El cuaderno del bolsón
sarajevo-3

Mister Sarajevo

Aquí, en Sarajevo, si necesito ayuda
incluso los sauces, que son mis conciudadanos,
conocerán aquello que me hace sufrir.
Porque en esta ciudad, a decir verdad, no he tenido
mucha suerte,
pero en ella la lluvia, cuando cae,
no es sólo lluvia.

Izet Sarajlic

No eran tiempos para nada en Sarajevo. Ni para coronas, ni kohl, ni lápiz labial, ni para rezos, ni esperanzas, recitaba Bono. Quizá de esperar las noches de niebla para huir de los francotiradores. Deambular incógnito por las orillas del Miljacka que se teñía de sangre. Dormitar en las carcasas de los tranvías incinerados. Son tiempos en los que las mortíferas ráfagas de metralla arrancan la vida a 16 personas que hacían fila para comprar pan. Sarajevo y sus colinas que escupen plomo. Sus avenidas convertidas en trincheras, donde dos vecinos con la sangre tan gélida como la nieve de la sierra balcánica, son capaces de asesinarse sin que el otro lo note. No eran buenos tiempos en Sarajevo, la ciudad de “las horas detenidas y los puentes del frío”, según Fernando Valverde. En la Sarajevo donde nevaba cicatrices mezclada con pólvora. Sarajevo y su vetusta y mítica pulsión mortal; la de los amantes que encuentran el horror mientras huyen de él. La de Gavrilo Princip y Francisco Fernando. La de Admira Ismić y Boško Brkić, dos tórtolos cuyos corazones fueron perforados por una bala de nadie (que se sepa) en un puente. En los puentes de sangre de Sarajevo. Esos puentes, castillos del terror.

Mucho menos eran tiempos para jugar al fútbol. Cuando Sarajevo se mataba a sí misma e Inela Nogic, con su corona de plástico atada a sus rulos engominados suplicaba al mundo que no dejara que la mataran, ni a ella ni a nadie, un misil de mortero caía sobre un campo de fútbol, donde se jugaba un partido amateur. 15 muertos, 80 heridos. No, no eran tiempos para gozne. Para nada sino sobrevivir. En la Sarajevo donde sobrevivir significaba culpa y portento a la vez, jugar al fútbol era una nimiedad. No para Predrag Pasic, un futbolista retirado, veterano puntal del Stuttgart, de sangre sarajevita. Cuando vestía la camiseta del FK Sarajevo, mediada la década de los 70, solía acudir, junto a sus compañeros, a las sesiones de terapia grupal conducidas por el doctor, Radovan Karadzic. El joven psiquiatra les sermoneaba sobre los alcances del trabajo en equipo; la tolerancia; despachar los prejuicios al servicio del colectivo; convertir el mosaico de ideales y religiones, tan típico de la milenaria Bosnia, en un sólo cuerpo invencible, conformado por lo mejor de los mundos; convivir y lograr con ‘el otro’. Dos décadas después, Karadzic, auto-nombrado presidente de la República Srpska (un Estado serbio en territorio bosnio), en su afán de recolectar a todos los serbios desperdigados por las repúblicas de la extinta Yugoslavia socialista y fundar la ‘Gran Serbia’, ordenó a sus fuerzas armadas atacar a su ‘amada’ Sarajevo.

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En pleno asedio, Pasic fundó una escuela de fútbol para niños (Bubamara). Pasic concebía el fútbol como una poderosa herramienta unificadora, un paliativo en instantes de dolor, un antídoto ante la ignominia, una sonrisa sincera entre la más descarnada inhumanidad. El fútbol para sobrevivir, o para sentirse vivo entre la muerte. Su periplo en Alemania le había forjado semejantes ideales románticos, a prueba de balas. Además, a Sarajevo no se le abandona; “nunca tuve una buena razón para irme; decidí quedarme con mi familia y con mi gente”. Dio a conocer sus planes entre boletines de radio que anunciaban las muertes del día como una estadística. El primer día, 300 niños se enlistaron. Entrenaban entre metralla, polvaredas, escombros, desolación, miedo. Pasic orquestaba las sesiones esquivando las balas que su otrora psicólogo ordenó que se dispararan; el mismo que habló de comunión, el que ahora pregona por la desunión, la supremacía. La escuela fue su manera de combatir en la guerra. “De fuera (del campo de fútbol) se escuchaban disparos de los francotiradores. Aún así lográbamos entrenar pacíficamente. No había tensión en el campo. Los niños no entendían de odio”. Aún cuando a pesar de que los padres de varios niños formaban parte de las brutales milicias que combatían en las calles de la ciudad.

En la desgarrada Sarajevo morían en promedio 30 personas a diario durante los casi cuatro años que duró el sitio. En la misma Sarajevo, 5,000 niños pasaron por la Escuela de Fútbol Bubamara. Entre ellos un niño espigado, flacucho, de minúsculos bucles dorados y ojos serenos, que se hacía llamar Edin Dzeko. 17 años después del fin del sitio más largo en la historia bélica moderna, el niño que jugaba en Bubamara mientras su ciudad ardía, junto a sus coterráneos Zukanovic, Sehic, y al compás que dictan los comparsas Pjanic, Lulic, Ibisevic y Spahic, son el alma de la Bosnia que jugará una Copa del Mundo por primera vez. La espesa lluvia que profetizaba Izet Sarajlić había terminado. Bosnia límpida, exonerada, redentora. Y en Bubamara aún juegan niños que ansían convertirse en el próximo Dzeko. “Los niños me dieron el poder para sobrevivir”, se sincera Pasic, “quería que ellos compartieran el mismo sueño que yo tuve cuando tenía su edad”. Sueños donde todo eran pesadillas.

“You say that the river finds the way to the sea / and like the river you will come to me / beyond the borders and the dry lands.”  Quizá Bono se refería al Miljacka, cuando ya no teñida por la sangre serpentee por la Sarajevo en la que ya son buenos tiempos. Para vivir sin sobrevivir. Para el fútbol, también.

This entry was published on October 18, 2013 at 3:24 am. It’s filed under Crónicas fútbol and tagged , , , , , , , , , , , , , , , , , , , . Bookmark the permalink. Follow any comments here with the RSS feed for this post.

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