El cuaderno del bolsón
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(No) Recuerdos de La Vuelta a España

Llovió en Oviedo ayer. No muy extraño. Hoy el cielo amaneció encapotado, muy asturiano. Las nubes que raspan el Monte Naranco. La ventisca fresca, no muy gélida, que barre las reminiscencias del verano; que acaricia la piel pero no cala los huesos. Por las ventanas de la terraza de la cafetería del hotel se filtra un halo de luz que penetra las nubes que colman la montaña. El halo engrandece cada segundo. Pronto, ilumina el pasillo que conecta la cafetería con el lobby. El día luce espléndido.

Bajé a contrarreloj, como Cancellara en Tarazona. 9:50; el desayuno se cierra a las 10 en punto. De hecho, los intendentes del hotel ya están retirando de la barra la cazuela del yogurt y el pan dulce. Me empacho de un cereal insípido, una manzana que no haría buena sidra, y un jugo de naranja magnífico. Me pesan los párpados y tengo los pies henchidos; ayer viajé a Gijón donde, culpa de impericia peregrina, vagué por cinco horas, desde el Elogio del Horizonte hasta el Museo del Pueblo de Asturias (al cual no pude entrar, llegué a la hora del cierre); sólo me detuve en la Plaza Mayor para devorar la fabada más suculenta que probé en mi vida acompañada de un botellín helado de San Miguel. Quisiera dormir más. No, qué pasa. Estás en Oviedo. Habrá tiempo para dormir en el tren de vuelta a Madrid. No seas huevón, aprovecha. Pero quiero descansar. NO. Además, el día se ha clareado. Muy a mi pesar; la sierra asturiana lo vale.

No soy el último en llegar; una familia (padre, madre, abuelos, cuatro niños y dos acompañantes más) arriban in-extremis, poco antes de que la chica del lobby extienda el cordón que deniega la entrada. La familia acapara tres mesas. “Joer, que hemos llegado tarde, te he dicho”, rezonga la madre a su marido. Los niños portan elásticas de ciclista: el azul tormenta y la ‘M’ limón de Movistar; así debieron lucir ‘Purito’ Rodríguez y Valverde a los 10 años. Engullen lo poco que queda en la barra: “Hay que comer bien que la subida es larga”, alerta el padre a sus vástagos.

Hablan mucho y muy fuerte, casi a gritos. La televisión muestra un resumen de la etapa del día anterior. “Jo, tío, que Valverde no ha estado muy bien ayer”. Los hombres quedaron absortos ante el televisor mientras la madre ensayaba los vítores con los críos: “A ver, ¿cómo vais a animar a Valverde cuando pase?”. Los niños replicaban, con impecable coreografía: “¡vamos, vamos, dale que tú puedes!”, arengan con saltos y aullidos que cuartean los vasos de vidrio y mis tímpanos. “Bien, así, con más ánimo. A ver si salimos en la tele”. Y sí. “Joder, que ahí estamos. Ahí estamos”, revira el padre mientras señala a la pantalla que muestra a la familia, con los rostros colorados, apurando a los ciclistas que pasaban frente a ellos. La imagen duró tres segundos, a lo más. Para la familia tuvo el mismo efecto que si alguno de ellos hubiese ganado el Tour de Francia. “Si hoy hacemos más ruido, igual y volvemos a salir”.

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Salí del hotel. El sol ya baña el Monte Naranco. Magnífico, como algodón verde. Como brazos gigantes que estrechan Oviedo bajo su regazo. Mi plan es visitar Santa María del Naranco, la imponente iglesia pre-románica, patrimonio de la UNESCO, que vela por Oviedo desde el Monte desde el Siglo VI. Enfilo hacia él. No olvides el tren, sale a las 4. OK. Subí por la Avenida Monumentos, entre casas abandonadas y pórticos atestados de basura; los polígonos industriales ovetenses suelen tener un aura lóbrega, vórtices renegridos, glaciares, muy metalúrgicos, los edificios parecen de cobre y las calles de hierro oxidado. La calle es una cuesta eterna. A mitad del trayecto encuentro un camino perpendicular a la derecha, custodiado por dos árboles maltrechos, arbustos silvestres y montones de hojas otoñales desperdigadas. No advierto la vestimenta de quienes transitaban por ahí (ni su trote, ni sus gorras, ni sus audífonos, ‘cascos’, que les llaman). No hasta que pregunto a un hombre, muy bonachón, de chándal azul rey y anteojos empapados en sudor, si el camino llevaba a Santa María del Naranco. No, el camino bordea el Monte; un sendero-mirador, habilitado como sitio de acondicionamiento físico, diseñado para trotar mientras la espléndida Oviedo se avista desde la lejanía. El camino se ensancha a medida que avanza y las chozas de madera se convierten en robles, la senda en bosque.

Vuelvo a la Avenida y sigo la cuesta. Me siento Lance Armstrong en Los Pirineos (sin el EPO, y la bicicleta, claro). La ciudad desaparecía a cada paso. Al llegar a una rotonda, surge una señalización: una estructura, de banqueta a banqueta, unida por un travesaño que tiene estampado el logo de Carrefour y una alerta, faltan 5 kilómetros para la meta. Por aquí pasa la etapa de la Vuelta de hoy. Y sigue la ruta hasta el Alto del Naranco. Siento las mejillas tostadas. El pavimento refleja el brutal sol, cada vez más inmenso, intenso, parece que palpita y escupe fuego. Temo que el bosque vaya a incendiarse. Me cubre un suéter negro, pa’ variar. Brillante. Una pizca de la mítica borrasca asturiana no vendría mal. Me acompañan en mi encomiable ascenso dos hombres, (ellos sí, adecuadamente preparados: gafas de sol, jersey de manga corta, sombreros pilusos, mochilas a sus espaldas, sus mejillas ruborizadas por el sol), una pareja de jóvenes, muy encandilados, sin aditamentos ni provisiones, y un hombre de camisa blanca y pantalones vaqueros, con un radio comunicador en la mano, que va palpando el pavimento; un miembro del staff de la Vuelta.

Justo tras de mí, cuatro operarios, uno de cada lado de la calle en subida, visten la cuesta con las ropas de la Vuelta: clavan varas de hierro en el pasto y las unen con una manta plástica; detrás de ella, se ha de colocar el público, el asfalto es sólo para los ciclistas. El camino va quedando vestido conforme avanzo, como si fuese obra de mi estela. Del lado derecho, ver la Vuelta se convierte en un deporte extremo: sólo dos metros separan la publicidad del despeñadero. Aún así ya hay quienes han instalado sus sillas desplegables y han destapado su botellín de agua. El camino da una pronunciada vuelta a la izquierda, tras la cual la cuesta es mucho más plana. Hay tres cabañas-restaurantes, dos en plena cuesta del lado izquierdo del camino, colindante una con la otra, y la tercera justo donde el camino vira a la izquierda. Los meseros de cada una salen a las terrazas y observan el follón mientras se frotan las manos. “Menús a 9 euros, menús a 9 euros”, promocionan con carta en mano y sonrisa de oreja a oreja.

A poco más de 200 metros de la vuelta, sobre una ladera verdísima, a la izquierda de la carretera, está Santa María del Naranco; una exquisita ‘aula regia’ (en sus inicios), convertida en iglesia, elegante, sus fachadas abiertas con miradores de arco de medio punto, un cuerpo central y dos cámaras laterales, cubiertas por una bóveda de cañón, luce infranqueable al viento, a la tormenta, imperturbable al tiempo.Y ahí está Santa María del Naranco, señorial, sabia, una dama imperecedera que vigila y vigilará Oviedo sigilosamente, por los siglos de los siglos. Una escalera de piedra, quizá esculpida en tiempos románicos, conecta la carretera con la ladera. Me detengo, la observo minuciosamente, lado por lado; me abstraigo en sus columnas de fustes cilíndricos y capiteles con espirales, en sus miradores, en su grandiosidad. Lo que estas paredes habrán vivido, lo que estas columnas habrán soportado. Un pedazo del siglo VI ante mí. Eso hace la arquitectura, trasladar al espectador al momento en que fue concebida. Ante mí surge una construcción que vieron y visitaron monjes, soldados, mercenarios y aldeanos hace tanto tiempo que no soy capaz de imaginar. Esa identificación con personajes etéreos muertos hace siglos es el milagro del arte. El tren sale a las 4, pienso. Qué va, disfruta. Y aquí estoy, ante el tiempo, rodeado por los vapores de tierra quemada, sentado sobre pasto vetusto, de ojo a ojo a la dama inmortal.

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Me siento en el pasto. Está mojado. Cierto, llovió ayer. Tendré el trasero empapado. Ni modo. Veo al interior de la construcción a través de los miradores: veo las piedras que conforman la bóveda y dos pinturas, muy desteñidas, en la fachada izquierda. La noción del tiempo me estremece. Me quedo ahí; frente a mí, Santa María del Naranco, a mi izquierda, Oviedo, radiante, distante, centelleante; cabría en mi puño. Una Oviedo plateada, abrazadas por la serranía esmeralda; las centellas del sol recorren las calles. Tan metálica es Oviedo que centellea, ciega, su palpitar bajo el sol calcina la retina. Oviedo, a la distancia, es un cúmulo de microexplosiones estelares. La carretera ya está cubierta con las mantas publicitarias de la Vuelta. Dos ciclistas surgen por donde el camino sigue, dejan de pedalear mientras el impulso conduce su descenso. Más personas llegan al lugar. La pareja de tórtolos con gorras y lentes de sol, un contingente de adultos mayores, con cámara, folletos y bronceador en mano, que viene a ver la iglesia, dos hombres en shorts con una hielera, donde guardan todo un banquete: cervezas, frituras, refrescos, sándwiches, bocadillos. La Vuelta pasará en una hora por aquí. Eso significa la procesión ya ha comenzado hace tiempo, y los organizadores han parchado, sobre la hora, la ruta que ha de seguir.

Subo las escaleras y salto la publicidad para caminar sobre el asfalto. Mientras camino sigo viendo a la iglesia y la ciudad en el trasfondo y la sierra asturiana en el horizonte. Mentiría si digo que no es uno de los lugares más bellos que he visto. Pasmado ante el paisaje mientras camino, casi soy atropellado por un ciclista. Decido transitar al borde de la carretera, usando la publicidad como barandal. El descenso es más sencillo, sólo hay que saber pisar bien. Me quedo ante el restaurant El Mirador, una cabaña de madera pintada de azul marino, con una magnífica terraza de tres mesas con vista al paisaje. Analizo el menú que está escrito con gis en un pizarrón detenido por un muñeco de cartón de mirada alegre, sonrisa poco española y ropajes asturianos. El día de hoy: pote asturiano de primer plato; solomillo con patatas de segundo. Rico. Pido la única mesa disponible en la terraza y encargo una botella de sidra que me sirve un muñeco escanciador: un artefacto que asemeja a un hombrecillo afable y bigotudo que tiene el vaso en una mano y la botella en otro; al apretar el botón, la mano de la botella se eleva y la inclina para escanciar un chorrito de sidra sobre el vaso. El ‘culín’, pequeño, no más de tres dedos del vaso, queda burbujeante, aún cuando raspa los labios y las papilas gustativas.DSC_0236copy

El sol me calcina. Además, el reflejo se intensifica al pasar por mis lentes y amenaza con incinerar mis ojos. De todas las mesas, es la única que está bajó el sol. La mesa, de hierro, además, es imposible de tocar sin sufrir una ampolla. Un milagro: la mesa a mis espaldas se desocupa y corro a apañarla antes de que una familia que va entrando la vea. Ellos quedan confinado a la mesa infernal. Mientras sorbo la sidra y saboreo el pote hirviente, (faltaba más) la cuesta se puebla de espectadores mientras varios coches promocionales circulan; unos llevan el logo de la Vuelta y cámaras instaladas en el techo, otros, con los logos de los equipos de la carrera, llevan las bicicletas de repuesto. Reviro, oh, que el tren a Madrid sale a las 4. ¡Cierto! No sé cuánto falta para que lleguen los ciclistas. Pienso. Termino el último pedazo del solomillo y trago el último sorbo de la sidra. El mesero, larguirucho, de cabellera ‘heavy metal-style’ y tez quemada al sol asturiano tarda en traer la cuenta. Cuando salgo de El Mirador, la cuesta está abarrotada. Para descender, hay que abrirse paso entre el gentío y las banderas ciclónicas, como ciclista en las pendientes más estrechas de Los Pirineos del Tour de Francia.

No me haría mal que Wiggins me preste su bicicleta para descender. Me conformo con la de Iván Basso. Necesito ser Cancellara en Tarazona, otra vez. Esquivo hombres en traje de baño con cerveza en mano, un joven rapado sin camisa con la bandera asturiana pintada en el pecho, niños ruborosos pero felices que enarbolan sus banderitas, los ‘buses’ de los equipos, donde viajan entrenadores, ciclistas y staff. Tropiezo un par de veces, una con una piedra, otra gracias a un mal paso. Quizá he salido en televisión. Sigo mi camino, cada segundo mis sacadas son mayores, ahora corro. Oh, una bici, por favor. Los vítores se multiplican a mi paso. Oh, vaya, me aclaman. Hubiera querido quedarme con esa idea. No, los ciclistas se acercan. Mientras sigo corriendo pasan a toda velocidad Cancellara, Nibali, Purito, Valverde, como meteoros multicolores. Solo logro avistar su estela. Las banderas agitadas, el canturreo triunfal, los ánimos, los ‘venga’, los aplausos furibundos. El llegar a una rotonda viro a la izquierda y bajo la calle de las casas marchitas y abandonadas y los pórticos atestados de cochambre. Aquí no ruido, ni vítores, ni rugidos. Sólo las calles de argamasa y cobre. El silencio.

El tren a Madrid salió a las 4 en punto, sin mí en él.

 

This entry was published on September 1, 2014 at 3:46 am. It’s filed under Crónicas, Deportes and tagged , , , , , , , , , , , , , , , , , . Bookmark the permalink. Follow any comments here with the RSS feed for this post.

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