar de Torres cuando las puertas del Westerkerk se le abrían de par en par. El obús de Cardozo, como disparado por un navío de Magallanes, que hacía valer las profecías del subterráneo. El testarazo de Ivanovic, impulsado por Béla Guttman; juro haber visto su espectro fantasmal, su sonrisa burlona, de dientes afuera y mejillas contraídas. Porque en Ámsterdam el tiempo siempre está del lado de quien lo busca. Un cuadro pintado por Vermeer; una carta de amor, escrita con laúd en mano, con sello postal a Stamford Bridge. Y la noche pintada de azul. Una ‘vangoghiana’ y sobrecogedora noche estrellada.

Son las 12:30 de la noche. El Café de Zeemeeuw está por cerrar. El techo está tapizado de decenas de playeras de fútbol, del Ajax, del United, del Celtic, del PSV, del Madrid, del Bayern, de todas épocas, todas firmadas. Maggie desembucha las últimas pintas de la velada. La cerveza cae del grifo violentamente sobre el vaso. La espuma se forma. Se condensa. Se apacigua. Dos focos alumbran; estoy inmerso en un claroscuro de Rembrandt. Las mesas de madera carcomida. Los rostros tomados por la oscuridad, los torsos delineados por la luz tenue de las lámparas. En la mesa del rincón dos tórtolos no cesan de contemplarse mientras musitan en holandés. Mientras, por las bocinas suena Coldplay; la voz nasal de Chris Martin reza que el tiempo, cuándo no, está de tu lado, no empujándote al precipicio. ¿Tiempo? AH, siempre hay tiempo. Basta un segundo. Más si eres del Chelsea y tu torso es tan azul como el cielo tormentoso sobre los campos de trigo que pintó Van Gogh a brochazos robustos. Al final de la barra cinco ingleses, maduros y simpáticos de sangre azul, coquetean con la sexagenaria Maggie, cuyo semblante malencarado cambia en cuanto entiende el piropo. Hasta sonríe. Uno de ellos se acerca a la computadora que reproduce las canciones y las envía a las bocinas: teclea Rod Stewart: “Wake up Maggie I think I got something to say to you”. La toma del brazo y dan un par de vueltas frente a las botellas de ron, a lado de la barra rebosante de migajas de pan, custodiados por la penumbra. Sus comparsas acompañan el canto de Rod mientras alzan sus pintas en salud al rey de Europa. Cuando el baile termina, una pareja, también del Chelsea cruza la puerta del café desde la calle; Maggie les niega la entrada: “I’m closing”. Y es entonces cuando Maggie acuerda el epitafio de la noche, el grand finale. Por las bocinas suena ahora Queen. “We are the Champions, my friend…” Y se abrazan. La cuenta de 110 euros no importa ya.

Todos los ‘coffee-shops’ están cerrados, menos uno, justo a lado de un cine porno, de frente a un canal donde dos cisnes nadan. Del coffe-shop entran y salen montones de ingleses que han rayado ya la cara A del News Of The World. Sus gargantas rajadas. El tufillo a hierba que se propaga en tanto las puertas se abren. La penumbra verde que se cuela por las ventanas enmarcadas. Los ríos de cerveza que siguen fluyendo. El enésimo canto de victoria. Los dos holandeses que ven portugués (otra vez, quizá desconozca mi perfil lisboeta) y me piden dinero para conseguir otro porro. La noche azulada en Warmoestraat.

Tras tomar el taxi de Frank, quien no cesa de discutir conmigo el funeral del tiki-taka barcelonés, camino por los recovecos de Die Wallen. Alumbrado por el neón carmesí, el Oude Kerk vigila majestuoso la espléndida Ámsterdam que duerme bajo el velo de la noche. Las estrellas se duplican en el agua de los canales. Y la noche se funde en el río Amstel. Y los cantos aún replican en las campanas de San Nicolás y los pasadizos de Ana Frank. El canto del tiempo que está de su lado. En Ámsterdam, ya lo canturreó algún londinense haya tiempo, siempre es así.

This entry was published on May 25, 2013 at 3:22 pm. It’s filed under Crónicas fútbol and tagged , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , . Bookmark the permalink. Follow any comments here with the RSS feed for this post.

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