El cuaderno del bolsón
Real-Madrid-v-Bayern-Munich-3

Cuenta la leyenda: Rojizas veladas; blanquecinos crepúsculos

El loco, el torpedo y el pedazo de pan

Una noche de marzo en Chamartín. Miles de bufandas blancas, como rehiletes. Agitadas juntas, por tantos. Pequeños ciclones blancos, furibundos, dibujados en cada grada. Van y vienen; de vuelta en vuelta se sacuden el polen de encima. Una velada europea, de aquellas a las que tanto se ha acostumbrado Madrid: un café en la noche en Padre Damián y fútbol a raudales, goles y goles. Y drama, de cuando en cuando. El éxtasis, los gritos ahogados por el viento gélido, chillidos vociferantes convertidos en humo que apenas salían de la boca y se extinguían en el titán de concreto y épica que se levanta en La Castellana. Los gritos que retumban en las paredes y replican ecos disonantes, distantes, y las palmadas tersas y finas que sustituyen los cánticos retumbantes de victorias imperiales. Porque en Chamartín pareciera que se va al teatro, y es lo que algunos dicen. El fútbol se vive, en silencio, expectante, apoltronado a la butaca, con las uñas arañando el plástico de las recargaderas.

Y ahí llegó el imperio del Bayern, amo y señor de Europa, y su infranqueable ejército, al que sólo le restaba Madrid en su lista de conquistas pendientes. El mariscal Beckenbauer, el Teniente General Breitner, el Sargento Mayor Netzer, el General de Brigada Maier, encargado de la retaguardia y de custodiar, con la vida, la base principal; no debía caer. La tropa había desarrollado un arma especial, a cautelas, que ya había devastado media Europa: un torpedo de última generación, modelo Müller-1976, del cual decían, ostentaba mayor fuerza destructiva que 200,000 cargas de TNT, 10 veces más que el prototipo anterior (el Müller 74).

Fueron apenas 12 minutos. Roberto Martínez profanó los dígitos del luminoso. Eran las postrimerías del primer acto; Breitner accionó el torpedo aniquilador y se impactó en el arco de Miguel Ángel. Quedaron cenizas. Y miradas perdidas. En el campo, gritos de festejo, convertido en eco puro, provenientes de la caseta visitante. Un batallón enfundado de rojo, todos con los brazos en alto, apenas se habían quitado de encima el estupor de Chamartín. Reactivado del letargo, el merengue se abalanzó contra Maier. Se avistaba el ocaso y Santillana cayó fulminado en el área, no muy lejos de Maier. Linemayer, el juez austriaco encargo de pacificar el terruño, hizo mutis. Volteó la mirada. “Vale, que no pasa nada”. De las gradas brincó un espectador, envalentonado, exasperado, inadvertido. No sólo quería increpar al juez. Sus manos fueron como torpedos, (mucho menos incendiarios que el Müller-1976, de hecho), dispuestos a volarle la cabeza. Nadie advirtió el riesgo. Para la historia, aquel energúmeno sería conocido como “el loco de Chamartín”, y para algunos fanatizados, aquél que maldijo para siempre las incursiones a Munich. Quien las tiñó de negro, para siempre. Desde ahí, nunca el Madrid venció en Bavaria.

FUTBOL 76

A matar o morir. Como si la vuelta en Munich no contara. Ocurrió que el Madrid ya había predicho que la excursión a Bavaria sería ‘ligeramente’ tortuosa. Había que sacar provisiones suficientes de Madrid como para sobrevivir bajo la cordillera de alambre y plástico erigida en pleno parque olímpico. Y ocurrió, también, que el torpedo petardeó las municiones. Añicos quedaron. En plena hambruna emigró el Madrid a Alemania; en busca de la épica. Lo cierto es que arribó atado por el presagio maligno del loco de Chamartín, quizá; es la única explicación que hemos podido dilucidar a tan cruento devenir. Apenas saltó al campo el Bayern, Maier masticaba un trozo de pan. Las migajas se le caían de la boca y se esparcían en el pasto. Se lo terminó cuando llegó al arco. Se golpeó las manoplas, para limpiarse los restos. Minutos después, Müller se topó con un bombón justo en el medio de la media luna y le rompió el arco a Miguel Ángel. Botín izquierdo, todo el empeine. Un torpedo. Iba para el medio y terminó en el ángulo. Miguel Ángel saltó, poco ortodoxo, en vano. Aún quiso atajar el balón, que ya había rebotado en las redes. Y tantos minutos después, el mismo Müller desparramó a dos centinelas que venían a atizarle, soportó una embestida bestial, y apuntó al poste derecho de Miguel Ángel; su desahuciado vuelo a ras de pasto acompañó la postal. Amancio quedó forzado al exilio por una patada. El Madrid murió, donde usualmente lo hará.

Vicente Del Bosque captó el simbolismo del pedazo de pan de Maier. “Se lo comía frente a nosotros (…) Es un recuerdo muy ingrato”. Pasaje a la final para los bávaros, en Hampden Park, donde el Madrid logró “la novena” 26 años después. “Die Bayern” se despachó al Saint Etienne de Platini con autógrafo de Roth. Fácil. Como comerse un pedazo de pan, con una pizca de merengue.

Ciudades malditas

Diez años hubieron pasado. El Madrid se instaló en su ciudad maldita para planear  la conquista de Europa, pospuesta por casi 20 años. Son otros tiempos. El Buitre y su Quinta eran los paladines del buen juego. Se echaban a España a la bolsa. Europa se les resistía. La dictadura del Bayern gobernaba Alemania a placer, a punta de bombazos y el rojo incandescente de su playera, que se paseaba poderosa y pomposa por cualquier terruño que le apeteciera apropiarse, desde Hamburgo hasta Nuremberg.

El Madrid contaba quince eliminatorias europeas consecutivas vencidas. En la anterior se había zafado de la Estrella Roja de Belgrado (4-4 global), tras haber caído en Yugoslavia, en un patatal glacial, rodeado por columnas de humo de rojo ardiente; como si fueran las puertas del mismísimo infierno. Los Balcanes, el otro territorio embrujado del Madrid, su némesis. De uno saltó a otro. Como andar de un círculo a otro del infierno, a la Dante, sólo para llegar al purgatorio. Múnich, y caminar por las tumbas de aquel batallón fusilado por Müller en las esquinas de la Marienplatz. Había que vengarlos.

Juanito fue un cortocircuito. Pisó, pateó y revolcó a Matthäus, quien se trajo de corbata a medio Madrid. 3-0, en media hora. Mucho de culpa en ello tenía Lothar. Se le lanzó como león a antílope. Lo pisó como se pisa a una araña molesta. Pronto llegó el resto de la manada. No para detener la carnicería, sino para arrancarle el pescuezo a la presa y repartirse el botín. De milagro sobrevivió, apenas el juez Valentine conjuró la degollina. “Una de las mayores torpezas de mi carrera”, espetó Juanito, demasiado blandengue consigo mismo. Valentine deportó a Juanito lejos del campo y el Bayern se paseó a placer. El Madrid, pertrechado en el terror. Un cuarto de hora por jugar, a Mino le mostraban el cartón ensangrentado; con nueve hombres el Madrid ‘soportó el aluvión’. 4-1; Augenthaler, Wohlfarth y doblete de Matthäus. Pudo ser peor. Una hecatombe, ya de por sí. La honrilla la firmó Emilio Butragueño, abandonado por su comparsa, Hugo Sánchez, cuya refriega callejera con Klaus Augenthaler le había triturado las piernas. La renta le bastó al Bayern para callejear por la Castellana. Santillana encendió el tablero electrónico, que jamás volvió a accionarse en toda la velada. Las luces de Chamartín se habían apagado. Poco después, el exquisito gol de taco de Madjer en Viena acogotó la bienaventuranza del gigante bávaro.

Nueva cruzada por Europa, aquel territorio empecinado en renovar su reinado cada año. Ahora en cuartos de final, no en semifinales como en el curso anterior. Volvía el Madrid a la ciudad de la angustia. El Bayern fue un tornado que se diluyó antes de tiempo. 3-0 con falta de seis minutos por jugar. Cundían epítetos: “ciudad infernal”, “bestia negra”, “campo maldito”. Al Madrid se le hacían de agua las piernas cuando pisaba el pasto del Estadio Olímpico. Pero sólo aquella noche una ráfaga maquilló las cicatrices. Butragueño y Hugo Sánchez, de tiro libro mordisqueado, engullido por Pfaff, descontaron cuando el partido acababa. De vuelta en Madrid, Jankovic y Míchel inmolaron el arco de Pfaff; el Bayern, atarantado, jamás superó la catástrofe. A semifinales avanzó el Madrid donde topó con el austero PSV de Hiddink. Y aquello fue la misma historia de siempre, con némesis distinto. Al Madrid le aterra la lejanía de casa; lo desconocido.

1a1a1a1a1a1a1a1a1a8

Pasaron los años. Corrió el agua por el Manzares y el Isar. Había caído el Imperio de la Quinta, el Milan de Sacchi y el “Dream Team” de Cruyff. Una Europa sin monarca. Habían algunos candidatos al trono. El Madrid de Del Bosque, errante e inerme, de talante imperial en comidillas, pero desaliñado y despintado para las cenas de gala. El Bayern de Hitzfield. Su golpe de Estado en Alemania había perdurado centurias y sobrevivido a los imperios caídos, previamente mencionados. Misma prosapia; distinto comandante. Al Bayern le habían arrancado el corazón cuando latía como nunca, tan sólo un año antes. A dos minutos de hacer suyo Europa, el United le clavó dos cuchillos por las espaldas, con el último aliento, justo cuando el Bayern se había dado vuelta y ya alzaba sus brazos victoriosos tras un falso golpe fatal. “Cerciórate de acabarlo” habría rezado la Camorra.

El sorteo deparó que el Madrid y el Bayern debían enfrentarse si es que alguno deseaba llevarse la Orejona a la inmensidad de su salón de trofeos. Fase de grupos de la segunda ronda; formato irracional adoptado por la UEFA a inicios del Siglo. 2-4 en Chamartín. El Bayern domó sus fantasmas. No así el Madrid, quien se volvió a desmayar en su ciudad maldita. 4-1. Un festín bávaro, bárbaro. Ad hoc para la retirada, por todo lo alto, del insigne Matthäus, reverenciado hasta por Hierro. Dos meses después hubo revancha, ahora en semifinales; como en los viejos buenos tiempos. Un desconocido Nicolás Anelka marcó la eliminatoria. 2-0 en Chamartín. 2-1 en Múnich. Anelka batió a Kahn y a los espectros abominables y hediondos que rondaban. Otra vez el Madrid perdía en Múnich. Pero ganaba la eliminatoria. Dulce ironía. En París, y tras la eterna cabalgada de Raúl ante Cañizares, el Madrid acarició “la octava”.

Real-Madrid-v-Bayern-Munich-5

Un año más tarde la historia fue al revés. 1-0 en Madrid, en favor del gigante bávaro. 2-1 en la vuelta. La historia de los tiempos. El Bayern se coronó tres semanas más tarde, en Milan, justo ante el equipo que había caído contra el Madrid el año anterior, el Valencia de Cúper; de Mendieta, del “Piojo” López,  John Carew, et. al. Y 2002. Cuartos de final. El cuento de nunca terminar; 2-1 venció el rojo al merengue en Bavaria; en los cerros del Olympiapark ya había un panteón exclusivo, dedicado a los soldados madrileños caídos en los linderos: no tardan en abrir otro, para dar abasto, pues. “En Madrid no me marcan dos goles, ni loco”, sentenció Kahn, y le secundó el insolente Salihamidzic: “Si se les presiona, se cagan en los pantalones”, 2-0 terminó la revancha en Madrid, en favor del local. Iván Helguera casi yerra bajo el arco su chuchería deforme y abanicada mientras Kahn agitaba los brazos como ave antes de aprender el vuelo. Guti había marcado minutos antes. Aquella noche, al Bayern no le alcanzó el tiempo para exorcizar todos sus demonios. Luego, pudo. En 2007, la noche que Van Bommel dedicó su codo rabioso a Chamartín, cuando Makaay madrugó y el gol de último minuto de Ramos quedó condenado al olvido. Y en 2012, la noche del balón estratosférico, cortesía del mismo Ramos.

Cuenta la leyenda que las últimas dos veces que el Madrid fue campeón (2000, 2002), se deshizo del Bayern antes de surcar el sendero hacia París y Glasgow. Cuenta la leyenda que de cinco veces que ambos se han enfrentado en semifinales, en tres alguno de los dos ha ganado el partido siguiente: la final. Cuenta la leyenda que el Bayern sólo ha hecho suyo Chamartín dos noches (la última hace 12 años); que el Madrid nunca triunfó en Múnich, que de ocho partidos, sólo arrancó un punto. Cuenta la leyenda que cuando el Bayern se mudó a su nueva casa, una llanta gigante de colores cambiantes, la noticia detonó una bacanal en las oficinas de Concha Espina: jamás regresarían a aquel estadio infernal, el de la cordillera de plástico. Y no. Aún. Y cuenta la leyenda que el Bayern Múnich – Real Madrid siempre coincide con una rojiza velada perfumada por el hedor a cerveza de trigo, o un crepúsculo blanquecino, aderezado con el olor del merengue derretido.

Fotos de: stickboydaily.com; futbol.as.com

This entry was published on April 29, 2014 at 4:33 am. It’s filed under Deportes and tagged , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , . Bookmark the permalink. Follow any comments here with the RSS feed for this post.

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out / Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out / Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out / Change )

Google+ photo

You are commenting using your Google+ account. Log Out / Change )

Connecting to %s

%d bloggers like this: