El cuaderno del bolsón
Captura de pantalla 2014-04-24 a las 00.22.11

Sobre el mejor oficio del mundo

“La crónica es la novela de la realidad”.
Gabriel García Márquez

Siempre he creído que la mejor forma de honrar a los muertos es poner en práctica sus ideales. Más si se trata de un periodista que marcó la vida de tantos a través de sus historias. He de manifestar que, contrario al precepto periodístico de que aquél que usa el periodismo como plataforma de autopromoción es narcisista puro, siempre cabe reflexionar sobre el quehacer periodístico. Más en estos tiempos atroces cuando las plumas carecen, las pocas que hay mueren o quedan subyugadas a la dictadura de la audiencia y el consumo, y la verborrea es confundida con ‘información’.

(Me disculpo con el lector por el narcisismo del que está atascado esta entrada, el texto jamás debería versar sobre el canal de la información). A lo largo de mi incipiente carrera periodística, he podido palpar los signos vitales de aquel ente etéreo llamado ‘sociedad’. La formación periodística, por esencia, contradice el postulado primario de la sociología: la sociedad es un entramado de historias, pero vale más la historia per sé que la suma de todas; toda historia es única. El buen periodismo, sin embargo, al mismo tiempo que pondera la magnificencia de la ‘historia única’, no debe dejar de lado que ésta está determinada por su circunstancia, su entorno (contextualización). Entender que en ‘el todo’ aún existe la unicidad.

Mi embrionario periplo periodístico me ha llevado a entrevistar a hombres en bastón con la mirada perdida y los sueños abatidos, conversar con un anciano que aseguraba haber convivido con Hernán Cortés, debatir con jóvenes tan furibundos como totalitarios, caminar por caminos sin asfalto, encharcados y lodosos, engullirme la ira ante el micrófono, inhalar y exhalar, tropezarme con los cables de la cámara, rebobinar cintas kilométricas; sentirme vivo, pues. Los periodistas son soldados de combate. Si la sensación de estar ante lo que sucede es indescriptible, la de ejercer de pretoriano, luchar ante las concupiscencias sociales y las conspiraciones tecnológicas, la de escuchar al que no ha sido escuchado, llena de vida al alma. Y no pretendo decir, con esto, que el periodismo es únicamente un ejercicio de autorrealización (para aquél que disfrute hacerlo, como ocurre en cada oficio). El periodismo es un portador de las voces acalladas por el régimen de la ‘declaracionitis’ y la noticia de lo que no importa, aunque el medio diga que sí (el poder no es noticia por sí mismo. Nada es noticia por sí mismo, al menos que afecte a alguien). Y, a ver cómo funciona una democracia sin la intervención de todas las voces.

Han pasado tres años desde que conversé con Juan Ordoñez, un anciano de ojos tristes, dientes volteados y arrugas gruesas en su mentón, en una banca a las afueras de la Parroquia de San Juan Bautista, en Metepec. La entrevista de cinco minutos se volvió una tertulia de más de dos horas. La desesperanza era la forma de vida de Juan Ordoñez, fastidiado por la corrupción, ( “si te contara lo que he visto; he visto a diputados tomar dinero, en efectivo, con los puños, y metérselos en el bolsillo”), harto de la impunidad ( “todos están coludidos; realmente, quien gobierna, es el maleante, y gobierna para sí mismo”), castigado por la vida ( “a esto me he tenido que acostumbrar, a vivir una vida de mierda”). Los años casi le cierran los párpados. Su bastón clavado al piso de adoquín color arcilla. El ceño fruncido. El mentón contraído. El habla salpicado de ira y melancolía; la vida que ha pasado y no volverá. La voz ronca que hablaba del sin-sentido y el desaliento, cuando la angustia ha vencido; al final, nada vale la pena. El nudo en mi garganta. Ese día entendí lo que García Márquez dijo: “el mejor oficio del mundo”; no porque la situación de Ordoñez me fuera placentera, en lo absoluto,  sino porque comprendí que la suya no debía ser una voz en el vacío. Que era yo el afortunado por escucharle.

El periodismo tiende el puente entre la realidad y la fantasía; por realidad me refiero a la crudeza de las calles, las historias de quienes sobreviven y sufren; por fantasía al mundo maquinado por el marketing y las esferas del poder, el mundo de utopía, del discurso y el maquillaje. El periodista no es el mensaje, ni mucho menos la noticia. La noticia es la repercusión, la afectación, el quebranto del orden, el abuso. El periodismo al mismo tiempo que se ejerce, se piensa, se reflexiona. Sus preceptos e implicaciones están en perpetuo diálogo con su ejercicio. Periodismo es conocer el mundo para poder contarlo. Periodismo no es rating. El periodismo no es inmediatez, sino certeza. Periodismo no es crucificar las reglas del idioma, sino preservarlas. El periodismo no es un constructor del discurso del poder, sino un contrapeso a él, que no disidencia.

Mientras el periodismo logre acercarse al método (no utópico) que imaginó García Márquez, y se desmarque de la vorágine del mundo plástico del ‘uso y derecho’ que encumbra a la inmediatez como su único y supremo valor, en el que lo inmediato vale más que la noticia por sí misma, podremos asegurar que el mejor oficio del mundo también puede contribuir a mejorarlo.

foto de: eltiempo.com

This entry was published on April 24, 2014 at 5:10 am. It’s filed under Reflexiones and tagged , , , , , . Bookmark the permalink. Follow any comments here with the RSS feed for this post.

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out / Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out / Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out / Change )

Google+ photo

You are commenting using your Google+ account. Log Out / Change )

Connecting to %s

%d bloggers like this: