El cuaderno del bolsón
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Cinco ‘sietes’ de épica

Siete. Siete son los días de la semana. Los colores del arco-iris. Los pecados capitales. Los mandamientos y los sacramentos. Los mares que surcaban los navegantes de antaño. Las maravillas del mundo antiguo. Siete son los días de la creación. Las notas musicales. Siete son los infiernos de Dante. Los cuerpos celestes que iluminaban las noches arcaicas, y que indicaban que había algo más, allá fuera: de la Luna hasta Saturno. El número bíblico de la perfección; de la plenitud. Del misterio. Y de la magia. La estrella de seis puntas y el centro: el equilibro absoluto. La totalidad. Siete.

Y siete fue el número que adornó las espaldas de un refinado y rechoncho ‘fransuá’ minero que “la pisaba, y la pisaba, y nunca la perdía”. Siete el que acompañó el espíritu incombustible de un Juan tan gigante a pesar de su diminutivo. El que engalanó los amagos y la épica de un Buitre y su Quinta. El que atestiguó cómo un “ángel” besuqueaba su anillo a cada conquista. Siete el que hoy decora el dorso de un apolíneo y colosal lusitano, que desembucha obuses incendiarios y picotazos a racimos.

Siete. También es el número épico del Real Madrid.

Un Napoleón de blanco 

“Si no creces no podrás jugar al fútbol”, le dijeron los jueces al bisoño Raymond Kopaszewski el día que se presentó en un concurso de ‘jóvenes talentos’ organizado por la Federación Francesa de Fútbol. Bajo el negro carbón de las minas de Calais germinó el pequeño Raymond, curtido a palas y picos, entre las tinieblas, el sofoco, el miedo. Vivía de una pensión, producto de un accidente que le hizo perder un dedo a los seis años; igual seguía enterrando sus manos en el carbón para sobrevivir junto a su familia de inmigrantes polacos.

Sí, muy pequeño era. Se lo seguían reprochando aún cuando decoraba la plantilla del Noux-les-Mines, de la tercera división, presidido por el jefe de la mina donde trabajaba. La profecía perniciosa jamás se cumplió. El tozudo Raymond, ahora apellidado ‘Kopa’ una vez tramitada su nacionalidad francesa, había escalado hasta al SCO Angers; tenía 18 años. Dos después fue contratado por el Stade de Reims, exultante dictador del fútbol francés por aquellas épocas. Fue a orillas del Marne donde Kopa descorchó su burbujeante y refinado ‘fútbol champagne’; plagado de amagos, ‘pisadas’, caricias, brío, goles, gloria. Enfundado de rogue-et-blanc, ‘Napoleón’, como ya reverenciaban en honor a sus dotes de liderazgo (y su talla), conquistó dos ligas y el subcampeonato de Europa.

Fue en el Parque de los Príncipes, la turbia noche en que el gol de Rial consumó la apoteósica remontada que forjó ‘la primera’, cuando Kopa jugó su último partido con el Reims. Su rival de aquella noche le ficharía pocas horas después de la final. Un número le fue asignado; el ‘7’ le cubría todo el dorso. Y fue entonces cuando el ‘fransuá’, como era conocido en los submundos de los vestuarios de Chamartín, siguió descorchando su fútbol a raudales, custodiado ahora por DiStefano, Rial, Gento, y Puskas (llegado a Madrid un año después que él). La cosecha se hizo inmensa: dos ligas españolas, tres Copas de Europa, aunado al Balón de Oro, embolsado por su pletórico 1958, año en que comandó la incursión francesa a Suecia, saldada con el tercer lugar mundial. Partió de Madrid en 1959 para regresar a la riviera del Marne. No a Santa Elena. Que fue un Napoleón, muy blanco, azul de vez en cuando, y sin Waterloo.

El espíritu ‘maravilla’ 

2 de abril de 1992. Un automóvil cruza por la madrugada cerca de Calzada de Oropesa. Juan Gómez González duerme en el asiento del co-piloto. Conducía Miguel Ángel Giménez, fisioterapeuta del Mérida. Delante de ellos, un camión que transportaba troncos volcó. La carga quedó desperdigada por el pavimento. Giménez no logró maniobrar. El coche impactó de frente a otro camión por el lado donde viajaba ‘Juanito’. El día antes se había detenido en Chamartín para presenciar un Real Madrid-Torino por la Copa de la UEFA, y de paso, saludar a sus excompañeros. Para despedirse de ellos, sin saberlo.

“Illa, illa, illa, Juanito maravilla’. Los recovecos del Santiago Bernabéu retumban. El clamor  Minuto 7. Partido: el que sea. Juanito está presente. En espíritu. Cuando el Madrid es el Madrid, o lucha por serlo. Juanito es el portador de las esperanzas últimas. El paladín de las causas no-perdidas.

Nació en Fuengirola, donde las banderas del ayuntamiento fueron izadas a media asta cuando la carretera se lo llevó. Controversial y querido. Colérico e inigualable. Volcánico e indomable. Perspicaz como desenfrenado. No era indiferente a nadie. Stielike y Matthäus seguro tendrán otra versión. Un ‘7’ debía ser. Debutado en 1977. Valuado en 27 millones de pesetas. Exiliado de la Castellana en 1987. Sí, definitivamente un ‘7’ debía ser.

El espíritu de Juanito se conjugó con los albores del equipo de Camacho, Del Bosque y Santillana, y los trazos primerizos de la Quinta del Buitre. La mezcla engendró un ciclo de epopeya en Chamartín: cinco ligas de España, dos Copas del Rey, y dos Copas de la UEFA. Y las remontadas al Anderlecht y al Borussia Mönchengladbach, inspiradas en y por él. Pocos diminutivos son tan grandes.

El vuelo

Emilio Butragueño conducía el balón, coqueteando con la línea de cal. Lo acariciaba. El movimiento de sus piernas es hipnótico. El devenir de sus brazos prolifera elegancia. Su empeine que palpaba el cuero. Butragueño siguió. El corte surge un pretoriano gaditano. ‘El Buitre’ desaparece el balón. Acto seguido, éste yace en el otro pie, a vista de otro defensor que lo persigue desaforado. Cuando la retaguardia del Cádiz, incapaz de entrever el truco, quedó mesmerizada, anclada al césped, sólo para ver el picotazo mortífero que anunciaba el final del planeo más sobrecogedor de todos.

Fue en el ‘Castilla’ donde recién comenzó a estirar sus alas. Del parvulario merengue emergió el ‘Buitre’, que no de rapiña. Sobrio y soberbio. Pulcro y petimetre. Comandante en jefe. Un tipo “con el gol en el cuerpo”, como lo definió Di Stefano, autor de su debut. El vuelo se extendió doce años. El resto de la parvada soberana que rigió España en los ochenta es recitada de memoria por la pleitesía madridista: Martín Vázquez, Miguel Pardeza, ‘Michel’ y Manuel Sanchís. Y de comparsas, Rafael Gordillo, José Antonio Camacho, Jorge Valdano, y su socio inseparable, Hugo Sánchez. En el tintero quedó pendiente Europa, denegada por el austero PSV de Hiddink o el galante Bayern de Lattek.

Los alerones emplumados y vetustos se replegaron en la serranía mexicana, próxima al Bajío, en tierra de dulce de leche y cerros que nunca marchitan. Como el recuerdo de su pie magreando al balón, su alebrestada melena cobriza y su legendario dorsal.

El querubín y el anillo

 Jorge Valdano volteo a ver a su banquillo. Un chiquillo de rostro cándido pero confuso, escuálido, miraba el partido arrumbado en su asiento. El Real Madrid perdía en la Romareda ante el Zaragoza y el partido necesitaba de electricidad. Valdano inyectó al pueril Raúl González Blanco al campo. Erró dos ocasiones claras, en boca de gol, pero su despliegue asombró casi con unanimidad. El Madrid terminó por perder el partido 3-2. Las dudas cernidas por su inefectividad de cara al arco se disiparon en cuanto un misil disparado por su pierna izquierda se filtró en los confines más lejanos del arco, colchonero. En un derbi, contra el equipo que puso sus ojos en él cuando era diestro. En el bus camino al partido, Valdano imaginaba a Raúl masticando la angustia, carcomido por el nervio. Estaba dormido. “Ahí entendí la magnitud de lo que iba a ser”, espetó tiempo después del técnico argentino.

No es alto. No es un portento físico; no un atleta olímpico tallado en mármol. Pero anotaba. Y vaya que sí anotaba. Y cómo lo hacía. Su repertorio era inacabable. De cabeza, de vaselina (rúbrica predilecta), de amago o revoloteado, tirado al suelo, estirando las puntas de los dedos al máximo. Solía dejar el eje de ataque, recibir en medio campo, conducir y pasar siempre abriendo el borde interno del pie izquierdo. Raúl destilaba finura, eso sí. Su regate largo era poesía. Sus goles en Old Trafford, su eterno e interminable deambular en la campiña de Saint-Denis, aguardando por Cañizares, su plegaría oportuna en Hampden Park para quebrar al indómito Leverkusen. Su dedo en los labios para silenciar al Camp Nou. Su anillo de bodas besuqueado a cada grito de gol, como si a él debiera los 324 goles que rugió vestido de merengue. Cuando partió con rumbo a Gelsenkrichen el madridismo se bifurcó; a veces quedarse es ir demasiado lejos. La luz que irradia su anillo no alumbra más en Chamartín.

El corazón de Madeira

A los 15 años, Cristiano Ronaldo padecía del corazón. “Arritmia cardiaca”, anunciaban los médicos. Achaque incompatible con jugar al fútbol. Había que tomar el riesgo. Su madre aceptó la intervención vía láser. El mismo día de la operación fue dado de alta; a los pocos días volvió a pisar el césped del José Alvalade para entrenar con el Sporting Club de Lisboa. “Quizá fue la operación lo que lo hizo más veloz”, declaró tiempo después su madre, aliviada por el devenir del tiempo.

De la Torre de Belem vigilada por el Océano Atlántico, Cristiano viajó al victoriano-gótico Albert Square, vía Old Trafford, capturado por Alex Ferguson. El periplo mancuniano fraguó a un prodigio en potencia. En el Teatro, Cristiano no tardó mucho para hacer suyos los sueños, y hacer soñar a los suyos. Rey de Europa gracias a un monstruoso testarazo suyo, elevado por los cielos de Moscú, como detenido con un hilo por las estrellas. Cuando el aluvión cayó sobre Luzhniki, su penalti marrado revivió los más oscuros presagios, todos difuminados por la tormenta, y por el vuelo galvánico de Van Der Sar que desactivó la plegaria de Anelka. Las lágrimas de Cristiano se fundían con la lluvia. Alivio, rubor, tristeza, alegría. Hasta en sus emociones, Cristiano es impredecible.

El buque luso desembarcó en Madrid en julio de 2009 en una presentación galáctica al más puro estilo Florentino Pérez tras una gestión cuya suma bien podría aliviar la deuda externa de media África sub-sahariana. Un arma de guerra. Metralla. Potencia. Máxima efectividad al disparo. Indestructible. Una máquina. Su espalda portaba el ‘9’, tatuado desde sus pinillos lisboetas. Cuando Raúl emigró a Alemania, CR9 se convirtió en CR7. Del resto no podemos decir que “es historia”. No. La historia se está escribiendo, aún.

This entry was published on September 3, 2013 at 11:17 pm. It’s filed under Reportajes and tagged , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , . Bookmark the permalink. Follow any comments here with the RSS feed for this post.

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