El cuaderno del bolsón
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Un sitio fallido a Múnich

Contaba la leyenda que el pelotón merengue, que portó siempre opulento su franja púrpura de mil insignias decorada, y sus caballos finísimos, y sus armas bestiales, bañadas en oro, jamás había vencido en Bavaria. Apenas había arrancado una tregua, perdida entre la paja de la memorabilia que no vale tanto la pena rescatar. Y es que Munich es el Waterloo madridista. Vapuleado por torpedos Müller, de última generación, que le incineraban el arco. Zarandeado, como hoy, por tórtolos juguetones, con poca pinta de tontos, y mucha madera de cracks. O fustigado por once tanques, que tan corren como atizan, y se comen el pasto a pedazos, y rajan tibias habiendo arrancado el cuero de los pies. Al Madrid le ataranta el hedor a salchicha asada y espuma de una Helles Bier. Le es traumático pensar en el olor, o en una pista de atletismo alrededor del campo, y una caprichosa cordillera de plástico erguida por encima de las gradas. Como si predestinado fuera el fracaso a orillas del río Isar. Como si escrito estuviera que el Madrid habrá de perder siempre que ose profanar el terruño bávaro. Y los cadáveres ultrajados de los sargentos de Chamartín, arrastrados por la Marienplatz, exhibidos frente al Neues Rathaus, suele ser la postal acostumbrada que el pelotón blanco ha de escribir a casa, cuando la batalla hubo terminado.

Sucedió que el Madrid fue muy blanco. Excesivamente indulgente. Le pudo más lo bonachón que de cuando en cuando le sale, antes que su más reluciente credencial, su pegada demoledora. Fue parvo, timorato. Pecó de cándido, y murió de nada. Ahogado en su soberbia, o quizá, en su cobardía. El Bayern, en cambio, fue muy rojo. Intenso. Vehemente a cada balón. Eléctrico. Supeditado, sí, al asar de que el enésimo centro lo emboque Mario Gómez en el ángulo, y todo resuelto. Para ello, había que endilgar la pierna, engrosar la voz, y sacar el pecho. Convertir de la casa un infierno para el forastero. Misión no tan complicada, si la visita proviene de Madrid, vestida de blanco.

Arde Munich

El Madrid tiró de orgullo demasiado pronto. Barrió cuando la pelota no la gobernaba nadie. Encandiló sus chances prontamente. Siempre hay una primera vez. En Chamartín seguros estaban de que Munich debía caer, al fin. Ronaldo achuchó a Badstuber tanto como hasta el central le dejó. Apenas cubierto, amagó y ensayó, sin suerte. Al menos durante los primeros minutos, el Madrid fue más fornido; mostró el músculo y lanzó golpes al aire. El doble pivote enclavado por Mourinho dominaba a placer a Schweinsteiger y Kroos, dos obreros dados a la floritura, y reticentes al pico y la pala. En los genes del Bayern está embadurnarse de lodo, aún si la pelota no está de por medio. El doble pivote teutón añade la brocha. Crea, no destruye. Parte inherente de la mutación genética del fútbol alemán. Tarde que temprano el empuje terminaría por rendir frutos. Y entonces Özil encarriló con el cuero cocido a la pierna, atisbó a Benzema, quien le marcó el pase por delante y lejos de la retaguardia; apenas enterró la punta del pie en suelo y el balón se transformó en un proyectil incendiario, de sumo riesgo para Munich. El brazo cambiado de Neuer se prodigó para desviar la bomba, y alejarla de zona de peligro.

Siguió Ronaldo sondeando sus impactos. Todos lejanos. Neuer no necesitó estirarse más para desactivar las bombas fútiles del portugués. Meros petardos sin destino ni peligro alguno. Fue cuando el Bayern notó que la resistencia le serviría para poco. Sin demás corsés, se desgreñó todo, y se abalanzó sobre el Madrid, a quien se le rompió la suspensión apostada en el centro del campo. El binomio Schweinsteiger y Kroos torcía hasta romper. Xabi Alonso erraba de pie al entrar por el balón, y Khedira, el tapón de corcho predilecto de Mourinho, deambulaba en algún lugar del espacio sideral, y no donde debía estar. Logró el cometido. Sorteada la línea, se encontraban Robben, vuelto loco por sí mismo, más maniático y anárquico que de costumbre, y Ribéry, imperial; descargaba cuando debía, encaraba cuando podía, y regularmente ganaba, juntaba tríos de madrileños desesperados con rozarle el balón, y, empero, lograba salir avante entre el barullo. Debía descender Özil de las lejanías para nutrir la caballería, inoperante siempre ante el mariscal francés.

De la punta de la izquierda surgió un bombazo que se hizo papa caliente dentro del área del Madrid. Golpeó a Ramos en la espalda, a Badstuber se le escabulló de la cadera; y se lo topó de frente Ribéry, siempre Ribéry, quien abrió la boca del cañón, vertió la pólvora y jaló del gatillo, todo en milésimas de segundo. La salva al arco perforó todas las piernas que se postraban frente a él; incluso Alaba, quien fastidiaba la visión de Casillas, arqueó las piernas para no perderlas, y, quizá, para no desviar el tiro. Ardía Múnich. En efecto.

Retirada

De ida y vuelta se volvió el partido. Los acarreos del Madrid ya no le eran tan tortuosos. Se rompieron ambos pivotes, las líneas se alargaron. Descorchados ambos tapones, el vino fluyó libremente de un lado para otro. Praderas enteras, a disposición de las gacelas que aún sufrían la noche, Robben y Ronaldo; fantasmales. Un corretaje trastabillado de Özil citó a Benzema contra Alaba, le encaró por un lado y apenas se abrió un boquete entre él y el siguiente defensa que debía cubrir el arco, el francés impactó endeble a manos de Neuer. La chuchería se volvió la primera bola del contragolpe. El bochazo de Mario Gómez, apurado por Pepe, mereció el vuelo galáctico de Casillas.

Rota la tregua del descanso, el Madrid no optó por el colorete. Siguió siendo el mismo. Robusto, fortachón pero repelente. Le alcanzaba. Aletargado el Bayern, el merengue no escatimó en hacer suya la épica. Erigir su bandera blanquecina en plena Marienplatz, donde le rendirían pleitesía, a la memoria de su estirpe malograda en Münich. Ya era hora. De una vez, y por todas. Rondaba el Madrid el empate, mientras el Bayern se enmarañaba en sus marcas dispares y una colección poco envidiable de pases errados. No hasta que Benzema acomodó a Ronaldo, justito frente a Neuer, que le achicaba el arco, pero le obsequiaba los postes. Para CR7, voz de 41 gritos durante el curso, era pan comido. Insólito. El túnel que dibujaban las piernas de Neuer se cerró de últimas. A Ronaldo tal vez le sedujo la idea de la pelota pasando por un caño. El rebote cayó en Özil, quien cedió a Benzema. El francés se ahogó contra el fondo y el doble muro defensivo, apenas acarició el balón, sin ton ni son; una asistencia deforme y suplicante llegó a pies de Ronaldo, sofocado por la línea, muy distante como para impactar de vuelta, pero no como para agasajar el gol a Özil. El alemán no hizo mayor esfuerzo, sólo se le puso de frente al balón, y que pegara donde fuera. Suficiente. El gol más fácil de su vida.

El tanto instaló al Madrid en tierra insospechada. Lo dominaba. Gol de visitante. Renta suficiente. No volvió a crear opción alguna. Mourinho creyó resuelto el trámite. Decoró el campo de braceros. Desterró a los artistas, divorciados con su arte durante la noche, pero supeditados a la buena de que la inspiración tan es pasajera como impredecible. Mourinho optó no jugar a la quimera. Deportó a Özil y le sustituyó por Marcelo. Trivote dispuesto. La noche turbulenta de Coentrao, demacrado cada que le encaraban de frente, hizo ver flacucha a la retaguardia del Madrid, acostumbrada a soportar empellones, fusilatas incontenibles y sitios furibundos. Encorsado se volvió el Madrid. Sujetado por sus mismas ataduras. Aquellas que suele ponerse de vez en cuando. El Bayern se las ingenió para sacar petróleo de la nada, como siempre lo hizo. La cabeza de Mario Gómez que se alzaba entre el ponto de camisetas blancas. La misma fórmula. Una, y otra, y otra vez. La monotonía deviene en predecibilidad. Cierto fue que el Bayern fue monótono y predecible, pero sacó renta de su perseverancia. Tiró de orgullo, que no de fútbol, y se echó a la bolsa el partido cuando Mario Gómez anticipó el cierre de Arbeloa tras un centro pomposo de Philip Lahm, en cuya maniobra anterior se había escapado de Coentrao, quien pasó la velada como en la inquisición.

En la comodina comodidad del conformismo se acomodó el Madrid. Se dejó acosar por el Bayern, quien ni tonto ni ciego aceptó gustoso el cortejo. Se echó encima al monstruo de Bavaria, escolta del Dortmund en el campeonato casero, pero soñador de que volverá, el 19 de mayo, a jugar en casa por Europa. Pudo ser peor para el merengue, cuando Webb parpadeó justo cuando Marcelo, con sus piernas como hachas, talaron al latoso Müller. El Bernabéu aguarda la revancha. Un boleto de vuelta a Múnich. Ir a Madrid, para retornar a Bavaria. Un gol de diferencia. A ambos les basta con uno. Y al final, Múnich resistió. No cayó. Y tardará tiempo en que lo haga. Hasta entonces…

This entry was published on April 19, 2012 at 1:57 am. It’s filed under Deportes and tagged , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , . Bookmark the permalink. Follow any comments here with the RSS feed for this post.

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