El cuaderno del bolsón
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Las canciones que vivimos

Close your eyes and I’ll kiss you. Tomorrow I’ll miss you. Remember I’ll always be true”. La voz tersa del tal “Paul” que mostraba el televisor hacía estallar mi cabeza; se colaba dulce entre mis tímpanos. Sentía mi latir en la punta de los dedos. Y el corazón estrujado y retumbante, como si circulara dinamita en él. Como si le susurraran al oído, si lo tuviera. Nunca vi y escuché algo similar. Nunca lo olvidaré. Estábamos sentados mis padres, mi hermana y yo en la sala de casa. El televisor encendido, esa luminosa pantallita mágica que se asomaba de un buró de madera. Recuerdo el olor de la carne con cebollas y puré de papa que mi madre había preparado para la cena. Recuerdo la alfombra polvorienta y roída. Que Kennedy había muerto poco antes. La penumbra que nos delineaba el rostro; nos iluminaba sólo el resplandor de la pantalla. La lámpara de la sala destartalada; “mañana compraré otra”, llevaba diciendo mi padre desde hace varios meses. El ventarrón que rasguñaba las puertas. El eléctrico chirriar de la pantalla.

Y el silencio cuando Ed Sullivan apareció con su impecable traje, su talante a-la-Nixon, su corbata a rayas inclinadas y su voz apretujada. Se dirigió a nosotros y nos proclamó que de Liverpool venían cuatro jóvenes ‘a entretenernos’. Señoras  y señores, The Beatles, gritó mientras sus ojos desorbitados acompañaban el vaivén de su brazo que dirigía las cámaras a un escenario que parecía emergido de un sueño: flechas gigantes, unas flotaban y otras se deslizaban por el suelo desde un lugar infinito; todas apuntaban a cuatro chicos de cabello remilgado, trajes pulcros y corbatas desacomodadas. El del bajo, ubicado hasta la izquierda de la pantalla, tenía el rostro angelical y dulzón y las cejas muy separadas de sus ojos bisoños y su cabellera como un cairel con forma de hongo. Al guitarrista, en el centro, el flequillo recto le cubría la frente; apenas hacía muecas, tenía un aire misterioso, los ojos inexpresivos, la boca entreabierta, ladeaba la cabeza al ritmo de sus acordes juguetones. El otro guitarrista, a la extrema derecha, tenía los ojos pequeños y pizpiretos pero la mirada cálida y profunda, la patilla gruesa y su oreja se asomaba de entre una maraña de cabello engominado, peinado como casquete; su voz nasal era un embrujo. Dominaba el escenario un cubo oscuro puesto sobre un círculo, donde emergía el baterista, cándido y sonriente, sus patillas son las más gruesas de todas y su oreja la más grande, la nariz robusta y los ojos caídos, la sonrisa tímida pero retozona, y sus baquetas que aporreaban los platillos como quien martillea un tornillo sobre un muro impenetrable. La guitarra punzante, el bajo retumbante, la batería galopante y las voces seráficas. Las palabras que cantaban hacían bullir la piel. Los rótulos de la transmisión anunciaron sus nombres: el ‘tal’ Paul, George, Ringo y John, de quien advirtieron a las niñas que estaba casado. “Lo sentimos”. Nunca olvidaría esos nombres, tampoco. Ni mi hermana la advertencia del compromiso marital que había convertido a John en el hombre más deseado del planeta y a su mujer en la más despreciable. No olvidaría nunca que su música me transportaba a un mundo donde todo estaba bien. Mi mundo.

(Chains)

El día siguiente fui a la tienda de vinilos del pueblo a comprar Please, Please Me con los ahorros de tres semanas. Me dijo un empleado que no tenían más copias, pero que llegaría un nuevo cargamento de vinilos la semana entrante. Volví, con los ahorros de cuatro semanas. Me alcanzó para comprar Please, Please Me With The Beatles. Nunca vi tanta gente en la tienda. La fila daba vuelta la cuadra. El plástico que envolvía el empaque de los vinilos está desgarrado. Algunos se los arrebataban de las manos. Otros tantos lloraban por salir con las manos vacías. Yo, por suerte, encontré los míos escondidos tras una compilación de éxitos de Buddy Holly. De vuelta a casa los escondí bajo mi abrigo. Temía que me vieran con ellos y me los robaran. Al llegar a casa tomé el tocadiscos de mi padre y lo llevé a mi habitación. Cerré la puerta con llave. Saqué el vinilo del empaque, deslizándolo suavemente. Lo acaricié. Quité el disco de Ella Fitzgerald que había sobre el plato. Puse el Please, Please Me, como consagrándolo ante mis ojos y mis oídos. Ajusté el brazo y clavé la aguja sobre el disco. Apreté el botón. Y lo demás fue magia. Cabezas trepidantes. El pie que no cesó de balancearse sobre el talón. La sonrisa boba. El calofrío que recorría las venas. La música como luz. Magia.

“Asquerosos melenudos”, espetó mi padre cada que irrumpía en mi habitación y veía la colección de afiches que decoraba mis paredes. “Con que no te peines como ellos, todo bien”. Ese era su mayor temor. “Ya demasiados de esos tenemos en la calle como para que tú seas uno de ellos”. Si habría de escuchar a Los Beatles, que sea, de preferencia cuando él no esté en casa. La tarde, después de clases, siempre era el mejor momento, porque veía por la ventana cómo el sol se postraba en el horizonte mientras sonaba Hold Me Tight.  Hacía la cuenta: si comenzaba a sonar de corrido With The Beatles a las 4 de la tarde, el comienzo de Hold Me Tight coincidiría con el inicio del crepúsculo, y la última nota con el asomar de la noche. Por horas los escuchaba escucharme; me preguntaban si quería saber un secreto; quería saberlos todos. Me desatendía del mundo de la mañana y abría las puertas al otro, al que deseaba fuera real. El del Beethoven bailarín, el del cartero arisco que haría llegar la carta de amor más grande de todas, el de las posdatas que juran amor eterno, el de la Caverna mágica, el del lugar a donde puedo ir cuando me siento abatido, un mundo que me escucha y me entiende. Oh, cómo amaba ese mundo. “And it’s my mind. And there’s no time when I’m alone. There’s a place…”

Mi madre, que muy poco hablaba, solía poner la radio durante el desayuno. Huevos revueltos con pan y leche, lo de siempre. Un día anunciaron que Los Beatles volverían el siguiente año y que en breve saldría a la venta su nuevo álbum, acompañado de una película que se proyectaría “en todos los cines del país”. Apenas pude contener la emoción. Hurgué en mis ahorros y pedí a mi padre que me adelantara mi mesada. Renuente al comienzo, mi terquedad lo convenció: “Con que no te lo gastes en alcohol” .  El día que el cargamento con el nuevo álbum llegó a la tienda habían policías custodiando las puertas. Un estante entero fue relleno con las nuevas copias del vinilo. Llegué temprano; falté a clases. Me formé; delante de mí habían diez, quizá once chicos. Y detrás de mí uno, dos, tres, decenas, cientos. El sol quemaba los hombros, no obstante la mañana. Algunos traían guitarras y tocaban Twist and Shout en perpetuo bucle, uno peor que el anterior, mientras algún osado bailaba al compás sobre la banqueta ante la mirada amenazante de los policías. “Shake it up, baby now”. Dos chicas movían sus caderas mientras arqueaban los brazos y extendían las palmas de derecha a izquierda. Una pareja aleteaba como gallinas y un chico de anteojos, peinado como John, bailaba el twist sobre una botella de Coca-Cola; temí que fuera a patear a alguien.

(I saw her standing there)

La tienda abrió a las 11:00. Corrí hacia el estante y me abalancé sobre la primera copia que vi. Ni me fijé si el plástico que lo cubría estaba roto o si el disco estaba dentro. Pagué y antes de que el pillaje comenzara salí del lugar. De vuelta a casa bordeaba la banqueta mientras tenía la mirada clavada en la portada del a´lbum; como no veía hacia adelante, el tacto de mis pies rozando la banqueta me hacía mantener el equilibrio y la trayectoria recta. Encontraba la portada alucinante: los cuatro hacían diversas muecas sobre un fondo azul; me hacía mucha gracia una de Paul con cara de asco. No podía esperar para repetir el ritual de cada tarde y descubrir cuál sería la nueva canción que atestiguaría el atardecer. Fue entonces, justo al dar virar a la calle donde está mi casa, cuando topé con una chica que corría a toda prisa. Se detuvo apenas pasó a mi lado. Retrocedió, tragó saliva, respiró hondo y con la voz entrecortada por cada exhalación preguntó: “¿Vienes de la tienda de discos? ¿Hace mucho que abrió?”“No realmente. Pero había mucha gente”. Le contesté mientras seguía viendo el empaque del vinilo. Apenas aparté la mirada de él pude contemplarla. Era hermosa. La piel de terciopelo blanco. Los ojos como un ciclón de caramelo y canela. Una cascada de briznas chocolate nacía de su cabeza y descendía sobre su cuello blanquísimo hasta sus hombros. La curva de su nariz divina como la cintura de una bailarina, los diamantes en sus labios sonrosados, el carnoso pliegue de las comisuras, las mejillas de felpa en las que habría deseado vivir siempre. Su grácil sonrisa juguetona y pícara me aliviaba, poseía un halo de inocencia y ternura tal que pronto se replicaba en mí. Su voz me acariciaba. Portaba un vestidito swing turquesa con puntitos blancos, sin mangas, con la cintura entallada y la falda muy encampanada, terminaba a la altura de las rodillas. Tenía sólo 17, como yo. “Mi corazón hizo ‘boom'”. Y ella me vio, y yo, yo pude ver, que después de muy poco me enamoraría de ella.

Me pidió que la acompañara a la tienda. La fila duplicaba el tamaño que tenía cuando salí de ella. Michelle y yo nos quedamos esperando hasta atrás de la fila hasta que un letrero fue colgado en la puerta de entrada: “No quedan más ‘A Hard Day´s Night'”.   Los hermosos ojos maple de Michelle se volvieron cristalinos y la sonrisa pícara se desvaneció tras una línea recta que enterró sus morros magníficos que habían dejado de brillar. La invité a mi casa a escuchar el disco. Mi madre, extrañamente de muy buen humor, nos preparó sandwiches de tocino y queso. Le dije que era una ‘vieja amiga’. De otra forma no me habría dejado estar con ella. La miró fijamente: “no va en tu escuela, ¿o sí?”. Ninguno tuvo tiempo de responder, apenas le acercó la silla y le sonrió. Comimos en la cocina y nos llevamos a mi cuarto una botella de Coca-Cola, cada quien. Puse el vinilo en el tocadiscos. La aguja palpó el disco, que empezó a girar, primero lento, luego muy rápido. Sonó un breve rasguño con eco. Nos sentamos de piernas cruzadas en el piso. Yo, recargado sobre un buró. Ella sobre la pared. Uno frente al otro. Mirándonos. Sonriéndonos. La felicidad moraba en sus ojos. El tocadiscos en medio. Sonó un acorde, largo, arrebatador, vibrante. Fue como una diminuta descarga eléctrica. ‘It´s been a hard day’s night”. Magia. La tarde murió cuando ella partió después de volver del mundo donde todo estaba bien. Nuestro mundo.

(If I Fell)

Pocas cosas dijimos ese día aunque moría por decirle tantas. Que si me enamoraba prometería que fuera verdad y me ayudara a entender. Que si brindaba mi corazón debía estar seguro, desde el principio, que ella me amaría como nadie más. Me atenazaba el miedo. El miedo de no saber, de no desfallecer, de caer rendido. Mientras, sólo nos miramos y nos sonreíamos y eso me bastaba para dejar de sentir miedo. Y caía enamorado al extraviarme en sus ojos de azúcar morena y su aroma a caramelo y frutillas. Cuando el brazo del tocadiscos apartó la aguja del vinilo, no fue el fin de nuestro mundo, sino el comienzo. Al levantarme me sentí como flotando. Impulsado por una bocanada. La sonrisa partía mis mejillas y estiraba tanto mis labios que se partían. La acompañe´ a la puerta mientras la penumbra ámbar que irradiaba la lámpara destartalada iluminaba nuestras siluetas, en sus ojos había fuego y un amanecer bañaba sus mejillas. “Buenas noches”. Su mano buscó la mía; sus dedos acariciaron mis nudillos. Piel a piel. No dije nada más. Quedé petrificado. Y se marchó mientras la oscuridad difuminaba su exquisita figura danzante. Y la amo. 

No volví a ver a Michelle en dos semanas. “You say you will love me. If I have to go. You’ll be thinking of me. Somehow I will know”. No cesaba de cantar. De pensarla. Qué será de ella. Que´ será de mí sin ella. Por qué al pensarla siento un miedo tan grande como las ansias de navegar en sus hombros nevados y habitar en sus ojos volcánicos. En casa todo seguía casi igual. Mi madre ocupada en el quehacer, o en el cotilleo con sus amigas, o en las emisiones de American Bandstand. Mi padre llegaba del trabajo ya tarde. Pasaba de largo por mi habitación cuando se dirigía a la suya; veía su sombra bajo la puerta, el pasillo siempre estaba encendido. Cuando se quedaba en casa solía ver The Beverly Hillbillies Bonanza. Nadie podía perturbarlo durante su ceremonial, absorto ante la pantallita. Mi hermana empezó a salir con un chico que la engañaba. Lo sé porque me lo decía. Aún así lo toleraba. Se divertía con él, bailaban, iban de día de campo al parque, de cuando en cuando la llevaba al cine. Parecía feliz, o al menos eso decía, incluso cuando sus berridos me impedían dormir. Nunca hablé de ella de eso. Por unos cuantos días interrumpí el rito beatle de cada tarde para salir a buscar a Michelle. La lógica me guiaba. Si la topé un día camino a mi casa, no viviría muy lejos. Salía sin avisar a dónde iba. Algunas ocasiones salía a hurtadillas. No me importaba el regaño. Sólo me importaba ella. Lo sabía, porque cuando estaba con ella, o cuando escucha a Los Beatles, no sentía miedo de nada.

(I Wanna Hold Your Hand)

Volví a ver a Michelle un día que entré a la tienda de música. La vi de pie allí, en la sección de ‘novedades’ Tenía en su mano un álbum de The Dave Clark Five. Me reconoció. Recordó mi nombre. Me sonrió. Compró el disco y la invité a tomar un helado. Sacó un cigarrillo de una bolsa de su vestido, lo encendió; eso no me gustaba. No le dije nada, no fuera a importunarla y dejarme solo en la mesa. Hablamos de todo, de su padre, que sirvió en el frente del Pacífico, firme y sobreprotector; su madre sumisa y aletargada; su alcohólico y bandolero hermano mayor, del que no ha sabido mucho desde que huyó de casa; de su turbia infancia en Kentucky, su gusto por el swing heredado de su padre, lo único que los une, Duke Ellington y Fletcher Henderson; el helado de menta con chocolate y Cary Grant. Presumía tener la colección de suecos más grande del condado; odiaba usarlos. Que nunca terminó un año de estudio en la escuela donde lo comenzó. Que nadie baila a Jerry Lee Lewis como ella. Desde pequeña aprendió a bailar el rockabilly gracias a las lecciones de una prima ocho años mayor. Que ríe de todo porque ha llorado de más. Que nadie sería capaz de igual un récord que ella ostenta: más lluvias vividas sin techo que la proteja: “cada que llueve salgo disparada de donde esté y me pongo bajo ella. A veces abro los brazos, a veces no. A veces voy a la calle. A veces me quedo sentada en el pórtico. Ya es instintivo, como si lo tuviera que hacer. Sólo porque sí. Siento que me limpio. Que todo lo que está sucio se escurre de mi piel y se va por las cañerías. Me hace muy bien la lluvia. La amo”. No tardé en inferir su sueño más próximo: recrear la escena de Singin’ In The Rain: “si se puede con el traje, el abrigo, el sombrerito y el paraguas, mejor”. No tenía nada de ello, pero prometí conseguirlo. Fue mi primera promesa; la primera que incumplí. Ella habló y yo sólo sucumbía ante el hechizo de su voz. Oh, la forma en que sus ojos resplandecían. Volvimos a casa cuando el manto de la noche ya nos cubría y sabía que sus ojos iluminaban el camino.

(And I Love Her)

Cada domingo Michelle iba a mi casa. Mi madre preparaba los mismos sándwiches de siempre. Pasábamos a mi habitación a escuchar todos los viniles que teníamos; uno por día: The Monkees, The Rolling Stones, Donovan, The Animals, The Hollies. Algo de Buddy Holly, quien nos encantaba. Y claro, no faltaban las maratónicas sesiones de The Beatles. Nos fascinaba escuchar y cantar I Wanna Hold Your Hand. Lejos, cada uno recostado sobre paredes contrarias. Cerca, sentados de pies cruzados sobre la alfombra desgarrada, las puntas de nuestros pies que se tocan. Más cerca, hombro a hombro. Y más, su cabellera enredada en mi barba naciente y tupida. Nos fascinaba susurrar I Wanna Hold Your Hand al oído de cada uno. Uno a la vez. Sólo debía dominar la voz del otro y la música del acetato de fondo. A veces bailábamos pero mi madre nos callaba porque los zapatos hacían mucho ruido; el suelo era de madera. Nos fascinaba tomarnos la mano. Oh, nos fascinaba. Era la canción que se hacía real. Las letras que cobraban vida. Oh, cómo quería sólo tomar su mano. Cuando la tomé caí en cuenta que ella era todo y todas eran ella. No había nada antes de ella: There was love all around. But I never heard it singing. No, I never heard it at all. Till there was you.

Una tarde, mientras cantábamos Can’t Buy Me Love, sus labios brillaron más que nunca. El ciclón canela de sus ojos se hacía incontenible. La sombra de sus párpados envolvían el ciclón. Su aroma se mezclaba con el mío. Ante nuestros labios se abría un mundo nuevo, que germinó cuando colisionaron; un cosmos de diamantes en el cielo y campos de fresas. Más tarde se haría inmortal en música y letras. Nuestras comisuras eran el límite terrenal. Por demás, era infinito. Sentía el palpitar en mis labios trémulos. Cuando nuestro cosmos se diluyó, quedó el aroma a caramelo y fresa flotando en el aire. “¿Recuerdas a Los Beatles con Ed Sullivan? Fue mágico, pero esto lo es más”, le dije. Nos abrazamos. No quisiera que la noche acabase. Y, de hecho, no ha terminado.

Me volví a adicto a sus besos con sabor a miel. Michelle y yo fuimos muy felices. Nos dijimos, nos juramos; nos amamos tanto. Ella me ama, sí, sí sí. En nuestra primera cita la llevé a ver A Hard Day’s Night al cine; tuvimos que acampar. Conocimos a cinco chicos que querían iniciar su banda. No sé si lo lograron. Luego, vimos Help! El verano de 1966 no nos vimos porque su padre la llevó consigo de vacaciones a Florida. Pasé todas las tardes escuchando Hold Me Tight e imaginando su rostro en el firmamento. Cuando regresó, fuimos a comprar Rubber Soul. Lo escuchamos bajo el ritual de siempre. Oh, Michelle, mi bella. Aprendí a tocar la guitarra y cada mes que aniversario tocaba Michelle mientras ella se acurrucaba en mi regazo. No nos importó cuando Lennon dijo que eran más famosos que Jesús. Nos topamos con una quema de discos masiva y casi nos queman a nosotros; salvamos el pellejo de milagro mientras una horda cristianos recalcitrantes nos perseguía por las callejuelas.

(Michelle, my belle)

La primera vez que fumamos hierba fue en el sótano de su casa; me hubiera encantado que fuera cuando compramos Sgt. Peppers; todos lo hacían, compraban su hierba con meses de antelación y aguardaban hasta escuchar Sgt. Peppers para usarla; el bautismo perfecto. Nos hicimos nuestros cuando escuchamos Getting Better, con toda premeditación. Intentamos tomar ácido pero ninguno se atrevió. Su padre partió de casa, igual que su hermano, y cayó en depresión. Más aún cuando entramos a la universidad y sólo nos veíamos los fines de semanas. Así fue durante cuatro años. Se hacía extraño y ligeramente insoportable. Nos reencontramos escuchando el White Album. Protestamos por Vietnam, y todas esas tonterías que en ese entonces parecían importantes; casi nos expulsan de nuestras universidades. Dormimos en un campo de fresas. Coqueteamos con el hippismo. No le quedaba la corona de flores. Ni a mí el cabello largo y los colores fluorescentes. Éramos muy chapados a la convencionalidad. Quisimos viajar a Monterey, pero el dinero siempre nos quedaba corto; además, mi madre no me dejaría. Amamos Magical Mystery Tour, aunque no entendiéramos nada. Nos amamos cuando escuchamos Abbey Road. Lloramos cuando terminó Let It Be. Sólo hubo un abrazo más largo cuando supimos de la separación, cuando el anillo de mi madre se deslizó en su anular. En mi vida, la amaba más.

Llovió. Llovía muy seguido. A cántaros. Con el agua sus ojos se marchitaron. Quizá también los míos. Nunca superó que su padre y su hermano la abandonaran. El mundo que ella se había construido se derrumbaba a cada paso dado; cada trabajo perdido, cada prueba de embarazo fallida, cada palabra acallada, cada lágrima furtiva; las promesas que hicimos, las palabras que dijimos, y nos persiguen, las noches que nos amamos y ya no más. El aroma a caramelo y frutillas se disolvió en la neblina de las tardes en las que ya no brillaba el sol. And hope that our dreams will come true. Nos sentíamos ultrajados. Si la canción se volvía realidad, la realidad no era más que ficción atestiguada, enmascarada. Y la canción prosiguió en bucle, cada vez más desentonada. Hasta que la aguja del tocadiscos se torció. El vinilo se ralló. Y ningún sonido volvió a emanar de él. El silencio. El silencio es el miedo verdadero. Porque la nota última de la canción que vivimos fue un acorde tan estruendoso y triste que nunca he vuelto a escuchar la música que erigió el mundo más maravilloso e ínfimo de todos en los que viví.

(Baby, It’s You. In My Life)

Llueve. Han pasado 25 años desde que Michelle y yo no nos vemos más y 30 desde que no escucho música; de vez en cuando escucho Norwegian Wood: “I once had a girl, or should I say, she once had me”. Cada día la pienso. Vendí el tornamesa, podrido, por un par de dólares, a algún coleccionista. Vivo sólo en la casa de mis padres. Veo a mi hermana cada que puedo. Se ha casado tres veces y ninguna ha durado más de cuatro años. Vive soltera a dos calles de la mía; da clases en una escuela y por las tardes recita en bares de beatniks nostálgicos. (Creo que yo también yo soy nostálgico; no beatnik).

Quiero escribir que ayer fui al concierto de Paul McCartney en el Shea Stadium; oí que va a ser demolido. No fui al primero, al mítico, y qué bueno; nos gritos de las púberes desfogadas me habrían tronado los tímpanos. No escucho a Los Beatles hace años, pero he decidido pausar mi congoja sin razón. Bah, qué más da. Tomé un día libre de mi trabajo e ir a Nueva York a ver a Paul. Fue volver a aquellos días que vivi con Michelle. La noche era espléndida. Paul comenzó con algo del nuevo repertorio, y luego activó la máquina del tiempo: “Close your eyes and I’ll kiss you. Tomorrow I’ll miss you. Remember I’ll always be true”. Una bacanal. Cómo se baila distinto hoy en día. A mi mente vino mi padre despotricando contra los “melenudos asquerosos”, el puré de papa de mi madre, la imagen convulsa del televisor, la lampara descompuesta y su luz ámbar baja. La penumbra. Los lugares. La gente que conocí y que ya no está: There are places I remember, all my life, but some have changed. Some for ever, not for better. Some they’ve gone, and some remain. Mis sueños. Mi miedo. Y es entonces la vi parada allí. Cerré los ojos y creí que la besaba. Que la extrañaba. Que ojalá creyera que fuera verdad. Que apenas partí ya anhelaba escribirle todos los días. Y que le mandaría todo mi amor. Viví mucho, pero nada se le compara a ella; porque ningún recuerdo dejó de tener sentido. Repentinamente, la noche se iluminó y la música fue un bajo demoledor que desgarraba las entrañas. Abrí los ojos. Me miraba. Me sonreía. Oh, cómo quería tomarle la mano…

Foto de: news.com.au

This entry was published on February 14, 2014 at 6:41 am. It’s filed under Melodía and tagged , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , . Bookmark the permalink. Follow any comments here with the RSS feed for this post.

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