El cuaderno del bolsón
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El pueblo que nació para ser ruina (parte 3)

Raúl Navarrete conduce un Yaris color rojo que lucha contra los baches que hacen imposible transitar frente a las Caballerizas de Santa Anna. Ninguna calle en La Vieja Antigua está pavimentada, acaso algunas están empedradas. Eso sí, conservan sus trazos originales, tal cual los concibieron los conquistadores españoles. El automóvil esquiva gallos que se persiguen, bravucones, por el ancho de la calle. Llega a una intersección. De frente está “La Antigua vieja”; a la derecha “La Antigua nueva”, descrita como “una colonia cualquiera”, de reciente construcción; a la izquierda, sólo la selva. Un árbol que lleva caído poco más de un año a causa de los vientos del huracán Karl oculta detrás a un cerdo gigantesco que descansa con las patas recogidas y los ojos entreabiertos que vigilan al automóvil de Raúl pasar frente de él.

“A La Antigua le olvidó la historia”, cuenta un señor sentado fuera de una miscelánea donde han entrado tres jóvenes vestidos con todo el kit de turistas (lentes de sol, tenis, pantalones cortos y cámaras fotográficas colgándoles del cuello) a comprar cervezas. Dos niños pedalean sus bicicletas frente a la tienda; les es imposible no temblar sobre sus asientos por culpa de los incontables baches que permean cada calle. No caer de la bicicleta es una hazaña inconmensurable. Lejos de aquello, no hay mucho más. Sólo el sonido del viento, cada vez más potente, y el retumbar de los truenos que se esconden tras las nubes de negro difuminado. No llueve, sin embargo. Ni gota. En cualquier segundo pareciera venir un diluvio semejante al que destrozó al pueblo hace un año, aquel huracán que desgarró la cuenca del Río Antigua y que le hizo cambiar su cauce hacia las calles del pueblo. Para ello, los lantiguences se dicen preparados. Dos tablas en cada ventana y un montón de trapos enrollados debajo de las puertas. En algunas casas se han puesto rejas. En otras, sus habitantes han cavado pequeños pozos para detener el agua. La mayoría se ha resignado al “no volverá a pasar”. Cuando “el norte avisa” ya no hay vuelta atrás.

Tres perros se acuestan sobre la banqueta frente a un puesto de tamales. “Los mejores en todo Veracruz”, presume un comensal sentado en una de las tres mesitas cubiertas por un mantel de cuadros azules y rosas. En realidad, el puesto es una casa, maltrecha y pestilente. La puerta principal es la división entre la zona de comensales y la cocina; es de donde emerge la mesera con los platillos. El patio trasero es el basurero. A las mesas las resguarda del sol y la lluvia una lona azul descolorida sostenida por dos postes enterrados en la banqueta. La fachada de la casa, pintada de azul y blanco, combina con la parte trasera de la Parroquia del Cristo del Buen Viaje, la cual está al cruzar la calle. Un perro bosteza, se para y camina; se acerca a una mesa. Un comensal juega con él y le lanza un trozo de tortilla. El perro sale en su busca. Lo traga después de dos mordidas. Sólo dos mesas están ocupadas. La otra la acapara un anciano de tupido bigote y su cabeza coronada por su sombrero de paja a medio desenmarañar. Parece mirar hacia ningún lado. Sólo se escucha el gruñir de los perros cuando tropiezan con algún bache al cruzar la calle. Y el viento del norte que viene.

Los Cuarteles de Santa Anna comparten el “jardín” trasero con la tamalería. La historia cuenta que el otrora presidente mexicano encargó esta pequeña fortaleza, aunque carece de algún uso plenamente reconocido por los historiadores, más que servir como hospital administrado por frailes franciscanos. Hoy son ruinas. Sólo le quedan las paredes, desgarradas. Vencidas por el tiempo. Son como dos rectángulos, uno contra otro. Se mantienen los huecos donde habrían de estar las ventanas. En la última pared trasera, hay dos palos de madera clavados a unos tablones que a su vez están remachados a la pared misma, para evitar que se vengan abajo. Aquella parte, casi destruida, se ve tan endeble que con una patada podría caerse a pedazos. Un caminito de arena cruza toda la construcción, desde la entrada hasta la puerta trasera, donde están clavados los palos de madera. Justo en la entrada está un letrero de aquellos que el Gobierno Federal distribuyó por todos los lugares importantes del país como herramienta para quien quisiera investigar más del sitio; el letrero alentaba a enviar un mensaje de texto al 2010 o marcar al 2010 + “número de monumento” (en este caso, el 1980), acompañado con la pregunta: ¿quieres saber qué pasó aquí?, y firmado con el slogan: “México es mi museo”.

Se escuchan voces al fondo. Detrás de la última pared está un grupo de jóvenes, algunos sentados en el pasto y otros sobre un tronco; fuman y toman cerveza. Son los mismos que habían entrado a la miscelánea, vestidos con su “kit de turistas” a comprar cigarros, tres “caguamas” y una bolsa con vasos de unicel que estaban repartiendo. Vienen por su parte, “no’más a echar el vistazo”, aunque no saben detrás de qué están sentados. “Pues ni idea, yo nada más veo ruinas”, cuenta uno de ellos.

La Parroquia del Cristo del Buen Viaje está abierta. Es lunes; nadie se le acerca. Es blanca y de vivos en guinda, como su pequeña cúpula. Sus viejas puertas de madera están entreabiertas. Las bancas de madera desgastada están perfectamente alineadas. La pintura azul celeste que delinea los arcos ubicados en las paredes está consumida por el tiempo, parecen simples brochazos que comienzan a partirse en pedazos. La pintura de la bóveda también se ve roída. Una colección de figuras de Cristos, vírgenes y santos miran hacia el altar; algunas desde la entrada, junto a las puertas, otras guardadas detrás de un estante de vidrio. Fue construida a mediados del Siglo XIX. De todas las “joyas” que presume La Antigua, ésta es la de más reciente edificación, muy lejos del carácter colonial que distingue al resto.

Un parque está frente a la Parroquia. Un quiosco en su corazón, pintado de los mismos colores que la iglesia; domina el blanco y el guinda delinea los bordes de las espaldañas y las cornisas. Varias bancas de cemento están repartidas por todo el parque, lleno de arbustos, pequeños árboles y palmeras frondosas. Caminar por el parque implica esquivar montones de hojas y piñones arrancados por el viento de otoño que suele azotar al pueblo. Ningún barrendero a la vista. Un área de juegos es el límite entre el parque y las puertas de la parroquia; un pasamanos y una pequeña resbaladilla cuya bajada es estorbada por una palmera a medio crecer. No hay niños jugando en ella. Nadie camina por ahí, ni siquiera cerca. No es como el parque central de un pueblo mexicano común, lleno de vida, donde las personas pasean, compran helados, platican sentados en las bancas, los niños corren y juegan, los globeros que se ponen en las esquinas y los organilleros tocan una melodía de antaño. En el centro de La Antigua nada de eso existe. Sólo dos mujeres que no se hablan, sentadas en una de las bancas justo frente al quiosco, mirando de frente a la parroquia; y el sonido de las hojas otoñales de mazapán que rasguñan el piso de cemento. Parece cada vez más un pueblo fantasma, sin serlo.

Juan Girón Espinoza está sentado en una de las bancas de cemento que dan la espalda a la calle y están de frente al quiosco. Tiene 76 años, los ojos tristes, las cejas blancas, la piel apiñonada, y un bigote delgado. Clava su bastón en el suelo, se recuesta sobre el respaldo de la banca, se acomoda su sombrero de paja, y ve hacia ningún lado. La piel de sus manos es como una roca, rugosa y dura. Sus dedos, quebrados y devastados, apenas pueden levantarse para devolver el saludo. El color en la piel de sus dedos es indescifrable: una mezcla entre morado, color carne y rojo que es coronada por unas uñas retacadas de mugre y rellenas de miel pútrida. Viste un pantalón beige, sucio, roído del dobladillo, una camisa blanca cubierta por otra camisa, de manga larga, a cuadros grises y negros. Su oído sólo capta los gritos: “no escucho bien”, dice con su voz rocosa y profunda, mientras dirige sus dedos índices a sus oídos y gira la cabeza de un lado a otro. Luego abre aún más los ojos, respira profundamente, aparta su bastón y lo recuesta en el suelo. Para Juan Girón, La Antigua lo es todo:

“La Ermita fue la primera iglesia del continente que conocemos. Acá atrás (apuntando a la calle que está a sus espaldas), está el Cabildo del primer ayuntamiento de América. Nada más que, creo yo que todavía no había nacido, cuando Cardel le pidió prestado a La Antigua la cabecera. Ahora ya Cardel se adueñó de la cabecera municipal de aquí. Pero La Antigua es municipio, el primero de América; el primer ayuntamiento de América. Eso fue cuando Hernán Cortés. La Ermita del Rosario fue la primera iglesia en todo América. Fue construida en 1573. Y por eso es muy importante.”

Luego, Juan Girón voltea a ver a las ruinas de la Casa de Cortés, que está justo frente de él, a no más de diez metros, separada del parque de la Parroquia por una reja de gruesos barrotes. Cuenta que hace 40 años él vivió justo detrás de la Casa de Cortés, la cual administró y cuidó, a pesar de no tener ningún apoyo económico del Gobierno Municipal, situación que le llevaba a desembolsar dinero propio para preservarla en un estado aceptable. Una tenue sonrisa se le dibuja. Luego se diluye lentamente conforme avanza su relato. Clava la mirada en el piso, como su bastón. “No me dejaron hacer nada”, sentencia. Se lleva las manos a la cara. La decepción y la congoja le cuelan la voz. “Las autoridades sólo vinieron a lavarnos el coco, como cuando un sacerdote da un sermón. Dicen que vienen a poner dinero y ayudar a preservar todo lo que hay aquí. Y al final no hacen nada. Este lugar no es reconocido por la historia que tiene. A nadie le importa, no’más vienen a lavarnos el coco y a decirnos que vendrán y nunca vienen. Nos tienen olvidados”.

Las ruinas de la Casa de Cortés colindan con el parque de la Parroquia. Una reja, como de cárcel, con barrotes, delimita una de otra. No se puede distinguir cómo era en su época de apogeo; sólo se conserva la fachada y algunas paredes internas, no más. Se le suele describir como fiel representante de una arquitectura “estilo andaluz”, muy ad hoc a la época colonial. Fue construida con pedazos de arrecife coral, piedra de río, piedra volcánica, y ladrillo, todo pegado con estuco. De todos los monumentos de La Antigua, la Casa de Cortés es el que peor estado de conservación presenta. Una ceiba crece desde las entrañas de la casa y se comienza a engullir las paredes y a levantar los cimientos. Abraza los muros trémulos, atestados de musgo y tierra, y crece sobre ellos. Al caminar dentro de la Casa sólo se escucha el crujir de las hojas que caen de los árboles cuando son pisadas. Son montones y montones. Pareciera que a propósito se deja de limpiar y de conservar el lugar para mantenerle en un estado “silvestre”.  El desgastado letrero, cuyo título es “La Casa de Cortez” (con todo y la ‘z’), que está justo detrás de los barrotes que dividen las ruinas de la parroquia, no menciona nada respecto a que el conquistador español haya habitado la construcción; más bien habla de que los vestigios tenían funciones “político-administrativas”. Sin embargo, diversos sitios de viajes afirman que Hernán Cortés habitó la casa durante alguna de sus estancias breves en el pueblo (no mencionan cuál). Para Edgardo y José, quienes están ven la Casa de Cortés desde un pórtico al otro lado de la calle no hay duda: “sí, aquí vivió Cortés, de hecho ahí en los letreros dicen por si no crees”.

Un camión de carga está estacionado frente a la Casa, con las compuertas traseras abiertas de par en par. Dentro de la inmensa cajuela del camión varias maletas, tripiés y equipos de iluminación están arrumbadas. Un muchacho, fornido, de camisa blanca y con la cara cansada cuida todo el material mientras está sentado sobre una maleta en el fondo de la cajuela.  Su voz emerge de la oscuridad. “Es un comercial, para el gobierno del Estado”, dice. Dentro de la casa, todo el equipo está instalado. Las luces están puestas, las cámaras graban, los técnicos sentados sobre piedras juegan con los botones de sus consolas de audio, los guionistas leen y el director gira instrucciones. “Ya va, última toma y nos vamos”, anuncia. Como dijo Juan Girón, “sólo se acuerdan de nosotros cuando les conviene, para hacer mitote y medio, y luego se van y se vuelven a olvidar de nosotros hasta que les vuelva a convenir que vengan”. ‘La última y nos vamos’. Y se fueron para siempre. Cuando terminaron y se fueron todo había quedado igual; el mismo montonero de hojas otoñales, una chamarra olvidada, enterrada en polvo, las mismas paredes que se siguen cayendo.

Exactamente detrás de donde está sentado Juan Girón, entre la miscelánea y el jardín de niños Arnulfo Santibañes, está el Edificio del Cabildo; sede, según la historia oficial, del primer ayuntamiento español en la Nueva España; pequeño edificio construido en 1523. Es una construcción meramente “latiguence”: su techo de tejas, elevado medio metro sobre el piso, vital para esquivar las inundaciones, y por ellos los escalones que separan la puerta principal de la altura de la calle, coloreado en rojo y guinda. Sus puertas están cerradas y las ventanas también, aseguradas con tablones de madera, gruesos como un colchón.

Parece desterrada. Alejada. La legendaria Ermita del Rosario rasguña las periferias latiguences. Hay que pasar por un centro de masajes termales, un restaurant-billar abandonado, y decenas de casitas mal pintadas, cuyos habitantes sacan sus sillas y mesas a la banqueta, donde ahí asan y comen, y duermen. Los manteles improvisos como cortinas. Su jardín, de pasto impecablemente cortado y nutrido de agua por un aspersor, es un poco más chico que la Casa de Cortés, de extremo a extremo. Justo donde toda construcción termina y comienza a asomarse la selva se asoma la Ermita del Rosario, la supuesta primera iglesia católica construida en todo el continente americano, como presume el letrero puesto justo a lado de una pila bautismal, tallada en la pared, original de su construcción: “Esta capilla fue la primera en América, construida en 1523. Su arquitectura es de tipo español, con una espadaña para tres campanas, el Cristo y las dos vírgenes son tan antiguas como la misma. Con las doce caídas del Señor que están en el atrio, hechas de mosaico de talavera, único de américa (sic)”.

Al contrario de la casa de Cortés, está en un perfecto estado de conservación. El atrio está perfectamente delimitado por paredes no muy altas, pintadas en blanco y de forma ondulada, que tienen mosaicos originales de la época incrustados en ellas. Los mosaicos, casi todos, tienen dibujos de cruces, que simbolizan las caídas de Jesucristo durante la Pasión; éstos son acompañados por alguna inscripción, en algunos casos, ilegibles. Al igual que la Parroquia del Cristo del Buen Viaje, está pintada de blanco, con algunos vivos en guinda, como los capiteles de las columnas. Una lápida fijada en el piso, en el centro del atrio, reza: “AQVI IACE EL BIIRIV DEPADIA CVRA BENEEIDO IBICARIO DESTA CIV VIEXA DEL ABERA IBISITADOR. NO DE 1604

Es pequeña, no más de 10 metros de altura, contando desde el suelo hasta la más alta espadaña, de donde cuelga una pequeña campana. Tampoco es muy profunda. Dos filas con dos bancas armadas de tablones de madera, y un altar pequeño: una mesita envuelta por un mantel blanco, dos figuras, una de un Cristo y la otra de una Virgen de Guadalupe, un lienzo de la misma virgen y la cruz. La bóveda central está pintada de azul celeste; el arco de medio punto y las paredes debajo de la bóveda son de una mezcla de naranja con café.

A la derecha del atrio hay un jardín mal cuidado, con el pasto crecido, y algunas flores silvestres que crecieron y nadie empeñó en cortar. Casi al fondo del “Jardín del Bicentenario”, colindando con una casa blanca, está una estructura rectangular de metal; asemeja la entrada a un elevador. Tiene escrito “Bicentenario”, y su lado, verticalmente, el número 2010, con la misma tipografía con la cual el Gobierno Federal acuñó a cada producto que tuviera relación con las celebraciones de los 200 años de la Independencia. Arriba de la estructura hay una pantalla; “contador” lo llama Raúl Navarrete. “Días, Hrs., Mins., Sgs.”, letras incrustadas en el metal. La pantalla se encargaba de hacer un conteo regresivo en los días anteriores al 15 de septiembre de 2010. El Bicentenario no podía olvidarse de La Antigua. Fue puesto en 2009, “hicieron casi una fiesta cuando lo pusieron”, cuenta Raúl Navarrete. El contador no tiene qué contar. Desactivado. No cuenta los días, ni las horas, ni los segundos. El tiempo le ha vencido. Recostado sobre la hierba está otro distintivo, una estructura rectangular de vidrio que dice “México”; a lado está trazado el escudo de armas del Estado de Veracruz. El letrero que acompaña y daba explicación al “Reloj del Bicentenario” está completamente borrado. Se pueden ver las fotos que tiene impreso, aunque en vías de esfumarse, así como el logo del gobierno veracruzano, entonces presidido por Fidel Herrera, y el escudo de armas del municipio de La Antigua. El texto ornamental ha sido diluido, por el sol, los ‘nortes’ y el tiempo. Una imagen de un escudo mexicano, redondo, de plástico, color dorado, está tirado en el pasto, frente al “Reloj del Bicentenario”. Parece haber sido arrancado de algún lado. No hay algún lugar factible a donde pudo haber pertenecido. Tal vez fue arrastrado por los nortes desde lejos, muy lejos.

La misma calle que lleva al corazón de La Vieja Antigua y que pasa a lado del parque y la Parroquia del Cristo del Buen Viaje, termina unos metros más adelante; la calle muere en “La Ceiba”. Por ahí caminan tres niños con sus camisas de fútbol piratas y un balón desgajado. Un señor, parecido a Juan Girón, sin su sombrero de paja y su bastón, desafía a la física e intenta girar a la izquierda en la esquina donde está una escuela primaria, mientras lucha con el briconteo del empedrado que le resortea la columna. Una pequeña casa amarilla con su puerta abierta y la televisión prendida. Adentro, una anciana se impulsa en una mecedora a la que le rechinan las patas. Las aspas de un aire acondicionado que giran hasta menear los flecos blanquecinos de la viejecita que sólo ve la televisión y dice algo a otra mujer, más joven, que ha salido de la casa con una gran bolsa de plástico en sus manos. Justo a lado de la casa amarilla está un puesto pavimento ni empedrado, de casas que parecen abandonadas y perros hambrientos que hurgan en los terrenos baldíos en busca de comida. El puesto es en realidad una mesa de madera cubierta por una lona azul pastel que funciona como techo y está sostenida del piso por dos tubos de metal oxidado. Pegado a uno de los tubos una hoja amarilla fosforescente anuncia las novedades del puesto: cocadas (rajas endulzadas del centro de un coco), torito (bebida alcohólica tradicional de la zona), y cacahuates.

Una glorieta da muerte a la calle. En el centro está un monstruoso árbol de ramas gruesas y disparatadas, como cabellos de Medusa. Un anciano y grueso tronco que apenas puede sostener todo lo que hay encima de él, una de sus ramas principales se venció y cayó al piso aunque no se ha separado del tronco. En realidad está caído, pero vive aún; sus raíces se convirtieron en ramas. Su inmenso tronco reposa sobre una mezcla de arena, tierra y pasto mal plantado. Es como un anciano que está tirado en el suelo y sólo contempla el cielo. Un letrero de madera está clavado en medio del tronco incólume: “En este majestuoso árbol, el conquistador Hernán Cortés amarró sus embarcaciones en el año de 1519. En su arribo, por aquí pasaban los márgenes del río Huitzilapan (…) colibríes”. El resto del letrero es ilegible; el texto, pegado sobre la madera, parece haber sido arrancado. Un jardincito de flores amarillas y piedras blancas le rodea, cubierto por una cerca de cadenas gruesas unidas por palos de madera, que cuidan al árbol donde, según la historia oficial, Hernán Cortés ató sus barcos para desembarcar del río en su primera incursión en 1519.

Un gran tronco de metal, pintado de azul con varios escaloncitos y un cuadrado en la parte de arriba está justo detrás de La Ceiba. De vez en cuando, sobre todo en los días de sol, el tronco sirve para las representaciones del ritual prehispánico de los Voladores de Papantla. No hay nada. El viento es cada vez más fuerte y las nubes se tornan más oscuras. Frente a La Ceiba está un hotel, el único en el pueblo, que está cerrado desde hace tiempo. Desde fuera se ven los montones de hojas de las palmeras y los árboles que flotan muertas sobre la alberca, que está en medio de un patio vigilado por otra ceiba, quizá más imponente y vieja que la de los navíos de Cortés; al menos es más colorida, más viva. La armadura de caballero, montada a la entrada del hotel, no puede estar más oxidada; está recargada en un barandal. Un perro negro duerme acurrucado a ella vigilado por nadie.

Un hombre está sentado en la esquina de una banqueta maltrecha. A sus espaldas está el hotel y de frente mira a La Ceiba. Sus brazos descansan sobre sus rodillas y sus manos están tomadas una de la otra. Sonríe. Los dientes frontales cuelgan de sus encías como columpios. Su camisa, de un amarillo tenue a cuadritos; su pantalón de lino negro, ojos grises y bigote poblado de color gradual, en los extremos es blanco y bajo la nariz es negro. Se presenta como Gustavo Reyes. Dice vivir en Estados Unidos pero vino a “visitar a la familia”, solía vivir cerca de Veracruz, pero ahora “viene y va”. La Ceiba le enamora la vista. No vive en La Antigua pero los lugareños ya lo pusieron al tanto de qué significa cada cosa. “Nos platicaron que aquí llegaron las embarcaciones de Cortés y ahí las amarraron, en ese árbol. Entonces aquí fue lo que le llamaron la Villa Rica de la Veracruz. Pero resultó ser que no fue así. Que al final de cambiaron el nombre y le pusieron La Antigua. Algunos dicen que la Villa Rica queda  más para delante, por La Mancha, que le llaman; ahí hay un lugar que se llama Villa Rica”. Habla y no deja de mirar a La Ceiba. De fondo suena una cancioncita infantil, como de aquellos carros de helados de antaño. Gustavo Reyes habla como si viviera en La Antigua desde hace años, o al menos ha aprendido muy bien lo que le han dicho durante su viaje, “Incluso han tratado de tumbar el árbol, pero no, no lo deja la gente”.

La cancioncita de helados se ve interrumpida por un anuncio. “Ya viene el norte”, anuncia una voz desde una radio polvorienta arrumbada fuera de una heladería. “Se esperan fuertes lluvias para el día de hoy. Extreme precauciones”. El aviso fatalista de la radio concuerda con los síntomas del cielo: grisáceo y amenazante. Cruje a cada rato. El viento acaricia las hojas de las palmeras. La siguiente ráfaga las golpea. Las hojas crujen igual. La heladería se encuentra arrinconada, a la extrema derecha de una pequeña construcción con forma de cabaña separada por cuatro escalones de la tierra; sus paredes y columnas con la pintura rosa desgarrada y sus tejas que se caen a pedazos, arrastradas por el viento. La heladería es el único puesto abierto ese día del Mercado de Artesanías de La Antigua, ubicado justo frente al hotel abandonado. Frente a la edificación que contiene al Mercado hay una pequeña ágora, donde diversos comercios informales recientemente asentados venden desde ropa de tipo indígena hasta pulseras y collares de plástico; el último puesto termina antes de llegar a unos escalones de madera marchita y descolorida que dan entrada al puente que pasa sobre el Río Antigua y que conecta a los pueblos La Antigua y La Posta. El río se acelera. El norte se acerca.

Nadie se acerca a la heladería. No es clima más idóneo como para comprar un helado o una paleta. Más bien parece una casa habilitada como puesto de venta de helados y paletas sólo para ése día. Justo ése día, el del cielo más pardusco y rugiente de todos. A la entrada tiene pintada la palabra “Heladería” en forma vertical en ambos lados del marco de la puerta. En la pared una hoja de rosa intenso avisa los sabores que hay: fresa, vainilla, pistache, coco, chocolate, uva y combinado. Cuatro sillas de plástico, dos apiladas una arriba de otra, en otra está sentado Santiago Mejía, y la otra está libre para el próximo cliente. Usa de bastón un palo deforme de madera, que también utiliza para dibujar círculos en el piso con la arena que arrastra el viento mientras habla. Tiene una gorra café, la piel maltratada por el sol, los ojos pequeños y las manos que envuelven una pelota de básquetbol. (Juan Girón, cuarenta años atrás. Me digo). Los pómulos se le inflan cada que esboza alguna palabra. Viste una playera desvaída de los Pumas de la UNAM, con una gran mancha dorada en el centro que simula la silueta de la cabeza de un puma. Las paletas de vainilla son deliciosas. Diez pesos cada una. Pago y me siento para escuchar a Santiago Mejía hablar sobre La Antigua, mientras su señora mete la moneda de diez en una botella de plástico de refresco cortada por la mitad, junto con un montón de monedas que aún están lejos de llenarla. Luego ordena a su señora que apague la radio de donde surge la música infantil a todo decibelio. Nada se escucha. Todo se escucha, ahora.

–       ¿Qué me puede contar sobre La Antigua?

–       Pues es que él no es de aquí, (señala a Gustavo Reyes). No sé qué te pudo haber dicho.

–       ¿Usted es de aquí?

–       Sí, yo soy nativo de aquí. Pero te voy a contar todo desde el principio. (cuenta toda la historia de La Antigua desde sus orígenes prehispánicos, muy parecida a la historia de Mario Navarrete).

–       ¿Por qué se llama La Antigua?

–       Es el nombre que le puso Cortés, ya que la veía como una ciudad vieja cuando la fundaron. Podríamos decir que usó el nombre para civilizar el lugar, ya que fue el primer lugar al que llegó realmente. El nombre significa el haber colonizado al lugar y hacerlo suyo. En cambio Veracruz viene de ‘venerar’ la cruz; Cortés era muy católico.

–       ¿Qué hay sobre La Ceiba?

–       Bueno, para empezar, Hernán Cortés era un hombre desalmado. Muy malo. Para la Conquista, él agarra gente muy mala. Entonces llegaron (a México) y empiezan desde Yucatán, Campeche, tiene algunas batallas por allá, y al final llega acá, a La Antigua. Entró en canoa por el río, ya que tenía muchas canoitas. La rivera del río pasaba por el árbol y cruza hacia donde viene la autopista ahora; el río venía justo por acá enfrente (señala hacia el camino de arena y piedras que separa al hotel de La Ceiba). Entonces Cortés amarró sus canoas a La Ceiba.

–       Pero, ¿qué no el cause del río estaba, en los tiempos de cuando llegó Cortés aquí, sobre el camino que lleva a la carretera?

–       No, el río venía por acá. La Ceiba estaba a la orilla del río. El río venía, como ahorita, del mar, y tenía otro cauce, sobre la carretera de Xalapa a Veracruz, pero no sobre el camino para entrar al pueblo.

–       ¿Y la Casa de Cortés? ¿Qué me puede contar sobre ella?

–       Cortés estuvo tres días en La Antigua, en 1519 (vacila recordando la fecha). Regresó después de la conquista de Tenochtitlán. Luego estuvo un año, entre 1523 y 1524, y acá hizo su casa. Él mandó a construir los cimientos de la casa. También construyó puertas grandes para los carruajes que entraban. Hay un túnel (subterráneo) en la casa que llega hasta la Ermita. También ahí vivó con la Malinche el año que estuvo aquí.

–       ¿Y por qué no se ve tanta gente por aquí teniendo tanta historia?

–       No sé. Lo que pasa es que este lugar no es reconocido por la historia que tiene. Es un lugar tan importante, y al mismo tiempo, tan olvidado. Si nos gustaría tener más turistas, pero pues ahora sí que esto es lo que hay.

Una abeja llega a husmear los ríos de vanilla amarillenta que dejo tirado en el piso. Santiago Mejía se para, espanta a la abeja con el palo de madera y la arrastra lejos de nosotros. Termina de contar de dónde sacó toda la información; una mezcla de las crónicas de Bernal Díaz del Castillo, algunos compilados de la historia de México y lo que le han contado sus padres, abuelos y bisabuelos. Lo que le han contado. Lo que cree. “Vuelva pronto y cuéntele a todos sobre La Antigua pa’ que vengan”, me dice cuando me paro de la silla y bajo las escalones, para toparme de frente, una vez más, con La Ceiba solitaria, cuyas hojas, alborotadas por el viento, nadie las ve. Sólo un hombre que pasa en bicicleta frente a ella; la ignora, está más al pendiente del traquetear de las ruedas cuando pasa sobre el empedrado. Sólo la arena y el cielo grisáceo acompañan al árbol misterioso. Y las gotas de lluvia que comienzan a caer.

This entry was published on October 25, 2012 at 11:24 pm. It’s filed under Reportajes and tagged , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , . Bookmark the permalink. Follow any comments here with the RSS feed for this post.

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